17 noviembre 2014

El sueño de Gracia


La imagen es de Julia Fullerton-Batten. Este relato lo escribí para los viernes creativos de Escribe fino.

La musa ya no tiene quien le pinte. Ha escapado de un cuadro de Rubens y se anuncia en las últimas páginas de un periódico gratuito. Espera sentada en el diván a que suene el teléfono. Los días pasan despacio y la seguridad con la que contaba al principio se va desmoronando. Comienza a pensar que es fea, que está gorda, que su belleza ya no cuadra con los cánones actuales.

A la musa que nadie pinta le ha dado por escuchar música mientras espera, para llenar todos esos espacios llenos de angustia, de timbres de teléfonos sonando en su imaginación, reverberando, sin que ella sea capaz nunca de llegar a tiempo para descolgarlos. Empieza tocando el piano, una sonata de Bach, cuya partitura reposa sobre un atril; pero pronto se cansa de que suene la misma melodía dentro de su cabeza. Entonces decide utilizar el magnetófono y descubre canciones que no sabía que existían. Por un tiempo, la obsesión de la llamada se disuelve en la fascinación que le producen los nuevos sonidos. Ya no oye el timbre ni las teclas del piano, nada retumba. Solo piensa en escuchar una y otra vez la nueva música. Apretar la tecla del play, esperar a que termine la cinta y darle la vuelta. Rebobinar los temas que más le gustan.

De tanto escucharlos, sus casetes preferidos se han enganchado. Trata en vano de repararlos, esparciendo metros de música sobre el suelo de mármol, mientras que los otros, los menos valiosos, permanecen mudos. Las voces imaginarias vuelven. Se mezclan unas con otras. Suena el timbre junto a Bach, Leonard Cohen se confunde con AC&DC, Golpes Bajos con Queen, U2 con El Fary. Rosendo Mercado canta con Janis Joplin “La Fina”.

Tirada sobre el suelo, atrapada por sus propias cintas magnéticas, Gracia, la musa prófuga del cuadro, no se da cuenta de que su sueño se ha cumplido. Frente a ella se encuentra una chica joven, que la mira a través de un extraño objeto.

Entonces, suena un click y algo le deslumbra.

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10 noviembre 2014

La entre vista


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Otro relato, y van unos cuantos, de los viernes creativos de Escribe fino.

A través del hueco que deja la cortina, siento que sus miradas se posan sobre mí. Ha sido un acierto disponer la sala de entrevistas de esta forma. Así, no solo percibo que me miran, también puedo escuchar sus conversaciones con claridad.

Ahora comentan lo bonitas que son mis piernas y que, si el resto acompaña, poco va a importar lo que diga mi currículum.

Antes de entrar, voy a darles un poco más de cuerda. Que quieren ver más, pues, con un pequeño movimiento, mi falda subirá unos pocos centímetros y mi escote asomará un poco por la rendija. Quiero comprobar hasta dónde son capaces de llegar sus lenguas desatadas.
No. No voy a descruzar y cruzar las piernas a lo Sharon Stone. Mejor que no se queden con una imagen tan frívola de su nueva directora general.

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03 noviembre 2014

La última mentira piadosa




Este texto lo escribí para los viernes creativos de Escribe fino.

Todo empezó en otoño y todo ha terminado en otoño. La misma casa sin muebles. Sus cuatro paredes. Las palabras, que antes se atropellaban por ellas y ahora ya no se encuentran. Nuestro calor, que escapaba hacia todos los rincones y ahora se esconde dentro de cada uno, como si ya no le apeteciera cumplir las leyes de la termodinámica.


Tampoco mostramos interés en las lágrimas del otro. Las mías fluyen, mientras observo mi cuerpo sucio y gastado. Las tuyas no saldrán ahora. Esperarán a que el sol evapore el rocío y abandones esta casa, contando los pasos, como un autómata programado con desidia. Te irás entonces, sin disculparte, sin preguntarte por qué, y yo me quedaré aquí, pegada al cristal, imaginando esas disculpas, esperando tus respuestas, hasta que note el surco de sal sobre mis mejillas.

Ha venido el invierno un rato y se va. Esta es la última mentira piadosa que me queda.

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27 octubre 2014

Hombrecillos con garras



Como un bigote a lo antiguo, debajo de la nariz, o como antojos de color cárdeno en la cintura, así son las marcas que lleva Susana por el cuerpo. Discretas, no muy grandes, poco reconocibles. Así, poco más o menos, es Paco. Pequeño, mediocre, insignificante, si te fijas un poco. Lo normal es que no lo hagas y que ni siquiera lo relaciones con la impresionante mujer que va a su lado. Y que se te vaya alguna mirada hacia ella, con más o menos disimulo, sin apreciar que el hombrecillo al que ignoras tuerce la boca y aprieta los dedos. Los mismos que después, amparados por la seguridad que le dan cuatro paredes, apretarán hasta dejar esas señales a las que luego daremos formas.

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20 octubre 2014

El poderoso influjo


La ilustración es de Juan Luis López. El relato lo escribí para Esta noche te cuento

Un hombre camina, con los hombros vencidos, por el paseo. En la zona oscura del pretil de la playa, una pareja se habla entre susurros. Bajo la luz de las farolas, los vendedores ambulantes recogen de prisa, ante la llegada inminente de la policía. Envuelven los artículos en hatillos blancos y se van retirando hacia la arena, donde esperan a que se alejen los agentes.

Sobre el mar se refleja un camino plateado por el que apetece adentrarse. Eso parece pensar el hombre cabizbajo, detenido ante la masa de agua y ante sus dudas. La pareja permanece ahora en silencio, buscándose con los ojos, acercando sus bocas. De lejos, la piel de los vendedores se mezcla con la noche y los bultos blancos flotan sobre las olas.

El solitario se desnuda, dobla la ropa con cuidado, la deja sobre la arena y nada a grandes brazadas, queriendo romper el reflejo gris sobre el agua. En la sombra, las bocas se unen y las manos buscan con impaciencia el cuerpo del otro. Sobre las baldosas del paseo, vuelven a mostrarse las mercancías y a reconocerse las caras.

Nadie parece darse cuenta de que esta noche hay luna llena.

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13 octubre 2014

Legionaria


Este texto lo escribí para los Viernes creativos de Escribe fino

Durante el día, me gustan los uniformes. No en vano paso el día embutida en uno de ellos. Guardo, sin embargo, mi muñeca preferida en la taquilla y cuando me ajusto bien prieta la coleta bajo la gorra verde, no dejo de pensar en el momento en que podré liberar mi pelo y extenderlo sobre la cama.

Es mi vida una lucha perpetua entre tensar los músculos de día y relajarlos por la  noche, entre las pinturas de camuflaje y la sombra de ojos, entre la mirada ardiente que te añora y la fría sobre la mira del fusil.

Antes de dormir, cuando me desnudo, acaricio una a una todas mis cicatrices, señales de las victorias logradas. No tengo ninguna, sin embargo, para la única derrota, de la que sólo conservo, en lo más hondo del armario, un vestido blanco de gasa.

Algunas noches, lo reconozco, odio mi uniforme. Llego a casa y procuro arrojarlo bien lejos, donde no pueda verlo. Dejo que las lágrimas corran. Paso después mucho tiempo frente al espejo hasta rehacer mi cara, hasta dejarla igual de reluciente que aquella mañana. Saco el vestido del armario y me lo pongo. Doy un par de vueltas sobre mí misma hasta caer sobre la cama. Con la voz más dulce posible que me es posible entonar, canto despacio, como si fuera una nana: Soy la Novia de la Muerte.

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05 octubre 2014

El último llanto de los vencidos



La ilustración es de Laura Garrido.
Mi colaboración en Esta noche te cuento del mes de Septiembre.
Inspirado en El coronel Chabert, de Honoré de Balzac.

La pala hace un ruido metálico al cargar la tierra. Un sonido que se arrastra, como la misma herramienta por el suelo, y termina en un golpe seco al verter su contenido dentro del foso. Tengo prisa, por lo que apenas dejo pasar unos segundos hasta que vuelvo a repetir la secuencia.
No me gusta mirar los cuerpos que voy cubriendo. Sólo lo hago cuando me llega algún sonido diferente, como el del quejido que se produce al asentar los cadáveres en el suelo. Entonces, paro y escucho, por si me sale algún resucitado de entre los muertos.
No se oye nada más en este amanecer. Quedan muy lejos los gallos y los pájaros de este entierro. Hace tiempo ya que no escucho los lamentos de la tierra al vencer las bóvedas producidas por los cuerpos amontonados. Ya no les queda ese llanto, siquiera, a los que ayer perdieron la batalla.

Empieza a clarear y a mí apenas me restan una docena de paladas. Rasear el terreno. Informar a mi superior de que el trabajo está hecho. Recoger el campamento. Asistir a la misa que dará el capellán para celebrar la victoria.

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