18 junio 2007

Los ojos de la muerte



"Tardé un poco en asimilar la situación. Tan solo quería hacer una pregunta, y por toda respuesta me encontraba ahora con un cañón doble de escopeta a escasos centímetros de mi frente.

- ¡Pon las manos en alto!, dijo en tono seco y cortante, pero sin gritar, con la pasmosa calma de quien ya está acostumbrado a manejar esa situación, por violenta que parezca.

- No des un paso más o te arranco la cabeza, soltó sin pestañear.

Las palabras y los gestos afeaban el impresionante aspecto de la mujer, que no debía de pasar de la treintena, y a la que las duras condiciones del entorno no parecían haberle pasado factura, teniendo en cuenta que ella vivía allí, en la única casa situada en muchos kilómetros a la redonda, en medio del árido desierto australiano, junto a un caudaloso río aparecido por arte de magia.

Era una mujer deseable, de largos cabellos rubios, y tentadoras curvas, imaginables bajo la suave blusa que llevaba puesta. O me lo hubiera parecido así en otras circunstancias. Pero yo estaba agotado, a punto de caer al suelo extenuado, tras recorrer cientos de kilómetros en sólo tres días, sin apenas comida ni bebida; y estaba enfrente de su arma, enfrente de sus cortantes palabras, yo, que sólo quería hacer una pregunta.

- ¿Qué se te ha perdido por aquí?, preguntó con su amenazante expresión, sin bajar la escopeta ni un centímetro, sin dejar deslizar ni un maldito grado la mecedora donde estaba sentada.

- Sólo quería saber si el agua es potable. Necesito beber. Luego me iré; dije de prisa, tartamudeando de cansancio y miedo.

- Sí, es potable. Bebe y desaparece de mi vista.

Y eso hice; pegué grandes sorbos de esa agua cálida y dura a toda prisa, llené las cantimploras. "


Era una festiva noche de Agosto, y Adrián se encontraba entre los suyos, en su tierra natal, celebrando la fiesta de San Roque, como todos los años. Las noches empezaban a ser frescas, pues es sabido que, a partir de la Virgen de Agosto, el verano empieza su rápido declive; pero la calle estaba atiborrada de gente expectante por el comienzo del toro embolado.

Junto a él, en plena calle, se reunía la gente en corro, deseando escuchar la narración de la nueva aventura del héroe del pueblo. El disfrutaba rememorando sus sensaciones, los especiales momentos vividos, lo que hacía mucho más intenso y creíble el relato.

La tercera carcasa había sonado, el barullo de la gente aumentaba, las luces de la calle se apagaban, pero Adrián seguía contando con la especial pasión que ponía en ello, cerrando los ojos, alzando las manos, contrayendo su cara en muecas de terror, o de ira...


"Después cargué la bicicleta al hombro, y traté de cruzarlo; pero era más profundo de lo que pensaba, y mucho más turbulento de lo que mis fuerzas podían soportar. Cuando el agua me llegaba a la altura del pecho, intentando salvaguardar a toda costa las partes metálicas de la bicicleta, un furioso remolino me desequilibró, y caí.

La siguiente imagen que recuerdo es mi lucha desigual contra el torbellino, en busca del aire que empezaba a faltar en mis pulmones.

Desperté en la cama de aquella casa, con la mujer mirándome a la cara con sus grandes ojos azules abiertos de asombro, como si ya no esperara que otros ojos pudieran encontrarse con los suyos tan cerca. Se le notaba avergonzada de su comportamiento anterior, y quizá atribuyera mi actitud ausente e inmóvil a alguna modalidad de despecho; pero yo lo único que tenía era pura fatiga.

Tras una semana de mimos y cuidados recuperé gran parte de las energías perdidas, y ella creyó cumplir su estancia en tan particular purgatorio; así que me dio puerta, con algo más de amabilidad que días atrás, y algunos utilísimos consejos para procurarme comida, bebida, y protección frente a los temibles dingos. No hubo lugar a escarceos ni romances; y no porque la mujer no los mereciese, sino más bien porque existía una extraña química que nos separaba, una intuición por parte de ambos de que nos iba a ir mejor manteniendo una prudente distancia.

Quedaban todavía varias jornadas de pedaleo bajo el implacable sol, frente al árido viento, y no diré que no fue duro, pero tampoco pasé en momentos apuros suficientes para que viera, siquiera de lejos, fracasar mi proyecto, y tuviera que volver con la amarga desazón de la derrota. Llegué triunfante a Sidney, y allí fui entrevistado por las habituales cadenas de televisión, siempre dispuestas a convertir en noticia las excentricidades del que os habla."


Adrián terminó su relato, sin ni siquiera percatarse del grito unánime del público. Ahora se encontraba solo, enmedio de la calle, escuchando su nombre en gritos que se confundían con los últimos episodios de su viaje en el interior de su mente. Gritos que le llamaban, que le avisaban, gritos de angustia, de pánico.

Se giró, y frente a él vio la mirada negra del toro, su frente poblada de un enmarañado pelo negro, del que caían grandes gotas de sudor provocadas por las dos ardientes antorchas sujetas en ambos vértices de su cornamenta. Vio la mirada negra del toro, y pudo captar su impaciencia, su amergura, su ira.

Los dos ojos negros enfrente de los suyos le recordaron los del cañón de la escopeta, y sintió flaquear sus piernas. Lentamente comenzó a alzar los brazos, mientras decía:

"Sólo quería saber si el agua es potable. Necesito beber. Luego, me iré"

06 junio 2007

Amando bajo la lluvia

Descubre la canción oculta


Me gusta la lluvia de Mayo, aunque no todos los años recibo ese regalo del cielo. Incluso antes de que sucedieran los hechos que voy a narrar sentía debilidad por mojarme cuando las nubes negras descargaban toda su carga húmeda. Desde niño, verme calado hasta los huesos, sentir el frío del agua en contraste con el calor del ambiente, jugar con los charcos sin peligro a una pulmonía, me proporcionaban un sentimiento de rebeldía sin demasiado riesgo de castigo severo.



Con el tiempo mis padres me dieron por imposible, y renunciaron a recordarme que cogiera el paraguas en los días en que amenazaba tormenta. Más tarde, cuando me independicé y me fui a vivir solo, ni siquiera me llevé uno detrás por si las moscas. No me importaba llegar a casa empapado, pues el placer de secarme envuelto en mi albornoz, con una taza humeante de café con leche, premiaba con creces cualquier inconveniente que el líquido elemento pudiera crear.



Aquel día estaba especialmente negro, caía más fuerte de lo normal, con abundante presencia de rayos y truenos, más propios del verano que de la época en que nos encontrábamos. A mí, tal vez inconsciente del peligro que corría deambulando por las calles en tales condiciones, nada de eso me importaba. Daba igual que los truenos sonaran como cargas de aviación sobre el tejado de mi casa; yo me sentía inmune al efecto devastador de su electricidad.



Llegué a casa y subí por las escaleras, sin utilizar el ascensor. Me gustaba escuchar el chasquido que producían mis zapatos encharcados sobre las baldosas de mármol, sentir los dedos entumecidos chocar contra la superficie rugosa de los zapatos. Al llegar a casa, me los quité rápidamente, dejándolos a un lado para evitar llenar de gotas todo el suelo, y me disponía a entrar en el cuarto de baño cuando el sonido del timbre me hizo brincar del susto.



Abrí la puerta así, con esas pintas: descalzo, con la camisa y pantalones empapados, chorreando, y el cinturón a medio quitar. Enfrente tenía a mi adorada vecina, mi sueño secreto e imposible: una pelirroja de largas melenas, cuerpo escultural, y piernas interminables, con unos labios que decían bésame; pero con el sello de inalcanzable en forma de aro brillante dentro de su dedo anular izquierdo.



Incluso con la cara de terror que exhibía, estaba arrebatadora; la respiración agitada subía y bajaba su pecho, desbordando su generoso escote; de los poros de su piel, más abiertos de lo normal a causa de la tensión, nacía un perfume intenso que me hacía estremecer.



- ¿Puedo pasar?, me dijo. Tengo pánico a la tormenta. Estoy sola y no sé si podré resistir. Mi marido se fue.


- Pasa, pasa. Puedes quedarte hasta que llegue. ¿Tardará? ¿Cómo es que no está en casa en una noche como ésta?


- En las noches así abandona el hogar, por la triste razón de que va a trabajar. Es vendedor de pararrayos.



La improvisada rima me habría provocado una carcajada difícil de disimular en otras circunstancias, pero en ésta me sonó a música celestial. Me había quedado hechizado en la puerta, imaginando mil formas de besar aquellos labios, de acariciar aquella piel, de deslizar mis manos hacia la cintura, y más abajo; de forma que impedía totalmente el paso hacia el interior de la casa; cuando, de repente, la luz se apagó, la oscuridad se quebró de repente con la intensidad luminosa de un rayo acompañada de una sonora explosión que apagó el grito de la mujer.



Sucedió todo tan rápido que no puedo recordarlo con claridad. No sé si ella me empujó, se lanzó a mis brazos, o simplemente perdí el equilibrio, pero cuando me dí cuenta estaba encima de mí, en el suelo; mis manos asían su cintura tal y como había soñado unos instantes antes, y toda la tensión del momento se disolvió en una carcajada.



- Estás empapado, me dijo suavemente, muy cerca del oído, mientras comenzaba a quitarme todas las prendas mojadas.


- Sí, susurré, al tiempo que buscaba sus labios y deslizaba mis dedos por su cadera.





En el terreno más confortable y seco de la cama, acompañados tan solo por el sonido de la lluvia y nuestros gemidos, lejanos ya los últimos truenos, nos amamos con una pasión desconocida para mi, acostumbrado a rolletes de sábado a última hora, amores rápidos, anestesiados por el alcohol, con olor a tabaco y sabor a gin-tonic. Tan aturdido estaba tras el trepidante final que confundí su pícara sonrisa con una de felicidad. Pronto me sacó de su error, guiñando el ojo:

- Quiero más.

Bendiciendo al genial Franklin por su invención, en sus brazos di curso a su petición, y después el amor hizo el resto.

Fue una primavera felizmente lluviosa, intensa en besos, abrazos, caricias y precipitaciones; pero terminó. A base de vender palitos de metal, su marido reunió un pingüe capital, y se hizo multimillonario. No tardaron en mudarse a un desierto de agua y de pasiones.

Ahora que el cambio climático prospera y las nubes escasean, la añoro todavía más que antes, cuando tenía el mono de su cuerpo. Me he vuelto un ecologista furibundo, y reniego de cualquier progreso tecnológico. Cualquier esfuerzo por reducir la capa de ozono y las emisiones de CO me parece poco. Ahorro para peregrinar a la tierra santa de Kyoto, y besar sus amarillas tierras. Si veo una triste nube gris aparecer por el irregular horizonte de las montañas, me da un vuelco el corazón, y sonrío feliz. Pienso que con la borrasca, algún día, volverá ella, y tras esa tempestad ya nunca más volverá la calma.



En este momento, suena el timbre.



- Perdona, ¿no tendrás un poco de azúcar? Me he quedado sin.


- ¿Azúcar? Si claro, pasa, pasa; digo e esos ojos del color de la noche.



Esta es verdaderamente difícil, o, por lo menos eso creo yo; aunque sé que uno por lo menos, la conoce bien. El plazo termina el viernes 15.

25 mayo 2007

Somos las Zapatillas de Juanjo

Meme y canción oculta.



Hola, somos las Zapatillas de Juanjo.

Gracias a Conchi podemos conoceros personalmente, filtrarnos a través de las pantallas y observar vuestros bellos ojos. Es mejor que permanecer aquí debajo de la mesa, mientras sus pies tamborilean haciéndonos cosquillas, que morirnos de curiosidad por conocer a las personas que ahora podremos visitar en persona.

Aprovechamos la oportunidad para contaros algo de nuestra triste vida, pues tenemos escasas oportunidades de desahogarnos, inmersas en un mundo de estrecheces y olores. Todas nuestras compañeras viven igual o peor que nosotras; así que la mayoría de veces preferimos callar antes de herir sensibilidades, pues sabemos que el resto de su calzado nos tiene cierta envidia.

Veréis. Hace mucho tiempo vivíamos dentro de una caja de cartón, en compañía de papeles, en lugar de pies. Era una vida monótona, pero sin sobresaltos. De vez en cuando venía alguien, nos sacaba un rato, ponía sus pies encima y daba unos pocos pasos; pero al poco rato volvíamos a nuestro estado de natural reposo.

De repente un día vino esa chica, Ana se llama, y casi sin preguntar nos cogió, nos puso boca abajo para ver el número que tenemos grabado al dorso, volvió a ponernos en la caja, y cuando volvimos a ver la luz estábamos en otro sitio. Ya no dormíamos en la estrecha caja sino en un enorme zapatero con muchas compañeras, lo que nos puso muy contentas.

Juanjo puso sus pies enseguida dentro y dimos unos pocos pasos. En ese primer momento no nos caimos bien. El no dijo nada, pues casi nunca habla, pero pensó que éramos demasiado rígidas. No podía vencer nuestra natural resistencia a doblarnos como si fuéramos juncos, y hacía un poco de ruido al pisar, un tac-tac encantador que a él le pareció estridente.

Este pensamiento nos molestó. La verdad es que es bastante patoso caminando; se resite a seguir el movimiento natural que va desde la punta hasta el talón, de forma armónica y suave. En lugar de eso, insiste en dejarse caer sobre este último de forma brusca, lo que nos produce una gran molestia. Con las demás hace igual, tendríais que oir los comentarios que hacen nuestras amigas azules, las zapatillas de correr, o los orgullosos zapatos negros que lo sufren la mayor parte del día.

Por suerte, molesta poco. Con la excusa del ruido casi siempre prescinde de nuestros servicios, y nos traslada de un sitio a otro, de forma compulsiva, pero con sus manos. En realidad, sabemos que prefiere ir descalzo. Da igual la superficie.

Por lo tanto, pasamos la mayor parte del tiempo debajo de la mesa del ordenador, o a los pies de la cama o del sofá. De vez en cuando los niños nos ven y juegan con nosotras. Les encanta meter sus pequeños piececillos y dar largos pasos como si fueran personas adultas. A nosotras nos encanta sentir la suavidad de sus pieles desnudas acariciando nuestras blandas paredes.

Solo entonces Juanjo parece recordarnos, y reclama que volvamos enseguida a sus pies. Otras veces, en cambio, y esto es un gran secreto que no deberéis contar a nadie, se olvida que nos lleva puestas y baja a la calle con nosotras, porque es muy despistado. El no se da cuenta, pero nosotras pasamos mucha vergüenza al sentirnos objeto de miradas burlonas.

Esperamos que os haya gustado nuestra breve historia. Por nuestra parte ha sido un placer.

* * * * * * *

Zapatilla izquierda (ZI) - Oye, ¿dónde estás?

Zapatilla derecha (ZD) - Debajo de la mesa. ¿Y tú?

ZI - En la cocina.

ZD - ¡Tan lejos! ¿Qué haces ahí?

ZI - No me podía coger. Te llevaba a ti en una mano y el café en la otra. ¿Crees que habremos quedado bien?

ZD - No sé. Eso nunca se sabe. Pero, ¿a quién le va a interesar la historia de unas zapatillas?

ZI - Pues también tienes razón. Oye, ¿Cómo estaba de humor hoy?

ZD - Bien, bien, estaba cantando. Está cansado, pero ya sabes, es viernes.

ZI - ¿Qué cantaba?

ZD - No me la sé. Algo de que se equivocaría otra vez.

ZI - Jajaja, como si no se equivocara nunca.

ZD - Síiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Jajajaja. Por cierto dice algo de que está sordo de un pie.

ZI - ¿En serio? Me gusta más esa del elefante y la tela de araña que cantan los niños.

ZD - Sí, me suena. ¿Cómo termina?

ZI - Mmmmm.

ZD - Nos hemos olvidado de invitar a alguien.

ZI - Es verdad. ¿Se te ocurre a alguien?

ZD - Deja que piense... ¿Ulhrá?

ZI - Sí, me muero de curiosidad. ¿Qué tal Raquel?

ZD - Pues también, pero está muy ocupada. No sé si podrá.

ZI - ¿Dulce Locura?

ZD - Hace poco enseñó sus zapatos rojos.

ZI - Sí, ¡que monos! Pero eso no vale. Queremos ver sus zapatillas de ir por casa.

ZD - ¿Y Cuco Almería? ¿Se atreverá?

ZI - Apuesto a que sí. Tiene sentido del humor.

ZD - Hablando de Almería. ¿Y si se lo decimos a Violeta?

ZI - Pero si ya no escribe.

ZD - Claro que escribe. Ahora tiene un flog.

ZI - La última vez nos dio calabazas.

ZD - Es verdad. Pero me apetece vérselas (las zapatillas)

ZI - Oye, ¿tú le has dado al botón de publicar?

ZD - No, claro que no. ¿No le habías dado tú?

ZI - Pues claro que no, imbécil. Estoy en la cocina.

ZD - Arrrg. Estamos en directo. Voy a ver si acierto con el botón.

ZI - ¡Deprisa, deprisa! Que va hacia allí.

ZD - Glups.

El resultado, si no le ponéis remedio antes, el próximo viernes.

16 mayo 2007

A la deriva

"Deriva", de Giulio Orioli
Descubre el título y autor de la canción oculta en el texto

El otro día me encontré al Borrego en Indiana Bill.

Indiana Bill es uno de estos parques infantiles donde mis hijos son regularmente invitados a fiestas de cumpleaños, y nosotros, los padres, mientras disfrutamos de la compañía y los canapés de los anfitriones, encontramos a antiguos amigos y compañeros a los que hace mucho que perdimos de vista.

El Borrego es uno de ellos. Su verdadero nombre es Alfredo, gallego de nacimiento, natural de Pazos de Verín, una pequeña población situada en Orense; amigo del cole y del instituto, y compañero de muchas juergas. Después, el tiempo y las diferentes pandillas nos separaron.

Hacía mucho que no le veía. El tiempo puede cambiar muchas personas hasta hacerlas irreconocibles, pero tiene todas las de perder con Alfredo. Sus increíbles ojos azules, y su sonrisa de niño malo lo delatarán siempre. Ahora luce una frente arrugada, la faz endurecida y tostada por el sol, y se ha dejado una perilla rala que corresponde más con la versión agreste de su apacible apodo. Vamos, que aparenta ser más un chivo que un borrego.

Ese aspecto libertino cuadra más con la imagen que he tenido siempre de él, que con la de su modo de vida actual, según me cuenta. Aunque provisto de teléfono movil, PDA, y correo electrónico, Alfredo afirma pertenecer a una comunidad budista, de la cual es sacerdote, y gerente de una granja de formación de la misma. El caso es que yo, desde hace tiempo, había percibido un halo de espiritualidad en su compleja personalidad; aunque siempre lo atribuí al efecto de alguna sustancia sicotrópica.

Estuvimos hablando bastante tiempo, recordando los tiempos del cole, alguna despedida de soltero en la que habíamos coincidido, y tratando de hacer planes para reunir a todos los compañeros posibles en una cena, o lo que se tenga a bien organizar.

- A todos no va a poder ser, me dijo.
- Ya me imagino. Eramos 40, y yo sólo tengo localizados a media docena.
- No lo decía por eso. ¿Te acuerdas de José Manuel?
- Sí, claro, me dijeron que estaba muy mal.
- Yo me lo encontré una vez esperando al autobus. Se acercó a mí pidiendo pasta, y no me reconoció. Tenía el mar del miedo en la mirada, las ropas empapadas, ... Le dije: ¿no te acuerdas de mí? ¿cómo has podido caer en ésto? No dijo nada. Coincidió conmigo algunás veces más, pero un día desapareció. Al cabo del tiempo alguien me nabló de él: "recorriendo aceras dicen que lo vieron, ajustando el paso a los demás, intentando cualquier cosa por dinero para hincarse fuego una vez más... "
- Es igual, no sigas, ya sé el final.

Nos quedamos serios mirándonos. Mi mente vagaba por las escaleras de la vieja escuela. Yo subía tarareando las estrofas de la canción, intentando aprender la letra. Era muy bonita y muy triste. Eso ya lo sabía entonces, pero lo sé mejor ahora, porque José Manuel tampoco es el primer caso de los que compartieron juegos conmigo que ahora ya no me podrán encontrar en Indiana Bill, ni en ningún sitio.

A menudo me pregunto por qué, pero ninguna de las respuestas me gusta.

Finalizados siete días aproximadamente, escribiré un comentario, resaltando las estrofas de la canción.

15 mayo 2007

Tiempo de juego



Como cada vez que termino un relato largo, tengo una sensación similar a la que experimentaba Martin Chevalier tras finalizar su investigación: el vacío; como si yo fuera un corredor de fondo llegando a una meta abandonada, en una carrera de larga distancia en la que hace tiempo que ya no se ve a nadie.

Ahora tengo una terrible pereza para empezar otra cosa, una desgana parecida a la que siento cuando empiezo un libro nuevo tras terminar uno bueno: apenas puedo fijar la concentración en las primeras páginas que leo.

Para pasar un poco el rato se me ha ocurrido un juego, un meme como se llama por estos pagos, al que, por supuesto estáis invitados a participar aquí, y a exportarlo y extenderlo por estos mundos de Gates.

Como dijo alguna vez Conchi las sensaciones están a la vuelta de la esquina: sólo tienes que captarlas. Algo similar pasa con los relatos: se pueden crear casi de la nada. Pero existe una fuente inagotable de historias que ya están escritas, e incluso tienen melodía: las canciones.

Las canciones contienen hermosas letras que hablan de amor, de tristeza, de odio, de venganza, y también de temas triviales. Todas ellas se pueden escribir de otra forma, contar los mismos hechos con otras palabras, tornando en prosa los versos que inevitablemente tiene que llevar la música.

Pues bien, me propongo escribir algunos textos inspirados en esas canciones, intercalando trozos de las mismas, o, incluso, algunas veces también el título. El juego consiste en adivinar la canción.

Cada vez que decida jugar, la entrada aparecerá clasificada con la etiqueta La canción oculta y dejaré algunas breves instrucciones del tipo:



Averigua la canción oculta en este texto


Después esperaré un tiempo prudencial, y publicaré un comentario con el título, autor, y si se puede un enlace.

Espero que os guste.

P.D. Esta entrada no tiene canción oculta (que yo sepa)


04 mayo 2007

El triunfo de Violante


El doctor Martín Chevalier llegó antes a su casa aquella tarde. No es que hubiera adelantado la hora de salida, sino que sencillamente no tenía más que hacer: todo su trabajo había terminado; aunque todavía era demasiado pronto para darse cuenta. Como suele ocurrir con los proyectos de larga duración, el final aparece difuminado en el horizonte de la extensa llanura de las interminables jornadas, y no se tiene la percepción directa de que la meta se ha alcanzado.

Eso precisamente le pasaba a él. Se había dejado caer en el sillón con la mirada perdida en algún lugar impreciso del despacho. Encima de la mesa, cuidadosamente ordenada, solamente tenía dos paquetes de folios encuadernados, ambos regalo de su madre cuando cumplió la mayoría de edad: los últimos escritos de su padre, y la vieja copia donde se narraba la maldición del caballero amnésico.

No necesitaba abrirlos para conocer su contenido, pues se los sabía de memoria. El primero, porque había invertido mucho tiempo en averiguar lo que pensaba ese personaje misterioso y anhelado que había sido el padre, a quien nunca llegó a conocer; el segundo, porque era el origen del largo trabajo de investigación que le había mantenido ocupado durante los últimos diez años de su vida.

Leyó la maldición por primera vez, justo nada más recibirlo de manos de su madre, y le había parecido una especie de cuento de viejas. De mente racional, y con clara inclinación hacia las ciencias, no alcanzaba a descubrir la relación entre los oscuros hechos narrados y la enfermedad que había terminado con la vida de su padre. Simplemente, le parecía una leyenda nacida a la lumbre de un hogar durante una fría noche de invierno, y transmitida de generación en generación. Una bonita mentira.

Recién terminada la carrera de medicina, volvió a caer en sus manos el escrito, pero esta vez atendió más a las descripciones pormenorizadas de la enfermedad, que habían ido anotando los ayudantes de los médicos que la habían tratado. El escrito le pareció entonces un documento de gran valor científico. La dolencia, estudiada y descrita con precisión, una vez analizada con detalle, tenía muchas similitudes con algún tipo de alteración del código genético, materia cuyo estudio tenía todavía fresco.

Sin necesidades básicas que cubrir, gracias a su considerable fortuna, pudo dedicar tiempo y dinero a la investigación, creando un laboratorio específico para el tratamiento de enfermedades de transmisión hereditaria. Bajo ese paraguas, pudo estudiar a sus anchas la enfermedad de sus antepasados, mientras sus colegas y ayudantes experimentaban con una clase nueva de medicamentos, capaces de vencer enfermedades, que hasta ese día parecían incurables.

Para ello tuvo, primero, que crear la dolencia. Le llevó años manipular el código genético capaz de producir efectos similares a los que tenía perfectamente descritos en sus notas. Miles de cobayas fueron sacrificadas para conseguir el resultado deseado: poder reproducir la enfermedad las veces que fuera necesario en las mismas condiciones.

Terminada esa fase, fue necesario probar varios complejos, capaces de modificar solamente lo imprescindible de la cadena genética. Sufrió algún que otro fracaso, pero la recompensa no tardó en llegar. Al final, las cobayas tratadas con el nuevo compuesto, se mostraron incapaces de desarrollar la enfermedad.

Todavía necesitó pulir algunos detalles, encontrar las dosis adecuadas, completar el compuesto con sustancias que lo reforzaran, evitando rechazos y efectos secundarios. Después, probó con mamíferos de mayor tamaño, para obtener las dosis adecuadas. Los resultados eran concluyentes: 100% de resultados efectivos en una muestra de varios miles de individuos. Lo había conseguido.

Una mujer centraba ahora todo su pensamiento. Apenas la había llegado a conocer, pero sabía que buena parte de su triunfo final se lo debía a ella: su abuela. Su madre le había contado en muchas ocasiones su historia, destacando, sobre todo, su valentía al romper con la secular tradición de la familia para encontrar la solución del legendario problema que les aquejaba. Ella había muerto segura de haber cumplido sus objetivos, pero Martín sabía que, realmente, era ahora cuando los había conseguido.

En esa mujer y su postrero triunfo pensaba cuando la voz angustiada de otra le despertó de su ensisismamiento.

Martín, ¡despierta, corre, date prisa! acabo de romper aguas.


FIN

30 abril 2007

Nueva dinastía


El despacho del notario estaba situado en un edificio viejo, con escaleras de mármol, y ascensor antiguo, de esos que todavía conservan sus puertas de malla de hierro forjado. En el interior, los techos altos daban un aspecto señorial, que los pesados muebles terminaban de rematar. Como era de esperar, el titular de aquella actividad era de edad avanzada, o por lo menos sus cortos cabellos y su larga barba totalmente blancos así parecían confirmarlo.

La estancia era sobria, los muebles escasos; apenas una librería con varios volúmenes de cuero negro, todos iguales, y una amplia mesa de caoba rodeada de sillones de esa misma madera. Entre los muebles, el aspecto del propietario, y su hablar, lento y sereno, parecía imposible que una sola mentira se atreviera a deambular por la sala.

El notario, en contra de la extendida moda actual de resumir el contenido de las escrituras, procedió a su lectura desde la primera hasta la última palabra, de forma impecable, e incluso amena, si se puede concebir este apelativo para un texto de estas características. Conseguía, de forma misteriosa, que la atención de los presentes se concentrara solamente en sus palabras.

Habían pasado ya diez años desde la muerte de Gastón, y María Rosa asistía a posiblemente la última cuenta del largo rosario de visitas a tan honorable señor, desde que el primero le dejara todos sus bienes en testamento. Entonces, parecía que el capital del hombre se reducía a su casa, algunos ahorros depositados en el banco, una gran colección de libros, y algunos escritos propios. Pero durante este tiempo, habían fallecido varias personas, parientes lejanos de Gastón, que le donaban todas sus pertenencias. Parecía como si fuera él, el último de un desdichado linaje que se extinguía, el punto donde varias líneas convergían y terminaban su existencia.

La última en morir había sido su abuela, una venerable anciana a la que María Rosa había conocido años atrás en uno de esos entierros, y le había contado la historia de la familia. De los muchos nombres que habían aparecido en la narración de la señora, ella era la última en abandonar este mundo.

A pesar de todo, María Rosa no era capaz de imaginar que, tras el aspecto sencillo y campechano de la anciana, se escondía la propietaria de una de las mayores fortunas de Francia, emparentada con la mayor parte de la aristocracia europea, incluyendo varias casas reales, pero portadora de un veneno en la sangre, cuyo origen sí conocía, y que había acabado con la vida, primero de su abuelo, y después de su nieto.

Durante muchas generaciones, la familia de Gastón había decidido aceptar el reto de la maldición, pagando su precio, casando a sus hijos con gente de su misma condición, con tal de que aquella vieja gitana no triunfara en su tumba siglos después. Confiaban en que la ciencia, finalmente, terminaría ganando su batalla particular, y derrotaría a la superstición.

Así fue educada, desde pequeña, Doña Violante. Pero hubo un suceso que cambió su vida por completo: la muerte de su abuelo.

El viejo patriarca y ella se tenían un cariño especial, esa relación tan íntima que nace entre abuelos y nietos, fruto de la necesidad mutua de afecto y de la ausencia de responsabilidad directa en la educación. Cuando ella vio como el cuerpo del gigantón que tanto amaba empezar su declive, y terminar a los pocos meses entre dolores inmensos, algo se rompió en su corazón infantil. Renegando de todo en lo que había sido instruída, se juró a sí misma que terminaría con aquella maldición.

Inició primero la vía racional, investigando la enfermedad, buscando sus orígenes, sus posibles soluciones, pero el éxito se resistía a premiar su esfuerzo. El tiempo invertido en la búsqueda terminaría condenando a su nieto, pues su hijo se casó con la hija de un noble inglés, que había conocido en unas vacaciones de verano, sin que ella pudiera intervenir a tiempo.

A pesar de su fracaso inicial, Violante no cesó en su intento. Revisando los viejos documentos de la familia, fue recopilando los nombres de los galenos que los habían tratado, investigó en sus historias médicas, acumuló todos los datos encontrados, por absurdos e inconexos que parecieran. Y así logró encontrar el hilo que llevaba a la madeja de la salvación.

Paradójicamente, y a pesar de que todos los afectados eran de la misma familia, los médicos que habían estudiado la enfermedad no tenían continuidad como facultativos de la saga, algo bastante habitual en aquella época, en que los hijos y nietos de los profesionales solían heredar conocimientos y clientes. Sin embargo, la confianza depositada en aquellas personas y sus sucesores duraba justo el tiempo en que la enfermedad se cobraba una nueva víctima. Después del deceso, se retiraban o eran despedidos.

En cambio, entre los ayudantes de cada médico, siempre había un apellido que se repetía: Román. A la abuela de Gastón no le fue difícil localizar al último de la saga, el que había atendido a su abuelo. Todavía vivía, aunque se había trasladado a España, hacía unos años. Concretamente, a Granada.

Violante no dudó en fijar su residencia en la bella ciudad andaluza durante un tiempo, pero tuvo que envolverse en la capa de la discreción para no despertar recelos en la familia. Así pudo urdir su plan.

El dinero abre puertas, compra voluntades, tiene oídos y boca; y la mujer estaba dispuesta a invertirlo todo en conocer lo máximo posible sobre la familia Román. Diversos confidentes le fueron informando con detalle de todo lo que rodeaba a la numerosa estirpe: a qué se dedicaban sus miembros, su estado civil, sus costumbres, su reputación; dedicando especial atención a las mujeres solteras.

Tras muchas pesquisas, sus ojos se fijaron en una muchacha, apenas una niña, que parecía cumplir todos los requisitos: sencilla, alegre, discreta, inteligente y con una insaciable curiosidad, que la hacía destacar en todo lo que significara aprender.

Bastó con excitar la imaginación de la chica, y untar convenientemente los recelos de su familia con la dorada capa del dinero, para que María Rosa acabara estudiando en París, con una sustanciosa beca. Allí tampoco fue difícil propiciar un primer encuentro con su nieto Gastón, y, por suerte, un extraño magnetismo los convirtió en inseparables durante la estancia.

Pero ella tuvo que volver, y Violante creyó que su segunda oportunidad de salvar a su dinastía se esfumaba de repente. Ella había estado al corriente de todo, pero siempre en un segundo plano, de forma que nadie pudiera relacionarla con Gastón, y sacar conclusiones sobre sus verdaderas intenciones.

Sin embargo, cuando en el entierro de su nieto vio a la mujer y reconoció sus inconfundibles rasgos, Violante quiso comprobar si la semilla sembrada años atrás había dado su fruto, o había caído en terreno yermo. El aire cansado, la cara ojerosa, y la ligera curva de su vientre, de perfil, le hicieron concebir esperanzas, y unos meses después esas esperanzas se materializaron en un hermoso bebé, de pelo oscuros y grandes ojos azules.