
El amaba lo sólido. Tanto, que le ocasionaba un asco terrible hasta romper la yema del un huevo, ver como todo ese líquido se desparramaba, corriendo en direcciones impredecibles. Su mente estaba concebida para el orden, acomodada en la creencia de rígidas leyes universales, donde cada suceso era esperable.
Ella, en cambio, era feliz entre las aguas. El estado líquido le fascinaba. Observar el curso de un río, con sus extrañas corrientes y remolinos, la fuerza de las olas contra el acantilado, o incluso las manchas arborescentes dejadas por la tinta derramada en un trozo de tela, eran un pasatiempo casi litúrgico. Sus cualidades artísticas y costumbres anárquicas encajaban bien con el aparente comportamiento caótico del líquido elemento.
Nadie sabe muy bien cómo se conocieron, qué les atrajo al uno del otro, y por qué llegaron a amarse, pues parecían dos mundos dispuestos a destruir el uno al otro.
- Entonces, ¿fueron felices y comieron perdices?
- Lo fueron, pero sólo hasta que el sólido decidió convertirse en gas.
- Sublimación se llama a eso.
- Más bien flatulencias, diría yo.





