03 julio 2011

Relatos y cuentos


A ti hace tiempo que no te escriben un relato corto y yo quisiera que me cuentes tu vida despacio, pero la noche no nos va a dejar tanto aire para gastar en conversaciones pausadas. Los acordes viajan a distinta velocidad por tu cuerpo y por el mío, a causa de ese ritmo interno que nos separa, esa distancia de siempre. Si cierras los ojos y te dejas llevar, igual te parece que bailamos como si dictáramos las notas conforme a nuestros movimientos y no al contrario.

Pero volvamos a los relatos que hace tiempo que no te escribo y a los muchos cuentos que te llevo contando. Historias que no crees, aunque digas que sí con la mirada y que me servirán, como mucho, para robarte un beso, el máximo premio que tu noche me concede.

Y después está la estética cruel del deseo. Cuerpos buscando un paraíso que creen no merecer, el edén entre dos grandes tetas o un culo glorioso, detalles de cuerpos perfectos, analgésicos sin receta para una realidad dolorosa y asimétrica. Almas que, para purgar una falta no cometida, se saben destinadas a un limbo vicioso, condenadas por el jurado de sus propias conciencias a una pena que es, en sí, el propio pecado.

A la mañana siguiente se escribirán esos cortos. Esos y muchos más. Con finales felices, incluso. Llenando folios y folios de realidades paralelas en universos superpuestos. ¿Qué es verdad y qué es mentira? Nadie realmente lo sabe, por lo que huelga preguntarse incluso por la veracidad de lo que aquí cuento.

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16 marzo 2011

Leche agria









La casa huele a leche agria cuando abro la puerta al llegar del trabajo. Son los restos del desayuno que esperan, mudos, en el fregadero.

También aguardan sobre el sofá dos mandos a distancia y una manta sin plegar. El libro que estoy leyendo y un periódico de hace dos días, en el suelo, al alcance de la mano. Un abrigo sobre una silla, dos pares de zapatos cerca de la puerta, cartas del banco por abrir. Sólo la planta de plástico se muestra digna, ajena al desorden existente, en una esquina de la estancia.

Este caos, que llena todos los espacios de este piso tan pequeño, aumenta todavía más la angustia que siento, al comprobar el declive inexorable de mi vida. Dejo caer el maletín con fuerza, como queriendo darme ánimos, pero el intento dura lo que tarda en caer la manivela de la puerta, averiada desde hace un par de meses.

Recién aterrizado en el sofá, suena el teléfono. Una vendedora, con acento sudamericano, me propone que cambie de operadora telefónica. Es la quinta vez esta semana. La despacho con mal humor y peor educación. Una vez levantado, me vuelve el tufo de la leche agria y comienzo a recoger las cosas. Me pongo a fregar los platos con la ventana de la cocina abierta. Estornudo tres veces, como negando alguna verdad evidente. El aire viene frío, es cierto, pero es de una frigidez distinta, matizada de polen de pino y de ciprés, una corriente de renovación, que como todas, es agresiva y destructora; pero totalmente necesaria.

La mayoría de los alimentos de la nevera están caducados. Llevo tiempo evitando tirarlos a la basura con diferentes excusas, pero hoy no escucharé esas voces conformistas. Bajaré a la calle y me desharé de esos restos, que llevan demasiado tiempo envenenando el aire.

Me vendrá bien otra ración más de aire fresco y estornudos para terminar de limpiar lo que llevo dentro.  Afuera, el suelo tendrá la acostumbrada capa amarilla de principios de marzo y puede que encuentre a alguien colocando carteles del Corte Inglés. Al entrar en casa de nuevo, ya no me sorprenderá ningún olor extraño y seguirá en su sitio la planta de plástico, ajena al orden recién estrenado.

Volverá a caer la manivela, porque ni siquiera una revolución puede terminar con determinadas cosas.

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21 febrero 2011

En estos días



Cuando llegan estos días del mes, Sara cambia de comportamiento. A pesar de estar prevenido, no me acostumbro al trato áspero, a los continuos reproches y esa especie de odio, a duras penas reprimido, que le inspiro.

Esta mañana, por ejemplo, le ha molestado que la taza estaba demasiado caliente y ha vertido parte de la leche sobre el platillo al tocarla. Al tratar de disculparme, me ha lanzado una mirada de esas que duelen y después, ha girado la cara.

Yo me he sentido culpable, claro. No del error comprensible de haber añadido algunos segundos de más a la rueda del microondas. Culpable, tal vez, de haber fracasado en esa misión grabada a fuego en mi código genético, que consiste en fecundar un óvulo, puntualmente preparado al ritmo de unas hormonas frenéticas y tornadizas.

Sus ojos se dulcifican ahora por la turbidez de una lágrima que no tardará en salir. Ella alarga la mano buscando la mía, firmando una tregua que más parece un indulto, amagando una disculpa que no suena a sincera.

- Perdona, no sé qué me pasa estos días.

Yo la abrazo con fuerza mientras anoto mentalmente la fecha. Tercera semana de mes. Y cuatro más por delante para el próximo juicio.

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14 febrero 2011

Telas o flores



Quince de febrero. Ocho de la mañana. Mi habitación. Sus ropas están cuidadosamente ordenadas sobre la silla. Las rosas, esparcidas por el suelo.

Hay que cuidar mejor lo que tiene que durar más tiempo, me dijo, mientras se desnudaba y plegaba, una por una, cada prenda. No me dejó tocarla mientras tanto.

Quítate los calcetines, ordenó a la vez que entraba en la cama y se ponía de lado, observándome con una mirada que todavía ahora no sabría descifrar.

- Yo qué soy para ti, ¿una flor o un vestido?, pregunté.

- ¡Calla, tonto!, susurró con una leve sonrisa entre sus labios.

Y comenzó a acariciarme lentamente.

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07 febrero 2011

Salomé




Imagen tomada de aquí

Por mi habitación han pasado este mes tres chicas distintas. Ahora duerme, tapada hasta las orejas, la última. Salomé, dice que se llama, aunque imagino que ese nombre sólo es un nick, un apodo escogido con toda la maldad del mundo para vengarse de alguien, de algún Juan atravesado en vete a saber qué lugar de su memoria, agitando los brazos aún sin cabeza.

Debe haberse especializado esta mujer en cortar cabezas de varios juanes, con fama de santo y sin el título canalla de Don. Yo, que si lo pienso, también me llamo Juan, no sabría muy bien en que casillero colocarme, ahora que apuesto por mi versión más tóxica, a pesar de carecer del aplomo que da saber el terreno que se pisa.

La mujer que dice llamarse Salomé me hizo olvidar anoche, por momentos, muchas mentiras enquistadas, y juraría que ella también se quitaba de encima un pesado lastre a ritmo de un sexo vibrante y furioso. Quiero contemplarla así, como una enfermera aplicando una terapia extraña, bien alejada del amor, pero altamente saludable, un analgésico para estos tiempos tan abundantes en cefaleas.

Sin embargo ahora duerme el sueño que todo lo borra y cuando se despierte me mirará extrañada, se preguntará qué hace aquí, se vestirá de prisa y se irá sin desayunar, decidiendo más tarde si me elimina de su lista de contactos, una forma cualquiera de cortar cabezas. Cabe recordar que así es el juego y que las reglas se saben desde el principio.

Mientras eso llega, observo la mata de pelo rubio que ocupa el espacio entre las sábanas y la almohada, el tono marrón de las raíces, el brillo plateado de algunas canas, los ligeros ronquidos. Entonces, algunos rayos de sol entran por la ventana y las telas se empiezan a mover perezosas.

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30 enero 2011

Más días de Enero

Imagen tomada de aquí

En el cenicero se consume lentamente el cigarrillo. Ella ya hace un rato que se fue. El fuego se acercará poco a poco a la boquilla manchada de carmín y el humo se disolverá sin prisa  en el aire cargado de la habitación.

También comparten la mesa con el cenicero, no lo he dicho, dos copas de whisky a medio terminar. Todo quedará ahí, supongo, hasta el día siguiente.

Pronto me iré a dormir, en cuanto despegue la mirada de la puerta, y mañana será otro día. Eso me digo. Aunque lo más seguro es que dé varias vueltas en la cama y después encienda la tele, o pasee la vista por el libro. Miraré la hora. Y después la puerta. Y el cenicero, ya con la colilla apagada, muerta, como un siniestro símbolo de lo efímero.

El despertador me dirá que es pronto o que ya es demasiado tarde. Tendré tentaciones de descolgar el teléfono. Después, me preguntaré por qué ha sido, declararé ante un público invisible mi inocencia, me cubriré con un manto de autocomplacencia y tal vez entonces el sueño me conceda unos minutos de tregua.

Pero al despertar estará allí la colilla, como un dedo índice acusador, señalando mi fracaso. Los dos vasos incompletos. El olor acre del humo y el alcohol. Los restos fríos del café. El gris de la mañana invernal, que es la última de una era o la primera de la próxima glaciación.

Y más días de Enero.

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06 enero 2011

Besos y humo


La vida se consume como un cigarrillo, lentamente si lo dejas reposar en el cenicero y muy rápido cuando damos una fuerte calada. Ese humo, que de repente nos llena los pulmones, se irá poco después, expulsado por la boca, hacia algún lugar indeterminado, perjudicando a alguien tal vez , como pasa con el resto de nuestros actos; o simplemente pase a formar parte de esa atmósfera viciada que acumula todos los hechos inocuos de la historia.


A las cero horas del dos de enero, apagamos deprisa todos los cigarrillos. El humo se va, desconcertado, sin saber todavía que ha sido expulsado del paraíso. Algunos insumisos osan a desenvainar la cajetilla, sacando un nuevo cilindro blanco y prendiéndolo con la furia rebelde de un fugitivo recién apresado, ante la indiferencia de los camareros.


Alejado el fuego real de nuestras bocas, hablamos de sus formas y de cómo imaginamos los besos a partir de ellas. A Concha le gustan los labios grandes, carnosos y los adivina blandos y tiernos cuando se posan en los suyos. Pocos hombres saben besar y mi marido no es uno de ellos, afirma, mientras éste pega un trago, indiferente, a la cerveza. 


Ignacio, probablemente ya hace mucho tiempo que ha devaluado ese acto, situándolo a medio camino entre el apretón de manos y el sexo desganado del sábado por la noche; pero ella sigue buscando en cada beso esa novedad excitante, preludio de emociones sorprendentes que desmientan la rutina de veinticinco años de matrimonio.


Tania se suma a los rebeldes del tabaco y enciende un cigarrillo. Le es indiferente la forma de los labios, pero habla de la fuerza de la lengua. Me dan asco los que la dejan mustia dentro de mi boca, confiesa; y a más de uno he dejado con la miel en los labios ante tamaña dejadez. Una lengua debe actuar. Con decisión y destreza. Nunca debe dejarse llevar.


Escucho esas lecciones con la sonrisa en los labios, apurando, como mi colega, los últimos sorbos del botellín. Los míos son finos y ocultan una lengua grande, difícil de manejar. Pienso en eso mientras recuerdo otros que besé hace ya mucho tiempo. Aquellos eran sólo una fina línea dibujada en la boca, pero se ensanchaban mucho al besar. Tenían sabor a un humo  todavía no condenado por las leyes, esencia de rebeldía adolescente. Se fueron muy pronto, mucho antes de resolver el conflicto de lenguas planteado entre nuestras bocas. 


Entonces me preguntaba por qué extraña ley se me negaba la nicotina de esos labios, a mí que nunca me importó que los demás fumaran. Ahora sé, que sin duda, era por mi salud.

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