25 noviembre 2006

Ojos Negros (III)



Un soplo de aire fresco le vino de golpe, azotándole en la cara, e instintivamente se hizo hacia atrás, pegando la espalda a la fría mole de piedra que formaba las paredes del túnel, mientras contenía la respiración.

Por un momento llegó a pensar que el antiguo tren volvía a recorrer su antigua vía, y que pronto vería pasar los mugrientos vagones a escasos centímetros de sus narices. Pero eso era sencillamente imposible, pues faltaban los imprescindibles carriles sobre los que se deslizaba aquel pesado vehículo.

No le dio tiempo a pensar más, pues una furgoneta, la causante de todo aquel revuelo, pasó a toda velocidad, deslumbrándole con sus potentes faros, y arrojando una nube de polvo que le provocó un inesperado arranque de tos.

La confusión creada por las inesperadas luces, el ruido del vehículo y la irrespirable atmósfera tardó un poco en aclararse, y entonces Ricardo buscó con un poco de ansiedad la salida del negro recinto donde se encontraba.

Obsesionado con recobrar pronto los amplios espacios exteriores no reparó en la extraña presencia que debía de continuar dentro del túnel, si no había sido lo suficiente rápida para abandonarlo antes. Ricardo no pensaba en eso entonces, sino en abandonar pronto el inseguro sitio en que se encontraba, y la otra persona debía sentir la misma necesidad.

La suerte quiso que sus caminos se cruzaran esa noche, todavía dentro de la oscura trampa; sus cuerpos chocaron en medio de la penumbra, y un grito de terror atronó la estancia.

En medio del aturdimiento provocado por el golpe, Ricardo pudo distinguir unos ojos negros, del color de la noche sin luna, que protagonizaban una cara contraída en una mueca de pánico.


15 noviembre 2006

Ojos Negros (II)
















El camino discurría rectilíneo, sin apenas alteraciones, con una pendiente muy suave; aunque la monotonía se interrumpía de vez en cuando con la aparición de pequeños túneles que, pese a lo que se anunciaba a la entrada, apagaban la escasa luminosidad que proporcionaban la luna y las estrellas. El sonido, atenuado por las gruesas paredes, se reducía a la mínima expresión, y se notaba también una pequeña disminución de la temperatura. Era como entrar en otro mundo.

Fue en uno de estos donde pasó todo. El túnel tenía una ligera curva a la izquierda, y su longitud permitía en un pequeño tramo disfrutar de una oscuridad total, pues no quedaban al alcance de la vista ni la entrada ni la salida del mismo.

Ricardo estaba de pie, quieto pero relajado, disfrutando de la inmensa paz que le producía la ausencia de luz, de ruido y la fresca humedad que enfriaba su acalorado cuerpo. Dejó que su respiración se serenara, que sus latidos disminuyeran su intensidad y frecuencia hasta hacerse prácticamente imperceptibles. Sus sentidos se agudizaron: comenzó a captar detalles de la mole rocosa que formaba el túnel, pudo distinguir y tocar alguna brizna de musgo que sobrevivía a duras penas, y comenzó a distinguir algunos sonidos.

Le llamó la atención el sonido de la respiración, que le pareció algo más agitada que antes. Era extraño, porque se encontraba muy tranquilo y sereno. Fijó la atención, aguzando el oído aún más, y percibió claras diferencias con su respiración normal; le pareció distinto incluso el ritmo producido por el aire al abandonar de golpe las fosas nasales. Esa no era su forma de respirar. No cabía duda: en el túnel había alguien más.

Las escasas dudas se disiparon cuando escuchó el inconfundible golpe producido por el calzado al comenzar la marcha. Aunque tímidamente, el otro ocupante del recinto había reemprendido el paseo, y se dirigía hacia él.

Pero, de repente, mientras esperaba ansioso encontrar el dibujo de una silueta acercándose hacia él, un intenso temblor le recorrió de los pies a la cabeza, y notó que la adrenalina ponía su corazón a cien.

07 noviembre 2006

Ojos Negros (I)


Parecía ayer, pero habían pasado más de veinte años desde la última vez que pisó aquel camino.

Entonces era bien distinto; en lugar de la llana superficie, parcialmente asfaltada, fácil de transitar, la grava llenaba toda la extensión, salvo la ocupada por las vías del tren, y Ricardo recorría el trayecto encima de la vieja locomotora, ayudando al maquinista, mientras aprendía su oficio.

Tenía apenas 16 años cumplidos, y toda la ilusión del mundo por empaparse de los conocimientos que le transmitía su maestro, un pariente lejano que había aceptado hacerse cargo de él tras la muerte de sus padres, hacía sólo unos meses.

Su vida había cambiado mucho tras aquel trágico suceso, obligándole a abandonar los estudios y ponerse a trabajar en lo que fuera, aunque seguía viviendo en la misma casa, y conservaba los mismos amigos que antes, a pesar de que cada vez los podía ver menos.


La noticia del abandono de la vía de Ojos Negros, el fin de la vieja ruta minera, volvió a dar un vuelco en su vida, y tuvo que abandonar Navajas, su población natal, a sus amigos y a su querido maestro.

Continuó su formación con la misma ilusión de siempre, y como tenía poco que perder y mucho que ganar, fue prosperando en la carrera, y mudando frecuentemente de lugar de residencia, pues sus condiciones particulares le convertían siempre en el mejor candidato para trasladarse a los lugares adonde nadie quería ir.

Esta vida trashumante le impidió crear lazos de amistad sólidos en las poblaciones donde residía, y lo mismo le pasó con el amor. Tras un par de relaciones bastante frustrantes, en las que intentó por todos los medios continuar a pesar de los muchos kilómetros de separación, había llegado a la conclusión de que no valía la pena comprometerse más, pues el olvido era un postre demasiado pesado de digerir tras los suculentos platos ingeridos en los buenos tiempos.

Poco a poco fue perdiendo la chispa en la mirada, y las ganas de saber cualquier detalle nuevo, por insignificante que fuera. Su antigua tersa piel juvenil, empezó a plegarse un poco, y su negro cabello se fue tiñendo de un gris suave por la sien. La fácil y explosiva carcajada de niño mudó en una sonrisa pacífica y tranquilizadora, que le daba un aspecto maduro, más interesante, a juicio del personal femenino.

Recorriendo a pie llano aquel camino, que siempre vio desde lo alto, bajo un cielo negro punteado por miles de diminutas estrellas, dejando invadir sus fosas nasales por la intensa mezcla de perfumes del bosque mediterráneo, y sintiendo la ligera brisa sobre su rostro, se sentía en casa.

Era paradójico, pues no le encontraba la menor explicación lógica, pero, por primera vez en veinte años, sabía que se encontraba en un lugar al que siempre desearía volver.






31 octubre 2006

Encuentros con las ánimas


La niebla iba cayendo lentamente sobre la ciudad, aumentando la sensación de frío por efecto de la humedad reinante. Era la primera noche fresca de otoño, y había sorprendido un poco a los diversos grupos de personas que poblaban la calle, tras disfrutar de un día tan cálido y soleado como había sido aquel último del mes de octubre.

De hecho, tras la espesa capa superficial, situada a muy baja altura, que formaba la niebla, el cielo estaba totalmente despejado, y los rayos de la luna llena conseguían filtrarse en ocasiones a través de los escasos resquicios dejados por el denso tejido de las nubes.

Ella estaba de pie, muy erguida, casi inmóvil, bajo la luz de la farola, y la difuminada luz artificial resaltaba todavía más la blancura espectral de su rostro. No era muy alta, pero el largo vestido, bien ceñido a su delgado cuerpo, y la interminable cabellera azabache cayendo sobre su desnuda espalda, le hacían parecer más esbelta. Tenía los ojos de un azul muy claro, algo turbio, que parecían ajenos a la persona, perfectamente enmarcados entre los finos arcos de sus cejas y rodeados por una gruesa línea de pintura negra enlazada con la de las pestañas; la cara, formando un óvalo perfecto, diríase que levitaba sobre el largo y fino cuello, en el que destacaba un ancho lunar negro, y del que colgaba un sencillo crucifijo de madera, que caía provocador sobre las sugerentes curvas de su pecho, que el apretado corpiño se encargaba de resaltar. El maquillaje era sencillo, pero impactante; además del estudiado recerco de los ojos, los labios apenas resaltados, las largas uñas de las manos, y las bien recortadas de los pies estaban teñidos de un negro obsceno, que invitaba al pecado. Las manos, muy blancas, se veían surcadas de finas venas moradas, y apenas quedaba un solo dedo que no estuviera ocupado por algún anillo portante de símbolo esotérico. No se sabía si se había vestido para esa noche, o era la noche la que se adornaba para ella.

El anciano estaba sentado en un banco, renegando. Vestía ropas viejas, pero clásicas: una americana gris, un chaleco de lana del mismo color, camisa blanca lisa, y corbata del mismo color con finas rayas negras. Un sombrero de pana tapaba su cabeza, que se presumía ya con poco pelo y muy blanco, como así confirmaba su largo y espeso mostacho. Su cara era de tacto áspero, apergaminada, con múltiples arrugas y manchas de sol distribuidas por su superficie, formando el complejo mapa de su expresión. De la comisura del labio inferior colgaba un puro apagado, y la mueca grotesca provocada por sus aspavientos dejaba ver sus amarillentos dientes deformes, salpicados de manchas de tabaco y café.

A lo lejos se oían los gritos de niños que recorrían las calles, disfrazados, calabaza en mano, abordando a los transehúntes, y los apresurados pasos de la gente que llegaba tarde a sus citas, pues la hora comenzaba a ser avanzada.

¡Truco o trato!, ¡truco o trato!, gruñía el anciano. ¡Esta juventud lo tiene que copiar todo! Cualquier motivo, por serio que sea, es origen de alguna fiesta irreverente. En mis tiempos se tenía más respeto a los muertos; la gente no osaba casi a salir a la calle esta noche, y en los hogares se contaban historias terroríficas sobre las ánimas que salían con el propósito de adueñarse de los cuerpos de los incáutos que osaban retar su eterno descanso.

La joven le miraba, sin cambiar su hierática expresión, tentada de contestar al viejo, meditando si merecía la pena comenzar una polémica que prometía ser agria. Pasó por su cabeza un argumento, que creyó convincente, y finalmente se decidió a expresarlo, con voz lenta y pausada, remarcando cada sílaba, consiguiendo un estudiado acento de misterio:

Si usted tiene tanto miedo de las ánimas ¿cómo es que está ahí sentado? ¿No tiene temor a que se lo lleven? ¿Quién le dice a usted que yo no soy una de esas almas en pena, y le voy a llevar conmigo al infierno?

El hombre se le quedó mirando largo rato, fijamente, con sus vidriosos ojos marrones rebosando de ira, hasta que la joven no pudo resistir su provocadora mirada, y se giró, buscando, un tanto angustiada, alguna presencia protectora. Entonces escuchó la voz del anciano, que sonó más grave y amenazadora que antes:

Yo ya no puedo tener miedo, ya no puedo tener miedo.

La chica se giró de golpe y ya no vio nada; el banco se hallaba vacío, y una ráfaga de aire frío golpeó su cara. De repente, se oyó el frenazo de un coche, que se quedó a escasos centímetros de la muchacha.

¡Oye, que de poco te atropello! Cualquiera diría que has visto un fantasma.

Ella se giró, todavía blanca de espanto, pero aliviada al reconocer al conductor:

Pues, no te lo vas a creer.

27 octubre 2006

La Mustia


El local era pequeño y viejo; apenas una pequeña sala, que, dividida por el mostrador, dejaba apenas un pasillo estrecho para los clientes. Junto a la zona de atención al público, existía un pequeño cuarto, donde se adivinaba el horno, comunicado con la primera por una amplia ventana, que facilitaba el intercambio del producto.

Las paredes tenían un color indefinido, sucio, que un día debió ser blanco, pero yo lo recuerdo siempre gris, con desconchones, contribuyendo a dar al local una sensación de insalubridad, que nada convenía al propósito comercial del mismo.

Y es que entonces poco se sabía de sofisiticadas técnicas comerciales, de vender el producto por los ojos, de enmascarar lo soso y descafeinado bajo un ambiente higiénico y confortable. De hecho, el puesto, casi siempre lleno de gente, daba ganas de abandonarlo nada más entrar; y a ello no sólo contribuía el alto grado de abandono del mismo, sino también la escasa amabilidad de las dependientas.

A la que hacía de jefa de las dos le llamaban "la Mustia", y era un apelativo generoso, e incluso cariñoso para su habitual carácter. Tenía un aspecto descuidado, poco femenino e intemporal; es decir, se conocía su sexo, pero nadie era capaz de asegurar su edad, y pocos parecían mostrar algún interés en alargar la conversación más allá de la pura transacción económica.

Era una panaderí; pero pocas unidades del completo alimento que da nombre a este tipo de establecimiento se exhibían en el sucio mostrador y en las despobladas estanterías. Tampoco recuerdo a nadie solicitando este producto, porque las estrellas del establecimiento eran, sin duda alguna, las rosquilletas.

Solamente despachaban de dos tipos diferentes: con sal, y sin sal; y esa era la única pregunta que hacía La Mustia después de conocer la cantidad exacta que deseabas adquirir. En dos anchos cajones, contínuamente repuestos de nuevas unidades por la ventana que he mencionado antes, se almacenaban unas y otras, y eran escogidas una a una y servidas en el mismo momento, envueltas en un pedazo de papel en forma de cucurucho.

Las rosquilletas de La Mustia eran famosas en todo Castellón, y era prácticamente imposible pasar por su puerta, bastante céntrica por cierto, sin dejar de comprar. Como además se servían por unidades, podías escoger en función de tu apetito o tu disponibilidad económica, siempre escasa en aquellos tiempos, aunque era imposible saciarse de ellas por mucha cantidad que comieras.

Tenían una forma irregular, un poco más anchas por el centro y algo más estrechas por los extremos, un poco más aceitadas de lo normal, e impregnadas con sal muy fina. Crujían con un ruido especial, rotundo, que era el preludio de una explosión de sabor en el paladar inigualable.

No existía nada que se le pareciera en toda la ciudad por aquel tiempo, aunque poco después fueron apareciendo productos más higiénicos, bien envasados en bolsas de plástico de doce unidades, con aspecto más uniforme, aunque de textura parecida; que incluso podían rivalizar en sabor si no se hacía la comparación directa.

Un buen día La Mustia cerró, y no recuerdo si abrieron otro tipo de local en su sitio. Hace mucho tiempo ya de eso. El otro día pasé por allí y vi sus paredes desnudas, vacías, y me pareció todo mucho más viejo. Recordé la frase que alguna vez he oído a mi cuñado Octavio: "Castellón debería hacer un homenaje a La Mustia" Y eso es lo que he querido hacer yo con este texto.

A la persona, en particular, no la he vuelto a ver desde entonces, e imagino que su aspecto no será muy diferente al de entonces, a pesar del tiempo pasado. Es lo que pasa con las personas que no parecen tener una edad determinada. Dicen que se casó, pero yo que queréis que os diga.




23 octubre 2006

Los anti-Nobel


No he podido resistir la tentación de comentar esta noticia. Lo siento, es superior a mis fuerzas.

Era conocedor, hasta ahora,de los premios anti-oscar, o algo así, a los peores actores y películas, esos que los endiosados actores de Hollywood, haciendo gala de su pésimo sentido del humor se niegan a recoger; de galardones a los más feos, los menos elegantes, los más antipáticos, siempre caracterizados por la grotesca caricatura que se hace de los premios reales; pero los premios anti-Nobel se llevan la palma esta vez, e intentaré en ediciones futuras seguirlos atentamente.

Estos premios son otorgados por una revista científica de humor, que se dedica, por lo visto, a reunir los mayores disparates generados a la sombra de la diosa Ciencia, con el fin de dejar al profesor Bacterio en el digno lugar que le corresponde. Veremos después que algunos de los inventos que se describen ni se le hubieran pasado por la cabeza del genial Ibáñez.

Singularmente, el galardón de Química ha recaído este año en un equipo de la universidad donde yo estudié, la Politécnica de Valencia, por lo que no es de extrañar que algunos salgamos como hemos salido, tras estudiar algunos años allí. Pues bien, la brillante idea del singular equipo de investigación es analizar el efecto de la temperatura sobre las velocidades ultrasónicas del queso Cheddar (sí, yo tampoco he entendido nada); imagino que porque las próximas generaciones de naves espaciales se van a construir íntegramente con ese material, e interesa saber si resistirá bien los cambios de temperatura, o por el contrario servirá sólo para untarla con pan tras abandonar la atmósfera. Las generaciones futuras agradecerán, sin duda, el día que nuestro equipo de próceres descubrió que el queso calentito corre que se las pela, y frío no es más que un triste pedazo de materia inerte condenado a permanecer inmóvil en el limitado recinto de la quesera hasta caer presa de algún voraz comensal.

Pero el resto de premios tampoco tiene desperdicio. Veamos:

- Medicina - Método para parar eficazmente el hipo a base de masajes rectales con un dedo (con dos supongo que no funciona). Sin comentarios. Si había que investigar para eso, apaga y vámonos. Estos israelitas, para más señas, el año que viene descubren que para terminar con el hambre en el mundo haría falta un número suficiente de bocadillos de jamón.

- Física - Explicación de las razones por las que un espagueti crudo se suele romper en más de dos trozos, a cargo de investigadores franceses. ¿Porque es frágil? (Cállate, Juanjo, que no tienes ni idea)

Lo que más gracia me hace de todo es que estoy absolutamente convencido de que estos grupos de investigadores han realizado estos estudios totalmente en serio, convencidos de que su trabajo supone una auténtica innovación en el campo de la ciencia, de que no pretenden tomarnos el pelo, y de que, además, han recibido una cuantiosa subvención por parte de algún organismo del Estado.

En fin. Después de visto lo visto, todavía hay gente que se me cabrea porque tengo unas cariñosas palabras con Plutón.

19 octubre 2006

La dama de hierro (y VI)




















COMENTARIOS DEL AUTOR

Como sabéis, este relato está basado en la historia de Erzsebet Bathory, la condesa sangrienta, que vivió en la Rumanía de finales del siglo XVI y principios del XVII.

Me basé en principio en el libro "Locos de la historia", escrito por Alejandra Vallejo Nájera, que leí el pasado verano. Después he ido leyendo más textos sobre la condesa en diferentes páginas de la red, encontrando divergencias en algunos puntos, por lo cual es complicado saber cual es la verdadera versión de los hechos.

En mi relato, me he tomado la libertad de inventar algunos hechos, personas y situaciones, que quiero aclarar, no vaya a ser que alguien se tome los mismos al pie de la letra. En primer lugar, el nombre de la protagonista, totalmente inventado.

Alejandra Vallejo Nájera contaba en su libro que los soldados que descubrieron las mazmorras del castillo, encontraron una dama de hierro averiada, que ya no se utilizaba desde hacía tiempo. Por lo tanto, los libertadores no llegaron en ese preciso instante, como por otra parte hubiera sido mucha casualidad; aunque es seguro que encontraron a varias muchachas moribundas y algunas presas, por lo que alguna vida sí que salvaron en ese momento.

Algunos textos no mencionan a la dama de hierro, sino que hablan de un instrumento similar, consistente en una jaula con pinchos, colgada del techo, en la que la prisionera terminaba por ensartarse involuntariamente, derramando su sangre sobre otra muchacha vírgen y desnuda.

Tampoco coinciden las fuentes en la presencia de la condesa el día de las detenciones. Hay quien afirma que estaba en el sitio, y que fue detenida in fraganti; otros dicen que se encontraba en el castillo, pero la orgía de sangre y sexo se había producido la noche anterior; y por último algunos autores sostienen que estaba de viaje.

No he encontrado contradicciones en el juicio y sus castigos: la quema en la hoguera de sus dos ayudantes, y los tres largos años de cautiverio de la condesa entre cuatro paredes. También es probable que se encontrara el diario donde anotaba todas las características de sus víctimas, aunque, al parecer, quedó en poder del conde Thurzo, su captor, y no se ha podido nunca consultar el original.

Yo no creo probable que la mujer conservara su belleza dentro de los cuatro muros de su celda, sino que más bien había pocas mujeres en el castillo, y cualquier rudo soldado de guardia en un castillo semi-abandonado puede alucinar con una fregona, si le pones falda y tacones. Algo parecido pasa a partir de las 6 de la mañana en muchas discotecas, y nadie pone el grito en el cielo.

Con estas tiernas palabras doy por concluída la serie de "La dama de hierro". Sinceramente creo que no he cargado demasiado las tintas, y que la realidad fue bastante peor que mi relato, pero espero que este último os haya gustado.