A ti hace tiempo que no te escriben un relato corto y yo quisiera que me cuentes tu vida despacio, pero la noche no nos va a dejar tanto aire para gastar en conversaciones pausadas. Los acordes viajan a distinta velocidad por tu cuerpo y por el mío, a causa de ese ritmo interno que nos separa, esa distancia de siempre. Si cierras los ojos y te dejas llevar, igual te parece que bailamos como si dictáramos las notas conforme a nuestros movimientos y no al contrario.
Pero volvamos a los relatos que hace tiempo que no te escribo y a los muchos cuentos que te llevo contando. Historias que no crees, aunque digas que sí con la mirada y que me servirán, como mucho, para robarte un beso, el máximo premio que tu noche me concede.
Y después está la estética cruel del deseo. Cuerpos buscando un paraíso que creen no merecer, el edén entre dos grandes tetas o un culo glorioso, detalles de cuerpos perfectos, analgésicos sin receta para una realidad dolorosa y asimétrica. Almas que, para purgar una falta no cometida, se saben destinadas a un limbo vicioso, condenadas por el jurado de sus propias conciencias a una pena que es, en sí, el propio pecado.
A la mañana siguiente se escribirán esos cortos. Esos y muchos más. Con finales felices, incluso. Llenando folios y folios de realidades paralelas en universos superpuestos. ¿Qué es verdad y qué es mentira? Nadie realmente lo sabe, por lo que huelga preguntarse incluso por la veracidad de lo que aquí cuento.
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