21 septiembre 2011

El calor que necesito


“Tú y yo podremos caminar juntos bajo ese manto estrellado”, me susurraba desde su descapotable rojo, aparcado en la penumbra del paseo marítimo.

“Cuando vivamos solos, lejos de esta mierda,  seremos libres”, sentenciaba con enojo. Señalaba entonces el techo que cubría la cama de sus padres, donde yacíamos exhaustos, como si fuera algo más que una divisoria de hormigón y escayola, que nos separaba de su cielo liberador.

No ha perdido del todo ese discurso exaltado y cursi, a pesar de los años y las circunstancias. Pero el cielo de París en Enero no abriga tanto como los malditos cartones, esos que llama “braseros de libertad”, cuando tiene una jarra de vino rancio que llevarse a la tripa y se cree algo más digno que un clochard de los de Cortázar.

“Pasa el tintorro y arrima la cebolleta”, le digo entonces, tiritando. Y deja la literatura, me callo, con ese silencio cómplice de mis desventuras por las cloacas del Sena. Entonces se frota con desgana sobre mi culo frío, como pagando así las cuentas de lo que me debe, hasta que consigue excitarse y moverse como lo ha hecho siempre, tan lejos de la libertad y la poesía.

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08 septiembre 2011

Ojos tristes


Adrián se acaba de quedar dormido, abrazado a su osito, como hace todas las noches. Yo lo miro con unos ojos, que todavía deben ser dulces, y reprimo mis ganas de besarlo y abrazarlo. Enciendo la lamparita para que no le asuste la oscuridad. El plafón perforado arroja una pequeña constelación de estrellas sobre el cielo raso del cuarto y la sombra de algunos peluches crece, como si de vigilantes emboscados se tratara. El sonido del chupete, al principio intenso y ansioso, se ralentiza poco a poco y, de repente, torna en la respiración tranquila y dulce que confirma la calma. Ya puedo salir de la habitación.

En la cocina me espera la sopa fría y la ausencia. Un triste trozo de queso con muy poco pan, no sea que mañana me grite la báscula y, de postre, una serie ya comenzada que terminaré de ver al día siguiente por internet. Lo justo para engañarme con migajas de una vida propia que hace ya mucho tiempo desapareció. Como también lo hizo el padre de la criatura, con aquella rubia gordita que parecía avergonzarse cuando tropezaba conmigo en el súper. No sé qué le daría esa furcia.

Las noches que me miro con cariño, todavía veo una mujer hermosa en el espejo. Un cuerpo deseable y un rostro atractivo, apenas surcado por esas arrugas de expresión, que hablan tanto de mi vida y de mi tiempo. Pero están esos ojos tan tristes, a los que torno cuando salgo de la habitación de Adrián. ¿Quién va a atreverse a cargar con tanta pena?

Antes de acostarme, vuelvo a entrar despacio en el cuarto. El niño sigue abarazado al peluche y el chupete se seca junto a su mano izquierda. Los vigilantes siguen en guardia, sin alterar las posiciones, bajo el falso firmamento. Todo está en orden.

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28 agosto 2011

El ritual y la danza


Siempre he pensado que mi lugar está ahí, en la barra, con el codo izquierdo bien apoyado y el derecho sosteniendo una copa que mengua despacio. La música, que juzgo intrascendente con la boca pequeña, mientras mi pie derecho me desdice; y la escena excesiva del baile, los cuerpos moviéndose furiosos, en una rivalidad que me parece absurda. Salvo pocas excepciones, más que sentido del ritmo y armonía, contemplo demasiado exhibicionismo, mucha danza ritual con objetivos bien conocidos. No puedo decir que me desagrada. Al contrario. Disfruto con ese juego de seducción tan pobremente elaborado, si se ve de lejos, con ese codo apoyado en la barra y la vista que comienza a nublarse. Es la copa de la que un día hemos bebido todos.

No me divierte tanto, en cambio, cuando detecto que el objetivo de alguien es Maribel. Maribel, ajena al mundo, bailando, como una gata, con una armonía tal que parece ejecutar todos sus movimientos sin ningún esfuerzo. Después de cada paso, compruebas que ése era el adecuado, tal vez el único posible. Nunca va más despacio ni más rápido de lo que marcan las notas y los obstáculos parecen apartarse cuando ella se acerca.

Salvo algunos que se empeñan en alterar esa armonía. A esos los veo de lejos, marcando presa desde la distancia, acercándose poco a poco, dejándose ver entre las tres amigas que siempre la escoltan: Ana, Eva y Gloria. Cuando se sitúan a tiro, o quizá un poco antes, mi pie derecho se para, aprieto con más fuerza la copa en mi mano y se borra esa sonrisa complaciente que exhibo delante de mis amigos.

Entonces ensayo dos pasos, me acerco a Maribel y le beso un poco en los labios. Después, termino bailando con ella la pieza y me quedo un rato más, lo que duran los cubitos en el agua turbia en que se ha convertido el cubata. Entonces me siento llamado a una nueva misión: reponer el hielo en el vaso, intentar en vano que el licor lo sobrepase, rellenar de refresco hasta arriba, anclarme a la barra mediante el procedimiento antes descrito, exhibir una sonrisa beatífica, desaprobar la calidad de la orquesta.

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05 agosto 2011

Durante el viaje


Durante el viaje es necesario luchar contra la hostilidad de las nuevas costumbres, el trato diferente de las gentes, la inseguridad de lo desconocido y nuestra propia ignorancia.

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31 julio 2011

El reino de la sombra


El paseo marítimo tiene farolas cada cuarenta metros, una iluminación irregular e insuficiente que crea amplias zonas de íntima penumbra. En una de ellas, queda una caseta de baño, instalada provisionalmente en la arena, perteneciente a la muestra de arte temporal que todos los años viene con el FIB.

Más que sus colores, disueltos en la sombra, nos llama la atención un movimiento sigiloso a su alrededor. Advertida mi chica, no dudamos en acercarnos para ver qué ocurre y nos da tiempo a comprobar cómo una pareja desaparece tras la puerta.

Entre asombrados y divertidos nos acercamos a la caseta, y cuando llegamos a tan sólo unos metros, sentimos la necesidad de quedarnos quietos frente a la entrada, cogidos de la mano, como si un rayo de hielo nos hubiera congelado en ese mismo instante.

Al poco, vemos llegar más parejas y oímos cómo se colocan detrás de nosotros, formando una fila cada vez más larga, una secuencia silenciosa que conduce al mar. Una vez situados, todos los miembros de aquella extraña hilera permanecen en un silencio tal, que se oye con toda claridad los gemidos de la pareja que continúa adentro.

Las muestras de placer de los amantes son cada vez más frecuentes y efusivas, pero nadie dentro de la fila osa realizar ningún comentario. Todo el mundo sigue en su sitio, amarrado a un muelle imaginario. Cuando, de repente cesan los gritos de la pareja, mi chica me estrecha la mano con fuerza, mostrando de esa forma silenciosa la impaciencia que, sin duda, siente.

A pesar de la oscuridad y el encogimiento de los ocupantes de la caseta, nada más abrirse la puerta, acierto a ver un rubor en sus rostros más acorde con la pasión que con la vergüenza y pronto sabré por qué: puertas adentro no existe nada del lúgubre aspecto de la fila paciente. Es justo lo contrario, un espacio que invita al movimiento sensual, al juego erótico de susurros y caricias, de salivas y mordiscos que incitan a los gritos.

Nos dejamos llevar por esa pasión ajena a lo que sucede afuera, a esa sucesión de la nada expectante, como si nos encontráramos dentro de una cabina opaca e insonorizada. Cuando terminamos, la observo a ella. Tiene la cara enrojecida y los ojos brillantes. A mí también me arden las mejillas.

Nos vestimos despacio. Al salir, cabizbajo, observo como la chica de la siguiente pareja aprieta con fuerza la mano de su chico. Desaparecen por la puerta y la fila, inapreciablemente, se mueve unos centímetros hacia adelante. Para entonces, las olas empiezan a lamer los talones de los últimos de la hilera. Salimos al paseo y, poco a poco, entramos en el dominio luminoso de la siguiente farola. Desde allí, no es posible ver nada de lo que está ocurriendo en el reino de la sombra.

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24 julio 2011

Esa suciedad que no se va con nada



Anoche tuve un sueño. La vieja granja de cerdos, situada al otro lado de la autopista, estaba en obras. Pregunté y me dijeron que la iban a convertir en un hotel rústico. El edificio ya fue en su día una construcción con pretensiones, excesiva en adornos para mi gusto, como si quisiera negar lo que albergaba dentro o evocar un pasado de más noble naturaleza que nunca existió; pero el mal olor ya se encargaba de desmentir la grandeza del establecimiento mucho antes de llegar y, cuando alcanzabas su puerta, la suciedad enterraba los restos del engaño.

Recuerdo que me preguntaba en el sueño cómo conseguirían quitar toda aquella mugre y ese olor penetrante tan desagradable. Me parecía tan imposible como eliminar la grasa de las manos de Lorenzo, el mecánico, que tiene las uñas cercadas por una costra negra de años y los surcos de su piel agrietada, rellenos de una maraña de hilos grisáceos imposible de desenredar.

Esos mismos dedos gordezuelos y resecos, dañados por esa suciedad que no se va con nada, son los que acarician a Marisa, la siempre bella y frágil Marisa, desde hace más de veinte años, y me consta que ella se estremece cada vez que lo hace con esa ternura, inimaginable entre tanta rudeza.

Cuando la observo, dichosa entre esa suciedad invisible a sus ojos, me pregunto qué clase de encantos harían atractiva la vieja granja ante sus nuevos huéspedes, qué pasión secreta conseguiría anular la vista y el olfato hasta el punto de olvidar que existen. Mientras pienso ésto, los albañiles han conseguido desguarnecer un paño, y ahora aparece desnudo, en piedra viva, con un aspecto granítico inusual en estas zonas. Nada que ver con la pared mugrienta de hace unos minutos.

Por la ventana se cuela el aire fresco y salado del mar. A mi lado, todavía duerme Susana. El sueño ha terminado. Como todos los días, siento la necesidad de ir corriendo al cuarto de baño, vaciar la vejiga, eliminar de mi cara esa fina capa de grasa acumulada y las molestas legañas. Oler a jabón de pastilla. Quizá esta mañana frote con más ganas y llegue a rincones menos frecuentados por el agua y el gel, aunque sé que es inútil: yo también tengo esa suciedad que no se va con nada, el hedor, inodoro para mí, que otros, por suerte, soportan.

Al silbido de la cafetera se levanta Susana. Se acerca, todavía soñolienta, y me da un beso en los labios. Hueles a limpio, me dice, mientras mira salir el café.

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