25 abril 2006

Preguntas


Tenía razón Gloria. Ramón no podía hablar y casi no se tenía en pie; ya no sabía muy bien si era por el alcohol, el cansancio, o las ganas de evadirse de todo. En ese momento hubiera matado por una cama, pero el tono de la mujer no daba lugar a réplicas, así que se quedó en recepción mientras Sofía, algo más entera, subía las escaleras y entraba en la habitación con la impaciencia de la intriga concentrada en sus uñas.
La propietaria del hostal no perdió el tiempo en largas exposiciones; le soltó la pregunta a bocajarro, para observar con cuidado su respuesta en cada uno de los detalles de su expresión: la mirada firme o huidiza; las manos moviéndose, apoyando la expresión oral, o muertas en los costados; el arqueo de las cejas, las arrugas de la frente...

- ¿En que lío te has metido, Ramón?

El rostro del hombre se nubló de repente, desapareció la aureola risueña con la que había entrado al local; durante unos segundos se quedó absorto, mirando sin mirar a Gloria, pensando qué decir, pero todavía conservaba las tablas suficientes para detener el acoso inmediato, buscando algo de tiempo con otra pregunta, eso sí, procurando no parecer excesivamente preocupado.

- Siempre estoy metido en alguno. ¿Por qué lo preguntas? ¿Ha pasado algo?
- Bueno, han venido un par de tipos haciendo preguntas sobre ti y tu chica.
- ¿Qué tipo de preguntas?
- Pues las normales. Si os había visto, si os hospedabais aquí ...
- ¿Y les has dicho algo?
- No, claro. Al principio parecían policías, así que les he sugerido que si lo eran me enseñaran una orden judicial. Me han asegurado que no, y entonces les he explicado que los datos de mis clientes son confidenciales. Después me han ofrecido pasta, bastante más de lo que cuesta tu habitación durante un mes, por cierto, y les he dicho que no de muy malos modos. Se han ido, cuando ya cogía el teléfono, pero te aseguro de que no se han quedado nada convencidos.
- Eres un cielo, Gloria ...
- Espera, espera, no te vayas tan rápido. ¿Qué coño pasa? ¿No estarás metido en algún rollo ilegal? Ya sabes que no me hacen ni puta gracia estas visitas. Este hostal son mis garbanzos, y con eso no se juega.
- No, tranquila, no te preocupes ... Seguramente es por Sofía, ya sabes, es inmigrante..., los papeles y todo eso, no los tiene del todo arreglados.
- Vamos, Ramón, no me jodas. Nadie ofrece tanta pasta por unos putos papeles.
- Pues que quieres que te diga, a mi no se me ocurre otra cosa, mintió Ramón.
- Tú siempre tan reservado, cabrón. Espero que todo esto no me traiga problemas. Va nuestra amistad en ello. Ya sabes que este hostal ...
- Sí, son tus garbanzos, ya lo sé, replicó fastidiado. Anda, déjame un día más, y me iré. Me perderás de vista por una temporada, dijo en tono lastimero, haciéndose el mártir, para ablandar el corazón de la mujer.
- Ale, vete a dormir, que te hace falta. Mañana hablaremos.
- Hasta luego.

11 abril 2006

Noche de fiesta


El descanso había sido reponedor, pero llevaban muchas horas acostados y Ramón empezaba a cansarse de dar vueltas en la cama. Por un lado quería dormir un poco más, tenía una invencible pereza por enfrentarse de nuevo al mundo; pero por otro le dolían ya todos los huesos de estar en postura horizontal. Necesitaba movimiento.
Por las rendijas de las persianas apenas entraba luz, y la que conseguía introducirse se notaba artificial. Era de noche, imposible deducir la hora exacta. Así que se incorporó y consultó el reloj. Las diez. Sofía dormía plácidamente , pero el movimiento del hombre le hizo reaccionar, girándose hacia el otro lado mientras murmuraba algo bajito en un idioma ininteligible.
Ramón se levantó con cuidado, pues quería dejarla dormir algo más. Se acercó a la ventana para observar a la gente que pasaba por la calle. Siempre disfrutaba viendo el comportamiento de las personas en diferentes situaciones, y el ambiente festivo proporcionaba siempre escenas más ricas y variadas de las habituales.
Las calles no estaban atiborradas a esas horas; entre que el barrio no era demasiado céntrico, y que la mayoría de la gente estaba cenando, apenas se veían un par de grupos de adolescentes buscando bar con pasos titubeantes y tonos de voz más altos de lo normal, algunos niños con sus padres tirando petardos, y una pareja reciente de enamorados, caminando entrelazados, tropezando con sus propios pasos.
De repente el ruido de una traca le sobresaltó. Se había acostumbrado al ruido individual de los diferentes tipos de artefactos pirotécnicos, pero la rápida secuencia de explosiones le pilló de sorpresa, dándole un acelerón súbito a su corazón, poco repuesto todavía de la tensión de los días anteriores. Sofía también despertó de golpe, asustada; se quedó unos segundos mirando a Ramón con la respiración contenida, preguntándose qué pasaba, hasta que comprendió el verdadero motivo y soltó todo el aire que tenía en los pulmones en una sonora carcajada, que terminó por contagiar a su pareja.
Se vistieron rápido y se dispusieron a salir. Tenían que darse prisa o no encontrarían sitio para cenar, aunque la verdad es que no sabían muy bien donde ir ni que hacer después.
Gloria les solucionó las dos papeletas. Conocía el barrio como la palma de su mano, y les indicó un bar donde les harían hueco si decían que iban de su parte. En cuanto a lo que podían hacer, les advirtió que era día de ofrenda, y hasta que terminara el largo desfile de falleros y falleras ante el manto de la virgen no podían esperar gran animación, pero sí muchas calles cortadas. Les aconsejó hacer tiempo hasta la hora del castillo de fuegos, y después visitar alguna verbena del centro.
La cena no estuvo mal. Estaban hambrientos, pero pudieron sentarse y comer algo caliente y en plato, acompañado de una botella de buen vino al que no le perdonaron ni la última gota.
Con los ánimos exaltados salieron del bar dispuestos a conquistar Valencia en dos zancadas, pero al cabo de un tiempo se percataron de que las distancias eran más largas de lo que habían calculado.
Al cruzar el río, se empezaba a notar el cansancio; Ramón se percató de que no se encontraban muy lejos de la falla de una amiga suya, a la que conoció hacía ya tiempo en una de sus temporadas de trabajo en la ciudad.
La falla de la plaza de Sant Bult vive medio escondida entre calles estrechas y tenebrosas, encajonada entre los oscuros edificios que delimitan su recinto, donde la luz parece no atreverse a entrar con todo su esplendor. Todo ello proporciona a su monumento un aire unas veces misterioso, otras melancólico, y algunas hasta terrorífico, dependiendo del tema escogido por el artista fallero. Es bastante céntrica y no está demasiado alejada de las grandes vías de comunicación, pero su particular situación y las especiales características del barrio y sus gentes han conseguido que conserve intacta la esencia de las fiestas, transmitida de generación en generación durante sus más de 130 años de existencia.
Al entrar por la puerta del "casal" les sorprendió una concurrencia tan variada. Gentes de muy diferentes edades y vestimentas se distribuían de forma desordenada por todo el local, desde niños de teta hasta jubilados, algunos ataviados con los trajes típicos, otros embutidos en la también clásica blusa negra, y los más con vestimentas normales. Algunos mozos recogían los tableros recién empleados en la cena, otros atendían a las visitas próximos a la barra.
Allí mismo, con dos cervezas en la mano, Ramón reconoció a una cara amiga.
- ¡Hombre, Felipe!
- Joder, Ramón, ¡cuánto tiempo!, dijo el hombre, mientras dirigía una indisimulada mirada a Sofía, ¿qué haces por aquí?
- Pues mira, tenía un par de días libres, y decidimos venirnos por aquí. Sofía no conoce Valencia, y qué mejor que venir en Fallas. Hemos cenado cerca del hostal de siempre; ahora íbamos hacia el castillo, y he recordado que la falla de Cristina quedaba por aquí, así que ...
- Mira, por ahí viene.
Cristina también se alegró mucho de ver a Ramón. Hacía mucho que no se veían, y estuvieron un buen rato charlando los tres, contándose todos los cotilleos acontecidos desde su último encuentro. Tanto ella como Felipe iban con sus respectivos cónyuges, así que tras un par de cervezas consumidas en el local, decidieron improvisar una salida nocturna las tres parejas.
De camino hacia el castillo, les sorprendieron los primeros cohetes, por lo que tuvieron que verlo desde la lejanía, aunque no por ello dejó de ser un bello espectáculo, que dejó a Sofía totalmente maravillada.
Después, callejearon por el barrio del Carmen, al ritmo de la música que encontraban en cada rincón, bebieron, rieron, charlaron, bailaron hasta casi desfallecer, y cuando el sentido del equilibrio les empezaba a fallar, y la humedad del final de la noche empezaba a meterse hasta los huesos, buscaron refugio en un puesto ambulante de chocolate y buñuelos.
Llegó la hora de la despedida, que fue larga, porque faltaban las ganas y no acudían los taxis, pero al final llegó. Y no faltaron las promesas de otras citas, de otros encuentros, de llamadas telefónicas, que después, pasada la resaca, siempre serían menos de las esperadas.
Al llegar al hostal, Gloria ya estaba despierta y ponía cara de muy pocos amigos. Sin dejarle siquiera recoger la llave de la habitación a Ramón le dijo:
- Necesito hablar contigo a solas, Ramón. Si es que puedes pronunciar alguna palabra a estas horas.

02 abril 2006

Cambio de escenario


El coche del relevo se detuvo junto al hueco que había dejado libre su compañero, y comenzó la maniobra de aparcamiento. Sofía continuó inquieta mirando por la luna trasera hasta convencerse de la ausencia de perseguidores. Entonces se dejó caer contra el respaldo del asiento aliviada.
Demasiado pronto había bajado la guardia, porque otro coche aguardaba en la esquina siguiente con las luces apagadas. Se puso en marcha lentamente hasta que el vehículo que perseguía volvió a girar, encendiendo las luces y avivando la marcha a continuación.
Ramón hubiera preferido un transporte público para escapar de Madrid, pero a esas horas no había demasiadas alternativas. Así que optó por continuar el trayecto en coche. Cruzaron el Manzanares, se incorporaron a la M-30, continuando hasta alcanzar el desvío hacia la A-3, dirección Valencia. No había excesivo tráfico, pero sí el suficiente para que no se percataran de que los seguían.
La ciudad del Turia era el destino preferido de Ramón desde el primer momento en que empezó a planificar la huida. Conocía bien la ciudad , la visitaba frecuentemente por motivos de trabajo, y tenía amigos allí. Además la ciudad estaba en fiestas, atiborrada de gente por todas partes, por lo que resultaba más sencillo esconderse. Es más fácil pasar desapercibido en una multitud que en un lugar solitario.

Mientras tanto, el vigilante de la casa permanecía observando con desgana las ventanas del edificio, esperando algún movimiento. Empezó a inquietarse cuando los primeros rayos de sol impactaron en su cara y se percató que no había señales de vida en la casa. Se puso en contacto con su enlace, y un compañero se acercó al lugar. Con sigilo, vencieron la primera puerta sin forzar la cerradura, subieron despacio las escaleras hasta alcanzar la puerta de la vivienda. Allí, mientras uno cubría con su arma, el otro, empleando el mismo sistema anterior vencía la puerta. Para entonces, sus burladores se acercaban al embalse de Contreras, en el límite de la provincia de Cuenca, lindando ya con la de Valencia, a poco más de una hora de camino.

El primer problema que sabía se iba a encontrar Ramón al llegar a la ciudad era el alojamiento. Valencia, en Fallas, duplica su población, y la capacidad hotelera se ve desbordada por la afluencia de gente. Por suerte, todavía era jueves, no había llegado el aluvión de turistas del fin de semana, y tenía algún as en la manga. Ese no era otro que la dueña del hostal donde habitualmente se alojaba cuando visitaba la ciudad.

Era un local viejo, situado en el barrio de Campanar, lejos del centro de la ciudad, y a pesar de todo eso estaba completo. O por lo menos eso le dijo Gloria, la propietaria del mismo, tal vez para hacerse la interesante. A Ramón le tocó llorar un poco más de la cuenta para que le diera esa habitación que casualmente siempre quedaba vacía por las mañanas. Supuso que las reticencias de la dueña se debían sobre todo a la presencia de Sofía, y no le faltaba razón.

Gloria era una mujer madura, que ya no cumpliría los 40, y sin embargo conservaba buena parte del irresistible encanto que había tenido poco tiempo atrás. El peso de los años, el sufrimiento, y el intenso trabajo, se notaban sobre todo en su rostro moreno, surcado por finas arrugas que no conseguía eliminar del todo con el maquillaje. Sin embargo, su cuerpo no parecía rendir cuentas al paso del tiempo, despertando siempre la indisimulada admiración del personal masculino a su paso. Había enviudado hacía más de 10 años, pero no parecía tener ganas de repetir la experiencia matrimonial. Aunque desde la muerte de su marido varios hombres habían pasado por su cama, nunca dejó que significaran demasiado en su vida.

Con Ramón le pasaba lo contrario, quizá no le hubiera importado demasiado que entrara en su vida, pero ni siquiera había hecho amago de querer asomarse a su escote, y eso le tenía picada en su amor propio, pues su relación personal era muy buena, y no terminaba de entender que no hubiera querido pasar de ahí.

Gloria sabía que no le iba a negar el favor a Ramón, pero quiso pegarse el desquite de su decepción al ver a su acompañante. Después se preguntaría para qué tanto remilgo, pues realmente no había disfrutado observando como se le había puesto la cara blanca al hombre tras anunciarle que el hostal estaba completo. Parecía en un buen apuro, aunque le iba a costar mucho trabajo averiguar por qué.

Tras dejar su escaso equipaje en la habitación, Ramón y Sofía salieron a comer algo. Estaban hambrientos y exhaustos. Devoraron unos bocadillos en diez minutos, y volvieron a subir. Necesitaban recuperar tantas horas de sueño perdidas.

30 marzo 2006

La huida


Esos ojos ocultos en las sombras no pasaron desapercibidos para Sofía; esperando como estaba la llegada de Ramón pudo apercibirse de la maniobra del coche y los extraños movimientos del ocupante, al que no conocía personalmente, pero del que podía adivinar sus rasgos duros, propios de los hombres de su país.
Nada más entrar Ramón pudo notar la preocupación en su rostro, y se encogió de hombros, como preguntando. Ella se limitó a señalar a la ventana, volviendo a cerrar las cortinas.

- No mires. Sé discreto. Te han seguido.
- ¡Mierda! Tenías razón al final.
- Debes fiarte siempre de la intuición de una mujer.
- Tienes razón. No me lo aprenderé en la vida. Pero, ¿cómo te diste cuenta?
- Verás. Marta es una chica bastante alegre, habladora y curiosa. Me cuesta imaginar que no se muriera de ganas por saber más de ti. Seguro que estaba amenazada, coaccionada por alguien, asustada es la palabra.
- ¿Por quién?
- Pues por los mismos que asesinaron a mi amigo, supongo. Debo ser el único testigo, y ahora me han encontrado.

Ramón calló. Se quedó mirando a Sofía unos segundos, esperando una reacción emocional, que finalmente no se produjo. Ella estaba muy serena, como quien ha estado esperando este momento durante mucho tiempo, sabe lo que se está jugando y lo que tiene que hacer. Extrañamente serena, sabiendo que lo que estaba en el aire en ese momento era su vida, y quizá la de su compañero también.

Consciente de eso, Ramón preguntó:

- Y ahora, ¿qué hacemos?
- Observar sin que nos vean. Y esperar.

Sofía le explicó con más detalle su plan. Ahora llevaba ella la voz cantante, pues, aunque Ramón no tenía por qué saberlo, se movía mucho mejor que él en ese terreno tan resbaladizo. Necesitaban tiempo para estudiar a sus espías, analizar sus movimientos, localizar los posibles fallos de vigilancia que podrían facilitar su huida. Era preciso aparentar que no se habían dado cuenta de nada, pero tampoco se podían quedar solos en la casa mucho tiempo, pues no podían descartar que sus vigilantes pasaran a la acción. Tenían que actuar deprisa, aunque no podían permitirse el lujo de cometer un error.

Lo primero que hicieron dentro de la casa es bajar las persianas, dejando el espacio suficiente para poder observar sin ser vistos. El puesto de vigilancia estaba en el dormitorio, que se encontraba a oscuras, y las sombras no les podían delatar. En el comedor las luces permanecieron encendidas hasta medianoche aproximadamente.

A eso de las cinco, el vigilante abandonó su puesto durante unos minutos, quedando su aparcamiento vacío hasta que lo sustituyó otro coche. Esta vez a Sofía sí le pareció reconocer al ocupante, aunque se guardó mucho de decir nada. En cambio, sonrió, se acercó a Ramón y le dijo muy bajito:

- Han hecho mal el relevo. Están confiados. Podemos aprovechar esos minutos para escaparnos.
- Demasiado fácil.
- No creo que tengamos muchas opciones, así que...
- Tienes razón, nos la tendremos que jugar.

Durante el día el observador salió del coche, y desapareció de su vista. Era una buena señal porque indicaba que no parecía que el ataque fuera inminente. Ellos también necesitaban tiempo para estudiarlos.

Entonces tuvieron que tomar la decisión más difícil. No podían permanecer durante mucho tiempo con las persianas bajadas. Hubiera despertado recelos. Y para aparentar normalidad, Ramón debía ir a trabajar como todos los días, pero eso era muy peligroso para ella. Podían aprovechar la ausencia para entrar en la casa.

Sin embargo, no parecía que hubiera más de una persona vigilando, y el tipo de acciones que se temían no suelen hacerlas un agente solo. En caso de que el observador se convenciera de que el camino de la casa estaba fácil, tardaría algo en pedir refuerzos. Así que Ramón decidió salir, pero no a trabajar, sino a planificar la huida.

Llevaba el móvil encima y se movía por los alrededores de la casa, pero Sofía no debía de llamarle a menos que el peligro fuera inmediato. Podían estar captando las conversaciones del entorno. Ramón se encargaba de llenar el coche de gasolina, acercarlo lo máximo posible, analizar las vías de escape, recopilar información sobre horarios de trenes y aviones, y comprar un poco de comida.

A la 1 volvieron a cambiar al vigilante, y vino una tercera persona, pero esta vez el cambio estuvo bien sincronizado. El relevo llegó antes de que se marchara el anterior agente. Sin embargo, Sofía dedujo que los cambios eran regulares: cada ocho horas.

Ramón volvió a casa a la hora de comer. Intercambiaron impresiones y concretaron más el plan. Su campo de búsqueda se concretó alrededor de las posibles horas de relevo de su guardia: las 9 de la noche y las 5 de la mañana. Sofía descansó un poco hasta las 4, cuando Ramón volvió a salir otro rato, volviendo esta vez a las 6. Entonces fue él quien descansó hasta las 8.

Lo dejaron todo preparado para salir por piernas, pero a la hora esperada se produjo el relevo otra vez de forma impecable.

El desánimo empezaba a hacerse hueco en el ánimo de la pareja, aprovechando el paso que le dejaba el cansancio. La jornada entera de tensión se hacía notar. Para paliarlo comieron un poco y establecieron unos turnos de 3 horas de descanso. La cafetera empezó a silbar en la cocina. Iba a ser otra noche muy larga.

A las 4, la noche era cerrada, aunque la luna llena proporcionaba la suficiente luminosidad para poder moverse por la casa a oscuras, aún con las luces apagadas. Tenían que moverse con mucho cuidado, sin hacer el menor ruido, pues a esas horas el excesivo ajetreo hubiera llamado la atención del vigilante. Por suerte, lo tenían todo preparado desde las 9.

Los 60 minutos se hicieron tan largos como el día anterior. Prácticamente contaron cada segundo que pasaba, intentando adivinar cada posible movimiento en el interior del vehículo, que parecía abandonado. A la hora en punto, se escuchó el sonido del motor, y a continuación las luces de los faros se encendieron. Aguzaron el oído. No se podía apreciar la llegada de ningún vehículo.
La maniobra de salida del coche se les hizo eterna, como la de atraque de un barco, pero al final el sonido del vehículo se perdió en la noche. Ellos, se lanzaron escaleras abajo sin pensar, cargando con una ligera maleta, donde guardaban todo su equipaje.
Salieron a la calle y se introdujeron en su coche. Ramón solamente miraba hacia adelante, y Sofía hacia atrás, esperando la llegada inminente de sus observadores.
Cuando giraban la primera curva, la luz de otro coche se reflejó en su retrovisor. Pero ahora la suerte ya estaba echada.

22 marzo 2006

Ojos que vigilan en la sombra


No resultó complicado encontrar a la persona buscada aunque la descripción que le había dado Sofía no era demasiado precisa.
A primera hora de la mañana la cafetería ya estaba bastante concurrida, pero una chica morena bajita, con su extrema delgadez disimulada en un grueso jersey de lana y unos vaqueros, el pelo suavemente rizado cayendo un poco sobre sus hombros, los ojos negros, algo tristes, ligeramente remetidos en sus ojeras, enmarcados por unas finas cejas y decorados por largas pestañas, los pómulos algo salidos, y los labios delicados, miraba expectante a todo el que atravesaba la puerta.

- ¿Marta?
- ¿Ramón?
- Encantado.
- Igualmente.

Ramón la invitó a desayunar, pero ella se disculpó diciendo que ya lo había hecho, y que además tenía prisa. Llegaba tarde al trabajo. No aceptó ni un simple café. Recogió la llave, la metió con cuidado dentro del bolso, y rápidamente abandonó el local.

Tras esta rápida operación, Ramón dio cuenta de su desayuno con más tranquilidad de lo habitual. Acompañó el triste café con leche con media docena de churros y diez minutos de tiempo esta vez. Era una especie de armisticio firmado con sus habituales urgencias. Madrugar sirve a veces para estas cosas.

Con la sensación del deber cumplido, relajó su mente, saboreó el desayuno, y una amplia sonrisa iluminó su rostro. Se prometió a sí mismo un día tranquilo, y esta vez las circunstancias se lo permitieron.

Salió del trabajo antes de lo acostumbrado, compró algo de dulce para la cena y un ramo de claveles rojos para Sofía. Ella no esperaba esta sorpresa, sino al Ramón apesadumbrado y temeroso de los últimos días, y corrió hacia él con una enorme sonrisa y su especial brillo en los ojos, anticipo de las lágrimas que volverían a deslizarse por sus mejillas durante el tierno y prolongado abrazo.

Durante la cena se contaron las escasas incidencias del día, el fugaz encuentro con Marta, las irrelevantes noticias que daba la televisión, y por un momento olvidaron su dramática situación. Acompañaron el postre con un vino dulce, a juego con el día, y prolongaron la ternura un rato más tumbados en el sofá, acurrucados, tapados con una manta, mientras veían una película. La vida regala a veces estos pocos momentos de felicidad.

Al día siguiente, Ramón se dirigía a la estación para completar el plan. Esta vez iba con prisa, pues llegaba tarde al trabajo. Por primera vez en mucho tiempo, tras sonar el despertador, se había hecho el remolón, abrazado a Sofía, y ahora aceleraba su paso para alcanzar cuanto antes la consigna.

Con estas urgencias, decidió no contestar a la llamada que tenía en el móvil, y al posterior mensaje que le llegó. Recogió la bolsa con la ropa y la metió en el maletero del coche. Tiempo tendría después de devolverla.

Llegó a la oficina justo a tiempo, y se puso a trabajar enseguida. Al cabo de un rato reparó en la llamada perdida, y decidió contestarla. Era Sofía.

- ¿Has recogido la bolsa?
- Sí, claro.
- Te llamé para pedirte que no fueras. Hay algo que me dijiste que me ha extrañado, aunque ayer por la noche no me dí cuenta. Es muy raro que Marta no se quedara a desayunar contigo. Ella es muy habladora y curiosa. Ya sé que parezco una tonta, pero hay algo que me huele mal en todo esto...
- ¡Bah!, no te preocupes. Tendría un mal día, o habría pasado mala noche. Recuerda que tenía ojeras.
- Sí, es verdad, ella no suele tener nunca. Bueno, espero que sólo sea una manía mía.

Ramón terminó su jornada como de costumbre, llegando a casa ya de noche, cansado. Al abrir la puerta exterior, alumbrado por la débil luz de una farola, no se dio cuenta de que en la sombra, desde un coche aparcado en la otra acera, unos ojos duros vigilaban cada uno de sus movimientos.

13 marzo 2006

Haciendo planes


Las revelaciones de Marisa no consiguieron terminar con el estado de confusión en el que se hallaba sumido Ramón desde hacía un par de días. Aunque los datos que le había proporcionado sobre Sofía cuadraban con el relato de esta última, quedaban todavía muchos enigmas por resolver.
¿Qué fue del embajador?¿Estaba realmente muerto, o finalmente tomó el avión de vuelta a casa?¿Para quién trabajaba realmente Sofía?¿Por qué lo espiaban?
Estaba claro que Sofía le podía resolver estas dudas, aunque no podía confiar ciegamente en ella después de lo que sabía. En cambio, Marisa no sabía las respuestas a todas sus preguntas, pero le había prometido que le iba a seguir ayudando en lo que estuviera en su mano. El caso no estaba cerrado tampoco para los servicios secretos británicos.
Después de meditar un poco, Ramón sacó la conclusión de que lo único que podía hacer de momento era esperar. No sabía muy bien a qué, pero esperar. Y, de momento, resolver algunos pequeños problemas logísticos, como conseguir ropa para la mujer que vivía en su casa sin que ella pisara la calle, comprar comida, revistas, y todo lo necesario para resistir un largo período encerrados en casa.
Al llegar a casa, intentó que no se notara demasiado la preocupación que sentía, pero fue en balde. Ella se dio cuenta en seguida de que algo no andaba del todo bien, y le preguntó. El argumentó motivos de trabajo: un día malo como tantos otros.
Sofía necesitaba conversación después de pasar todo el día sola y aburrida, pero para romper la fina capa de silencio que se interponía entre ambos era necesario algo de tacto, literalmente hablando, y del otro también.
Se acercó por detrás y comenzó un suave masaje en sus hombros, y Ramón empezó a ceder física y mentalmente en la lucha mantenida consigo mismo que le atenazaba los músculos y le encogía el ánimo.
La presión de las manos fue incrementando poco a poco, y los músculos del hombre empezaron a mostrar muestras de agradecimiento. Durante unos minutos cerró los ojos, relajó el cuello y la espalda, y concedió una tregua a su turbado espíritu, dejando su mente en blanco. Tras llegar al punto de máxima intensidad, Sofía fue disminuyendo lentamente el vigor de sus movimientos hasta que cesaron del todo, casi sin querer.
Entonces, tomó una silla y se situó enfrente de él, mirándole con una mezcla de picardía y cariño.
- ¿Mejor?
- Síiiiiiiii. Muchas gracias, dijo, casi paladeando sus propias palabras. Cuéntame tú ahora. ¿Cómo te ha ido el día?

Sofía tenía poco que contar. Se había aburrido bastante, aunque seguía bastante preocupada, lo que le impedía concentrarse en nada. Preguntó si había noticias de lo suyo sin ansiedad, pero no se molestó en disimular su perplejidad al conocer la respuesta. Era increíble que ningún periodista hubiera cazado la noticia. Alguien tenía que estar al corriente. Ese suceso no podía pasar desapercibido.

Su rostro reflejó tal angustia que Ramón, por primera vez, supo que la historia narrada días atrás era cierta. No podía ser tan buena actriz.

Entonces fue él, quien envolviendo sus manos entre las suyas, le dirigió unas palabras serenas y tranquilizadoras, subrayadas por una mirada segura pero dulce, consiguiendo el mismo efecto que antes lograra ella con diez minutos de masaje.

Tranquilos y serenos los dos, se dedicaron a planificar la recogida de la ropa de la mujer de la casa donde estaba viviendo hasta ahora, pactaron algunas normas de comportamiento para salvaguardar la seguridad: qué hacer para abrir la puerta, coger el teléfono, avisos en caso de peligro, etc. Ramón hasta le facilitó el número del móvil de Marisa.

- Si me pasara algo, la única persona que te podrá ayudar es ella. Es mi mejor amiga. Puedes confiar totalmente en ella.

Tras analizarlo fríamente, recoger el equipaje de la joven era un verdadero problema. Seguro que alguien estaba esperando movimientos alrededor de su antigua vivienda, e iba a resultar difícil no levantar sospechas. Al final decidieron llamar a una vecina con la que tenía cierto trato. Le contó una historia lo suficientemente rocambolesca para que se la tragara, y al final accedió.

El plan no era complicado. La vecina tenía que recoger la llave de manos de Ramón en una cafetería céntrica, entrar de noche en la casa, recoger la ropa, meterla en una bolsa, e introducirla en una consigna de la estación. Al día siguiente volverían a quedar en el mismo lugar, e intercambiarían las dos llaves por un sobre con unos pocos euros.

Terminaron esa conversación con el postre, y se invitaron a otra más excitante y con menos palabras en el dormitorio.

Teniendo todo el tiempo por delante, esta vez todo funcionó mejor. La habitación, en penumbra, parecía ambientada por una inaudible melodía que dirigía sus movimientos. Sus manos, sus labios, sus brazos, sus piernas, se movían al ritmo de la extraña música imaginaria. Víctimas de ese Bolero de Ravel telepático fueron aumentando la intensidad y la frecuencia de su armónico baile, pasando de las caricias a los pellizcos, y de los besos a los mordiscos, hasta alcanzar el éxtasis.

Lentamente, la música fue abandonando la habitación, y un cálido silencio esta vez cubrió sus desnudos cuerpos abrazados.

08 marzo 2006

Lágrimas doradas



Marisa no perdió el tiempo. Descolgó el teléfono y tecleó una extensión que conocía de memoria. Reconoció en seguida la voz de un amigo, una de las personas más influyentes de la embajada, aunque ya medio retirado. Llevaban cerca de 10 años trabajando juntos, y su relación era más bien esa sólida amistad que a menudo nace entre el maestro y su mejor alumna.
Le pidió verlo enseguida, a sabiendas de que la respuesta iba a ser afirmativa, a menos que algún compromiso de última hora se lo impidiera. Era su ojito derecho, y nunca desperdiciaba la oportunidad de verla.
La alumna aplicada cumplió el protocolo previsto. Llamó con los nudillos un par de veces, y se quedó esperando la autorización para entrar, pero ya dentro no se andó con rodeos. Una exposición ambigua o temerosa le hubiera molestado viniendo de su parte. Demostraba falta de confianza. Así que fue breve, pero clara y concisa, despertando en el maestro la sonrisa de satisfacción del artista que observa de lejos su mejor obra.

- Así que están investigando a esa mujer, dijo. ¿El MI5? No me extraña. Yo también he hecho averiguaciones. La cosa está que arde, el momento político es muy delicado aunque no lo parezca. No todo es la guerra de Irak. También hay mucha tensión en Rusia, con los chechenos por medio, las viejas tensiones entre India y Pakistán, Yugoslavia, los terroristas islámicos... Hay muchos frentes abiertos. Buenos tiempos para los espías. Y, de repente, el subnormal de nuestro jefe se lía con una mujer que es un total misterio. No tiene historia, ni papeles. Nadie la conoce, y lleva una vida acomodada, incluso lujosa, aunque tampoco trabaja. ¿Tu qué pensarías?

- Que está protegida por alguien.

- Exacto. Y este tipo de protección sólo se concibe para alguien importante que se ha metido en un buen lío, o para un espía, pero estos últimos suelen estar documentados. Tienen papeles, falsos pero papeles. Pero ahora que veo tu interés, es posible que necesite tus servicios una vez más.

- Ya sabes que me tienes a tu disposición.

Y Marisa se encargó durante tres largas semanas de aprovechar cada visita de algún mandatario británico a cualquier lugar del mundo para elaborar documentación confidencial, que invariablemente desaparecía durante algunos días de los lugares secretos donde se guardaban. Así descubrieron que la mujer era realmente una espía, y pusieron en entredicho al embajador.
Averiguaron más cosas. Tenía un contacto ruso, y ella dominaba también ese idioma, pero ninguno de los dos estaba fichado, y parecía comprobado que no pertenecían a los servicios secretos de ese país.
El embajador, por otra parte, fue investigado a fondo. La documentación sustraída no parecía muy importante, no existían grandes intereses económicos enmedio. Se descartó la posibilidad de la traición y se apostó finalmente por el encoñamiento. En una reunión discreta se lo hicieron ver y su mundo le cayó a los pies. Parece que lo enviaron a una embajada africana de agregado cultural. Lástima de carrera diplomática.
Marisa terminó su narración y se encogió de hombros, como invitando a que Ramón le contara algo.
Pero al hombre le entró de repente una sed repentina. De un trago apuró toda la copa, y se quedó mirando a Marisa con ojos vidriosos. Ella le devolvió otra mirada, mezcla de temor y de ternura, mientras le suplicaba:

- Ramón, por Dios. Aléjate de ella. Esa mujer es peligrosa.

Y él quiso callar lo que decía con todo su cuerpo, pero finalmente no pudo, expresando con lacónica angustia las palabras que sabía iban a sentar como una puñalada a su amiga del alma:

- No puedo, Marisa. No puedo.

Marisa se había acostumbrado ya hacía tiempo a encontrar muchos detalles en las algunas veces escasas palabras de Ramón. Entendía sus gestos, sus miradas, sus expresiones, hasta su forma de vestir. Pero hasta ese momento nunca tan pocas palabras habían significado tanto, jamás había sentido como se le clavaban en el alma una a una todas las sílabas de una frase.
Hubiera querido llorar pero su orgullo se lo impedía. Se tomó algo de tiempo antes de volverle a mirar, pegando un trago largo y suave de cerveza, dejando que su sabor ligeramente amargo resbalara por su paladar con los ojos cerrados. Era su manera de llorar hacia adentro.

Tiempo tendría después de hacerlo hacia afuera.