“Tú y yo podremos caminar juntos bajo ese manto estrellado”, me susurraba desde su descapotable rojo, aparcado en la penumbra del paseo marítimo.
“Cuando vivamos solos, lejos de esta mierda, seremos libres”, sentenciaba con enojo. Señalaba entonces el techo que cubría la cama de sus padres, donde yacíamos exhaustos, como si fuera algo más que una divisoria de hormigón y escayola, que nos separaba de su cielo liberador.
No ha perdido del todo ese discurso exaltado y cursi, a pesar de los años y las circunstancias. Pero el cielo de París en Enero no abriga tanto como los malditos cartones, esos que llama “braseros de libertad”, cuando tiene una jarra de vino rancio que llevarse a la tripa y se cree algo más digno que un clochard de los de Cortázar.
“Pasa el tintorro y arrima la cebolleta”, le digo entonces, tiritando. Y deja la literatura, me callo, con ese silencio cómplice de mis desventuras por las cloacas del Sena. Entonces se frota con desgana sobre mi culo frío, como pagando así las cuentas de lo que me debe, hasta que consigue excitarse y moverse como lo ha hecho siempre, tan lejos de la libertad y la poesía.
-.-




