29 julio 2007

Cuéntame


- Cuéntame, me dijo. Dime algo sobre ti.

Estas palabras suelen actuar sobre mí como un hechizo, y nada consigue fluir fácilmente desde mi boca tras ser pronunciadas; pero era ella quien me lo pedía, y no sabía negarle nada.


- Te cuento:

Nací un día como hoy, 29 de Julio de 1.967, en una clínica que ya no existe con nombre de una fecha que ya no se celebra, en la ciudad de Castellón. Hacía mucho calor, y mi padre derramó la horchata que le llevaba a mi madre por los nervios. Antes ella había vomitado el hígado con cebolla ingerido en la comida. Eso es lo que me contaron. Yo no lo recuerdo, pero en cambio me encanta la horchata y el hígado con cebolla.


- Felicidades, me dijo, con una sonrisa picarona, porque lo celebras, ¿no?, continuó con algo de sorna.


Una sonrisa iluminó mi rostro, afirmando; y ella cambió rápidamente su expresión, abriendo bien los ojos desde su anterior entrecerrada posición, juntando los labios hasta convertirlos en una minimalista y apetecible fresa, mostrando interés, curiosidad, y, al mismo tiempo, dulzura.


- Cuéntame. ¿Cómo te sientes?

- No sé. Es una sensación extraña. No puedo decir que me sienta viejo, pero ya no me siento joven. No tengo en qué basar esa afirmación: físicamente estoy bien, mejor que a los 30 y que a los 20; tengo menos pelo, pero más del que esperaba tener; más arrugas, pero ya las tenía hace mucho tiempo.
He cambiado. Ahora veo la vida de otra forma, la disfruto de otro modo más sosegado, menos intenso, y eso, me temo, no es sinónimo de juventud.
Además, con lo susceptible que soy, que siempre he sido, los comentarios tipo "Pero si estás de maravilla. Ya me gustaría estar así a mi a tu edad", cada vez más frecuentes, empiezan a tocarme los cojones.

No pareció contenta con la respuesta, pero, por suerte, evitó realizar comentarios compasivos. A continuación, se tomó un respiro, inclinándose hacia adelante, buscando con todo su cuerpo la copa de cerveza. Sus movimientos eran coordinados, armónicos, hablaban por sí solos: la mano alzando la copa al encuentro de su boca, los labios apoyados sobre el canto dejando una suave marca de carmín, el arqueo de su espalda al dejarse caer suavemente sobre el respaldo del sillón. Los pensamientos negativos me habían abandonado sin pronunciar una palabra. Yo la miraba, y ella, sabedora del efecto que estaba causando, sonreía. Un toque de malicia era la guinda que debía coronar tan sabroso postre.

- Cuarenta años, ya son años, ¿no? ¿No tienes reúma los días de lluvia?
- Pues mira, no, pero me gusta pasarlos en la cama, en buena compañía, respondí, algo herido en mi amor propio.
- Por buena compañía, te refieres al Marca, claro.
Es broma, es broma, no te enfades, se apresurá a decir, quitando hierro.

Con uno de sus estudiados movimientos, un aleteo de manos acompañado con un rostro simuladamente compungido, selló la paz, y comenzó de nuevo el interrogatorio:

- Cuéntame. ¿Cómo te ha ido? ¿Has conocido la felicidad?
- Supongo que sí. A ratos, a sorbos. Siempre con ganas de más, nunca saciado de ella. Creo que es lo único que podemos conseguir: algunas gotas del preciado licor. Por suerte, a medida que te haces viejo, necesitas comer menos, beber menos, y el sabor es más apreciado y dura más.
- Quien no se consuela es porque no quiere, dijo, volviendo por sus fueros.
- Quien no se consuela es porque es tonto, respondí rápido. ¿Sirve de algo vivir desconsolado?

No contestó esta vez con ninguna maldad. Se quedó quieta, de lado, expectante, como quien ya sabe todo lo que quiere saber, se quiere ir, y está esperando a que pase el camarero para pedir la cuenta. Pero yo todavía no había terminado. No podía terminar sin realizarle una última pregunta:
- Supongo que tengo derecho a conocer tu nombre. ¿Cómo te llamas?
- ¿No lo sabes? Me llaman Fortuna. Vendré más veces a verte, pero otras te daré la espalda. Así es la vida, ¿no?

Me di cuenta entonces de algo que no había apreciado en toda la conversación: nunca la había tenido totalmente de cara, ni de espaldas; así como tampoco había sido nunca capaz de adivinar sus encantadores movimientos, ni de predecir sus amables o hirientes palabras.

Y como en un sueño, la silueta de la joven se disolvió en la bruma veraniega, y mi mirada vagó buscándola por las arenas de la playa, en las ondulantes aguas, más allá de la línea del horizonte, hasta que el sonido metálico de la bandeja con la cuenta me despertó de mi aturdimiento.

Acercabdo el papel a la vista no puede evitar pensar: ¿cuánto cuesta la Fortuna?

10 julio 2007

Una taberna española


Sus ojos y su pelo no recuerdan para nada a las arenas del desierto; tampoco su nariz es afilada como si de levantina Cleopatra se tratase; su cuerpo dista de ser el de un elegante junco, y más bien tiene hechuras de maja de Goya que de bailarina de siete velos; pero la llamamos "La Faraona". Tal vez tenga la culpa la línea de rímel que desde la comisura de sus párpados va a buscar las sienes para acentuar sus pequeños ojos marrones.
Aunque no tenga ojos de gata, reina detrás de la barra del bar del que voy a hablar, que es de su padre, nuestro querido "Torrebruno".
Torrebruno recibe su apodo, únicamente por su estatura, pues el resto de atributos del fallecido artista apostaría fuerte a que le faltan. El bar es el menos inconfesable de sus negocios, de lo que fácilmente deduciréis los otros. Como el mundo es pequeño, y Valencia no deja de ser un pedazo minúsculo del mismo, todo se sabe. Y, por si no se supiera, determinadas visitas confirman lo que se sospecha: mujeres de curvas sinuosas, labios carnosos, pecho prominente, vestidos ajustados, carmines excesivos, perfumes baratos... Pequeño, pero temible personaje.

El local quiere parecer una taberna española, o quizá debiera decir andaluza; pero ningún adjetivo termina de cuadrar del todo con el estilo del mismo, debido a la incongruente y excesiva decoración. Se mezclan motivos taurinos con cinegéticos; aperos de labranza con proyectiles de diferentes armas y calibres; carteles de funestas corridas de toros y de películas de tonallideras frente a elegantes gramófonos y radios antiguas; botijos de Tejero junto a auténticos barriles de café. El gustacho a antiguo de las falsas vigas de madera de imitación, directamente cogidas a la fría modernidad del falso techo desmontable de placas de 60x60, donde conviven aparatos de techo de aire acondicionado, diferentes tipos de proyectores de alumbrado, altavoces, y rejillas de aire.

El personal es variable. Además de Faraona, otra descendiente del amo del tugurio, gobierna a este lado de la máquina de café, pero con otra fisonomía, otro acento, otra madre. Y el resto es variable: camareras y cocineras de diferentes lenguas, procedencias y culturas se suceden a ritmo de contratos precarios, si los hay. Una pequeña corte de voluntarios echa una mano a cambio de algún carajillo, una caña, o un puesto de privilegio en la barra.

La comida no es escasa ni mala. Menú a 8 € (7 para nosotros): dos platos, postre, bebida, pan y café.

Así es el lugar donde como todos los días.

01 julio 2007

La Ventana de Juanjo


Por invitación de Carmen
me animo a mostraros lo que se ve desde mi ventana; aunque cambiando toalmente de estilo.

También hay canción oculta, pero esta vez no se reproduce ninguna frase exacta.

El viernes 6 de Julio, la solución.

18 junio 2007

Los ojos de la muerte



"Tardé un poco en asimilar la situación. Tan solo quería hacer una pregunta, y por toda respuesta me encontraba ahora con un cañón doble de escopeta a escasos centímetros de mi frente.

- ¡Pon las manos en alto!, dijo en tono seco y cortante, pero sin gritar, con la pasmosa calma de quien ya está acostumbrado a manejar esa situación, por violenta que parezca.

- No des un paso más o te arranco la cabeza, soltó sin pestañear.

Las palabras y los gestos afeaban el impresionante aspecto de la mujer, que no debía de pasar de la treintena, y a la que las duras condiciones del entorno no parecían haberle pasado factura, teniendo en cuenta que ella vivía allí, en la única casa situada en muchos kilómetros a la redonda, en medio del árido desierto australiano, junto a un caudaloso río aparecido por arte de magia.

Era una mujer deseable, de largos cabellos rubios, y tentadoras curvas, imaginables bajo la suave blusa que llevaba puesta. O me lo hubiera parecido así en otras circunstancias. Pero yo estaba agotado, a punto de caer al suelo extenuado, tras recorrer cientos de kilómetros en sólo tres días, sin apenas comida ni bebida; y estaba enfrente de su arma, enfrente de sus cortantes palabras, yo, que sólo quería hacer una pregunta.

- ¿Qué se te ha perdido por aquí?, preguntó con su amenazante expresión, sin bajar la escopeta ni un centímetro, sin dejar deslizar ni un maldito grado la mecedora donde estaba sentada.

- Sólo quería saber si el agua es potable. Necesito beber. Luego me iré; dije de prisa, tartamudeando de cansancio y miedo.

- Sí, es potable. Bebe y desaparece de mi vista.

Y eso hice; pegué grandes sorbos de esa agua cálida y dura a toda prisa, llené las cantimploras. "


Era una festiva noche de Agosto, y Adrián se encontraba entre los suyos, en su tierra natal, celebrando la fiesta de San Roque, como todos los años. Las noches empezaban a ser frescas, pues es sabido que, a partir de la Virgen de Agosto, el verano empieza su rápido declive; pero la calle estaba atiborrada de gente expectante por el comienzo del toro embolado.

Junto a él, en plena calle, se reunía la gente en corro, deseando escuchar la narración de la nueva aventura del héroe del pueblo. El disfrutaba rememorando sus sensaciones, los especiales momentos vividos, lo que hacía mucho más intenso y creíble el relato.

La tercera carcasa había sonado, el barullo de la gente aumentaba, las luces de la calle se apagaban, pero Adrián seguía contando con la especial pasión que ponía en ello, cerrando los ojos, alzando las manos, contrayendo su cara en muecas de terror, o de ira...


"Después cargué la bicicleta al hombro, y traté de cruzarlo; pero era más profundo de lo que pensaba, y mucho más turbulento de lo que mis fuerzas podían soportar. Cuando el agua me llegaba a la altura del pecho, intentando salvaguardar a toda costa las partes metálicas de la bicicleta, un furioso remolino me desequilibró, y caí.

La siguiente imagen que recuerdo es mi lucha desigual contra el torbellino, en busca del aire que empezaba a faltar en mis pulmones.

Desperté en la cama de aquella casa, con la mujer mirándome a la cara con sus grandes ojos azules abiertos de asombro, como si ya no esperara que otros ojos pudieran encontrarse con los suyos tan cerca. Se le notaba avergonzada de su comportamiento anterior, y quizá atribuyera mi actitud ausente e inmóvil a alguna modalidad de despecho; pero yo lo único que tenía era pura fatiga.

Tras una semana de mimos y cuidados recuperé gran parte de las energías perdidas, y ella creyó cumplir su estancia en tan particular purgatorio; así que me dio puerta, con algo más de amabilidad que días atrás, y algunos utilísimos consejos para procurarme comida, bebida, y protección frente a los temibles dingos. No hubo lugar a escarceos ni romances; y no porque la mujer no los mereciese, sino más bien porque existía una extraña química que nos separaba, una intuición por parte de ambos de que nos iba a ir mejor manteniendo una prudente distancia.

Quedaban todavía varias jornadas de pedaleo bajo el implacable sol, frente al árido viento, y no diré que no fue duro, pero tampoco pasé en momentos apuros suficientes para que viera, siquiera de lejos, fracasar mi proyecto, y tuviera que volver con la amarga desazón de la derrota. Llegué triunfante a Sidney, y allí fui entrevistado por las habituales cadenas de televisión, siempre dispuestas a convertir en noticia las excentricidades del que os habla."


Adrián terminó su relato, sin ni siquiera percatarse del grito unánime del público. Ahora se encontraba solo, enmedio de la calle, escuchando su nombre en gritos que se confundían con los últimos episodios de su viaje en el interior de su mente. Gritos que le llamaban, que le avisaban, gritos de angustia, de pánico.

Se giró, y frente a él vio la mirada negra del toro, su frente poblada de un enmarañado pelo negro, del que caían grandes gotas de sudor provocadas por las dos ardientes antorchas sujetas en ambos vértices de su cornamenta. Vio la mirada negra del toro, y pudo captar su impaciencia, su amergura, su ira.

Los dos ojos negros enfrente de los suyos le recordaron los del cañón de la escopeta, y sintió flaquear sus piernas. Lentamente comenzó a alzar los brazos, mientras decía:

"Sólo quería saber si el agua es potable. Necesito beber. Luego, me iré"

06 junio 2007

Amando bajo la lluvia

Descubre la canción oculta


Me gusta la lluvia de Mayo, aunque no todos los años recibo ese regalo del cielo. Incluso antes de que sucedieran los hechos que voy a narrar sentía debilidad por mojarme cuando las nubes negras descargaban toda su carga húmeda. Desde niño, verme calado hasta los huesos, sentir el frío del agua en contraste con el calor del ambiente, jugar con los charcos sin peligro a una pulmonía, me proporcionaban un sentimiento de rebeldía sin demasiado riesgo de castigo severo.



Con el tiempo mis padres me dieron por imposible, y renunciaron a recordarme que cogiera el paraguas en los días en que amenazaba tormenta. Más tarde, cuando me independicé y me fui a vivir solo, ni siquiera me llevé uno detrás por si las moscas. No me importaba llegar a casa empapado, pues el placer de secarme envuelto en mi albornoz, con una taza humeante de café con leche, premiaba con creces cualquier inconveniente que el líquido elemento pudiera crear.



Aquel día estaba especialmente negro, caía más fuerte de lo normal, con abundante presencia de rayos y truenos, más propios del verano que de la época en que nos encontrábamos. A mí, tal vez inconsciente del peligro que corría deambulando por las calles en tales condiciones, nada de eso me importaba. Daba igual que los truenos sonaran como cargas de aviación sobre el tejado de mi casa; yo me sentía inmune al efecto devastador de su electricidad.



Llegué a casa y subí por las escaleras, sin utilizar el ascensor. Me gustaba escuchar el chasquido que producían mis zapatos encharcados sobre las baldosas de mármol, sentir los dedos entumecidos chocar contra la superficie rugosa de los zapatos. Al llegar a casa, me los quité rápidamente, dejándolos a un lado para evitar llenar de gotas todo el suelo, y me disponía a entrar en el cuarto de baño cuando el sonido del timbre me hizo brincar del susto.



Abrí la puerta así, con esas pintas: descalzo, con la camisa y pantalones empapados, chorreando, y el cinturón a medio quitar. Enfrente tenía a mi adorada vecina, mi sueño secreto e imposible: una pelirroja de largas melenas, cuerpo escultural, y piernas interminables, con unos labios que decían bésame; pero con el sello de inalcanzable en forma de aro brillante dentro de su dedo anular izquierdo.



Incluso con la cara de terror que exhibía, estaba arrebatadora; la respiración agitada subía y bajaba su pecho, desbordando su generoso escote; de los poros de su piel, más abiertos de lo normal a causa de la tensión, nacía un perfume intenso que me hacía estremecer.



- ¿Puedo pasar?, me dijo. Tengo pánico a la tormenta. Estoy sola y no sé si podré resistir. Mi marido se fue.


- Pasa, pasa. Puedes quedarte hasta que llegue. ¿Tardará? ¿Cómo es que no está en casa en una noche como ésta?


- En las noches así abandona el hogar, por la triste razón de que va a trabajar. Es vendedor de pararrayos.



La improvisada rima me habría provocado una carcajada difícil de disimular en otras circunstancias, pero en ésta me sonó a música celestial. Me había quedado hechizado en la puerta, imaginando mil formas de besar aquellos labios, de acariciar aquella piel, de deslizar mis manos hacia la cintura, y más abajo; de forma que impedía totalmente el paso hacia el interior de la casa; cuando, de repente, la luz se apagó, la oscuridad se quebró de repente con la intensidad luminosa de un rayo acompañada de una sonora explosión que apagó el grito de la mujer.



Sucedió todo tan rápido que no puedo recordarlo con claridad. No sé si ella me empujó, se lanzó a mis brazos, o simplemente perdí el equilibrio, pero cuando me dí cuenta estaba encima de mí, en el suelo; mis manos asían su cintura tal y como había soñado unos instantes antes, y toda la tensión del momento se disolvió en una carcajada.



- Estás empapado, me dijo suavemente, muy cerca del oído, mientras comenzaba a quitarme todas las prendas mojadas.


- Sí, susurré, al tiempo que buscaba sus labios y deslizaba mis dedos por su cadera.





En el terreno más confortable y seco de la cama, acompañados tan solo por el sonido de la lluvia y nuestros gemidos, lejanos ya los últimos truenos, nos amamos con una pasión desconocida para mi, acostumbrado a rolletes de sábado a última hora, amores rápidos, anestesiados por el alcohol, con olor a tabaco y sabor a gin-tonic. Tan aturdido estaba tras el trepidante final que confundí su pícara sonrisa con una de felicidad. Pronto me sacó de su error, guiñando el ojo:

- Quiero más.

Bendiciendo al genial Franklin por su invención, en sus brazos di curso a su petición, y después el amor hizo el resto.

Fue una primavera felizmente lluviosa, intensa en besos, abrazos, caricias y precipitaciones; pero terminó. A base de vender palitos de metal, su marido reunió un pingüe capital, y se hizo multimillonario. No tardaron en mudarse a un desierto de agua y de pasiones.

Ahora que el cambio climático prospera y las nubes escasean, la añoro todavía más que antes, cuando tenía el mono de su cuerpo. Me he vuelto un ecologista furibundo, y reniego de cualquier progreso tecnológico. Cualquier esfuerzo por reducir la capa de ozono y las emisiones de CO me parece poco. Ahorro para peregrinar a la tierra santa de Kyoto, y besar sus amarillas tierras. Si veo una triste nube gris aparecer por el irregular horizonte de las montañas, me da un vuelco el corazón, y sonrío feliz. Pienso que con la borrasca, algún día, volverá ella, y tras esa tempestad ya nunca más volverá la calma.



En este momento, suena el timbre.



- Perdona, ¿no tendrás un poco de azúcar? Me he quedado sin.


- ¿Azúcar? Si claro, pasa, pasa; digo e esos ojos del color de la noche.



Esta es verdaderamente difícil, o, por lo menos eso creo yo; aunque sé que uno por lo menos, la conoce bien. El plazo termina el viernes 15.

25 mayo 2007

Somos las Zapatillas de Juanjo

Meme y canción oculta.



Hola, somos las Zapatillas de Juanjo.

Gracias a Conchi podemos conoceros personalmente, filtrarnos a través de las pantallas y observar vuestros bellos ojos. Es mejor que permanecer aquí debajo de la mesa, mientras sus pies tamborilean haciéndonos cosquillas, que morirnos de curiosidad por conocer a las personas que ahora podremos visitar en persona.

Aprovechamos la oportunidad para contaros algo de nuestra triste vida, pues tenemos escasas oportunidades de desahogarnos, inmersas en un mundo de estrecheces y olores. Todas nuestras compañeras viven igual o peor que nosotras; así que la mayoría de veces preferimos callar antes de herir sensibilidades, pues sabemos que el resto de su calzado nos tiene cierta envidia.

Veréis. Hace mucho tiempo vivíamos dentro de una caja de cartón, en compañía de papeles, en lugar de pies. Era una vida monótona, pero sin sobresaltos. De vez en cuando venía alguien, nos sacaba un rato, ponía sus pies encima y daba unos pocos pasos; pero al poco rato volvíamos a nuestro estado de natural reposo.

De repente un día vino esa chica, Ana se llama, y casi sin preguntar nos cogió, nos puso boca abajo para ver el número que tenemos grabado al dorso, volvió a ponernos en la caja, y cuando volvimos a ver la luz estábamos en otro sitio. Ya no dormíamos en la estrecha caja sino en un enorme zapatero con muchas compañeras, lo que nos puso muy contentas.

Juanjo puso sus pies enseguida dentro y dimos unos pocos pasos. En ese primer momento no nos caimos bien. El no dijo nada, pues casi nunca habla, pero pensó que éramos demasiado rígidas. No podía vencer nuestra natural resistencia a doblarnos como si fuéramos juncos, y hacía un poco de ruido al pisar, un tac-tac encantador que a él le pareció estridente.

Este pensamiento nos molestó. La verdad es que es bastante patoso caminando; se resite a seguir el movimiento natural que va desde la punta hasta el talón, de forma armónica y suave. En lugar de eso, insiste en dejarse caer sobre este último de forma brusca, lo que nos produce una gran molestia. Con las demás hace igual, tendríais que oir los comentarios que hacen nuestras amigas azules, las zapatillas de correr, o los orgullosos zapatos negros que lo sufren la mayor parte del día.

Por suerte, molesta poco. Con la excusa del ruido casi siempre prescinde de nuestros servicios, y nos traslada de un sitio a otro, de forma compulsiva, pero con sus manos. En realidad, sabemos que prefiere ir descalzo. Da igual la superficie.

Por lo tanto, pasamos la mayor parte del tiempo debajo de la mesa del ordenador, o a los pies de la cama o del sofá. De vez en cuando los niños nos ven y juegan con nosotras. Les encanta meter sus pequeños piececillos y dar largos pasos como si fueran personas adultas. A nosotras nos encanta sentir la suavidad de sus pieles desnudas acariciando nuestras blandas paredes.

Solo entonces Juanjo parece recordarnos, y reclama que volvamos enseguida a sus pies. Otras veces, en cambio, y esto es un gran secreto que no deberéis contar a nadie, se olvida que nos lleva puestas y baja a la calle con nosotras, porque es muy despistado. El no se da cuenta, pero nosotras pasamos mucha vergüenza al sentirnos objeto de miradas burlonas.

Esperamos que os haya gustado nuestra breve historia. Por nuestra parte ha sido un placer.

* * * * * * *

Zapatilla izquierda (ZI) - Oye, ¿dónde estás?

Zapatilla derecha (ZD) - Debajo de la mesa. ¿Y tú?

ZI - En la cocina.

ZD - ¡Tan lejos! ¿Qué haces ahí?

ZI - No me podía coger. Te llevaba a ti en una mano y el café en la otra. ¿Crees que habremos quedado bien?

ZD - No sé. Eso nunca se sabe. Pero, ¿a quién le va a interesar la historia de unas zapatillas?

ZI - Pues también tienes razón. Oye, ¿Cómo estaba de humor hoy?

ZD - Bien, bien, estaba cantando. Está cansado, pero ya sabes, es viernes.

ZI - ¿Qué cantaba?

ZD - No me la sé. Algo de que se equivocaría otra vez.

ZI - Jajaja, como si no se equivocara nunca.

ZD - Síiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Jajajaja. Por cierto dice algo de que está sordo de un pie.

ZI - ¿En serio? Me gusta más esa del elefante y la tela de araña que cantan los niños.

ZD - Sí, me suena. ¿Cómo termina?

ZI - Mmmmm.

ZD - Nos hemos olvidado de invitar a alguien.

ZI - Es verdad. ¿Se te ocurre a alguien?

ZD - Deja que piense... ¿Ulhrá?

ZI - Sí, me muero de curiosidad. ¿Qué tal Raquel?

ZD - Pues también, pero está muy ocupada. No sé si podrá.

ZI - ¿Dulce Locura?

ZD - Hace poco enseñó sus zapatos rojos.

ZI - Sí, ¡que monos! Pero eso no vale. Queremos ver sus zapatillas de ir por casa.

ZD - ¿Y Cuco Almería? ¿Se atreverá?

ZI - Apuesto a que sí. Tiene sentido del humor.

ZD - Hablando de Almería. ¿Y si se lo decimos a Violeta?

ZI - Pero si ya no escribe.

ZD - Claro que escribe. Ahora tiene un flog.

ZI - La última vez nos dio calabazas.

ZD - Es verdad. Pero me apetece vérselas (las zapatillas)

ZI - Oye, ¿tú le has dado al botón de publicar?

ZD - No, claro que no. ¿No le habías dado tú?

ZI - Pues claro que no, imbécil. Estoy en la cocina.

ZD - Arrrg. Estamos en directo. Voy a ver si acierto con el botón.

ZI - ¡Deprisa, deprisa! Que va hacia allí.

ZD - Glups.

El resultado, si no le ponéis remedio antes, el próximo viernes.

16 mayo 2007

A la deriva

"Deriva", de Giulio Orioli
Descubre el título y autor de la canción oculta en el texto

El otro día me encontré al Borrego en Indiana Bill.

Indiana Bill es uno de estos parques infantiles donde mis hijos son regularmente invitados a fiestas de cumpleaños, y nosotros, los padres, mientras disfrutamos de la compañía y los canapés de los anfitriones, encontramos a antiguos amigos y compañeros a los que hace mucho que perdimos de vista.

El Borrego es uno de ellos. Su verdadero nombre es Alfredo, gallego de nacimiento, natural de Pazos de Verín, una pequeña población situada en Orense; amigo del cole y del instituto, y compañero de muchas juergas. Después, el tiempo y las diferentes pandillas nos separaron.

Hacía mucho que no le veía. El tiempo puede cambiar muchas personas hasta hacerlas irreconocibles, pero tiene todas las de perder con Alfredo. Sus increíbles ojos azules, y su sonrisa de niño malo lo delatarán siempre. Ahora luce una frente arrugada, la faz endurecida y tostada por el sol, y se ha dejado una perilla rala que corresponde más con la versión agreste de su apacible apodo. Vamos, que aparenta ser más un chivo que un borrego.

Ese aspecto libertino cuadra más con la imagen que he tenido siempre de él, que con la de su modo de vida actual, según me cuenta. Aunque provisto de teléfono movil, PDA, y correo electrónico, Alfredo afirma pertenecer a una comunidad budista, de la cual es sacerdote, y gerente de una granja de formación de la misma. El caso es que yo, desde hace tiempo, había percibido un halo de espiritualidad en su compleja personalidad; aunque siempre lo atribuí al efecto de alguna sustancia sicotrópica.

Estuvimos hablando bastante tiempo, recordando los tiempos del cole, alguna despedida de soltero en la que habíamos coincidido, y tratando de hacer planes para reunir a todos los compañeros posibles en una cena, o lo que se tenga a bien organizar.

- A todos no va a poder ser, me dijo.
- Ya me imagino. Eramos 40, y yo sólo tengo localizados a media docena.
- No lo decía por eso. ¿Te acuerdas de José Manuel?
- Sí, claro, me dijeron que estaba muy mal.
- Yo me lo encontré una vez esperando al autobus. Se acercó a mí pidiendo pasta, y no me reconoció. Tenía el mar del miedo en la mirada, las ropas empapadas, ... Le dije: ¿no te acuerdas de mí? ¿cómo has podido caer en ésto? No dijo nada. Coincidió conmigo algunás veces más, pero un día desapareció. Al cabo del tiempo alguien me nabló de él: "recorriendo aceras dicen que lo vieron, ajustando el paso a los demás, intentando cualquier cosa por dinero para hincarse fuego una vez más... "
- Es igual, no sigas, ya sé el final.

Nos quedamos serios mirándonos. Mi mente vagaba por las escaleras de la vieja escuela. Yo subía tarareando las estrofas de la canción, intentando aprender la letra. Era muy bonita y muy triste. Eso ya lo sabía entonces, pero lo sé mejor ahora, porque José Manuel tampoco es el primer caso de los que compartieron juegos conmigo que ahora ya no me podrán encontrar en Indiana Bill, ni en ningún sitio.

A menudo me pregunto por qué, pero ninguna de las respuestas me gusta.

Finalizados siete días aproximadamente, escribiré un comentario, resaltando las estrofas de la canción.