Algunas vidas giran sobre un hecho maldito, un suceso misterioso que nadie nombra, pero está ahí pervirtiéndolo todo. Si no estamos al tanto, podemos percibir algún indicio en determinados silencios, en conversaciones en voz baja que, de vez en cuando, descubrimos.
Pocas cosas despiertan más la curiosidad que las típicas “escuchitas”. Y a pocos pasos están las frases no terminadas, esas que se escupen presuponiendo lo que, en realidad, no se sabe. “Ya sabes, lo del ascensor”, podría ser una de ellas. Una sentencia que resume un drama del que somos ajenos, pero consigue que nuestra mente viaje buscando entre las múltiples situaciones que se pueden dar dentro del estrecho cubículo que nos eleva o nos desciende.
Si la vida gira alrededor de estos misterios, la literatura puede conseguir de ellos los mejores engranajes sobre los que hacer rodar las más fascinantes historias. Es lo que logra mi admirado Miguel Baquero con su “Vidas elevadas”. Alrededor de un ascensor, que casi no nombra, discurren las vidas de tres poetas -en diferentes estadios de sus carreras literarias- y una mujer. A partir del hecho perturbador, ya mencionado, el destino de esos cuatro personajes se tuerce o, incluso, en algún caso, se retuerce.
Flotando entre esos entresijos está la misma literatura. La literatura con mayúsculas y con minúsculas. La literatura ensalzada desde la misma negación de la misma, desde la ridiculización de sus entretelas. Porque Miguel consigue, con la mejor técnica narrativa, menoscabar el mundillo literario, desde los inicios titubeantes de su primer poeta hasta el mercantilismo descarado del último, el escritor consagrado atento tan solo a su cartera.
Baquero nos cuenta las fases de la creación literaria, con esa ironía suave a la que nos tiene acostumbrados, ese humor inteligente que despierta la sonrisa desde las primeras frases y la mantiene, con algunos sobresaltos, hasta el punto final.
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