01 febrero 2016

Lo que llamábamos hogar


La imagen es de Artur Tress. El relato lo escribí para los Viernes creativos de Escribe fino

Papá ha vuelto. Siento de nuevo sus pasos sobre la casa, los dedos que se retuercen entrelazados en la espalda, su mirada severa, los hombros vencidos por la culpa.
Ha llovido mucho desde que se fue. Las noticias han caído con cuentagotas durante meses y a mares en los últimos segundos. Demasiado peso para un techo con vigas de hojaldre.
Ahora el padre que regresa ya no es un padre. Es solo un hombre. Nada más que un tipo triste que pasea cabizbajo por una casa, que ya no es su casa. Que tampoco es la mía. Es solo una construcción sin sentido, con una cubierta de niebla y las paredes manchadas por las dudas. Un templo derruido, olvidado por los dioses.
Las pisadas errantes, el silencio espeso, son las últimas hojas que caen de este otoño, un teletipo dormido en las páginas de un periódico amarillento.

Me tienta decir adiós a esa sombra, pero ya lo hice el día que descubrí que los muros eran demasiado altos y grises. Y que, además, no nos protegían de nada.
-.-



16 noviembre 2015

La imposible primavera


Escrito para los Viernes creativos. La imagen es de Constantine Manos

Todos los veintiuno de marzo, acude a su cita, como si el hecho de hacerlo bastara para que los acontecimientos sucedieran de la forma que deseamos. Pero esta vez, las estaciones se resisten a seguir la voluntad de los hombres y no llegan los trenes a su hora. Las muchachas han olvidado ponerse dos gotas de perfume en el cuello y florecen anárquicos los postes telefónicos. No ladran los perros mientras se congelan los arroyos.

Todo eso sucede ajeno al devenir del hombre que esconde en su espalda la última rosa blanca de la tierra, apostado en la esquina de una estación de metro, aguardando a la única aspirante digna de tal presente. Ignora que por esta vez, al contrario de lo que ha sucedido durante todos estos años, una mano delicada aceptará la flor y ya no será necesario entonces buscar nombres para las cosas y abono líquido para los deseos.
-.-


09 noviembre 2015

Afirmaciones, negaciones, dudas


La ilustración es de Jaya Nicely. Este relato lo escribí para los Viernes creativos.

Tienes mil formas de besar. Una de ellas consiste en dejar los labios semiabiertos y esperar que acuda al reclamo de tu boca deprisa, que la invada con mi lengua y la recorra ansioso, como si quisiera contarte en unos segundos todo lo que me ha pasado en varios meses. En ocasiones eres tú quien me busca, acercándote con la fuerza de un electroimán y me absorbes sin remedio, como una corriente de agua en un sumidero. Soy entonces un muñeco manejado por tus músculos faciales.

Algunas veces tus labios juegan, se abren, se cierran y tus dientes me mordisquean muy suave todas las comisuras, provocando una serie de temblores en mis dedos, hasta que consiguen abrir el cierre de tu sujetador. Otras, permanecen cerrados, formando un estrecho guión o un paréntesis invertido, la mitad de una señal de prohibición. Aun así, deseo rozarlos con los míos y convertir esas líneas en complejos dibujos que borren la negación que significan. Solo lo impide la certeza de que nada conseguirá cambiar esa expresión y el terror de sentir frío en el encuentro de nuestras carnes.

Sabes decir sí, por tanto, de infinitos modos y no, solamente de uno. Mientras tanto, yo, apenas dispongo de un par de gestos para transmitir demasiadas dudas.

-.-


30 octubre 2015

Antes del otoño




La imagen es de Rodney Smith y el texto lo escribí para los Viernes Creativos.


Aquel verano no hubo golondrinas. Ni oscuras ni de las otras. Tampoco cometas, castillos de arena y helados de chocolate. Dimos largos paseos, si se le puede llamar así. Búsquedas desesperadas de un hombre con sombrero, que no recordaba dónde estaba y empezaba a olvidar quién era. Alguien con mis mismos apellidos, mirada perdida y sonrisa bondadosa. Aparte de eso, recuerdo que leí un libro, solo uno, y que dejé dentro los restos de la última mariposa que cogimos juntos, en los últimos días de primavera, cuando el estío todavía era posible.

-.-



25 octubre 2015

Complicidad con poco queso

Hace mucho tiempo, en un lugar de la galaxia...

De vez en cuando, me tropiezo con Nuria. Parecen encuentros casuales, aunque es posible que obedezcan a alguna desconocida ley de la estadística, encargada de reunir a los solitarios crónicos cada vez que la vida nos altera los largos periodos de estabilidad anodina. Es decir, por algún misterioso motivo aparece Nuria algo después de que a mí me haya pasado algo o de que a ella se le haya torcido algún paso.

A menudo, antes de vernos, los dos ya sabemos las novedades del otro. Así que la conversación gira alrededor de temas intrascendentes, hasta que se produce el silencio incómodo en el que ambos nos planteamos si deberíamos contarnos lo que ya sabemos por otros.

Es un pequeño instante que suele terminar con una carcajada común. A veces, es ella la que empieza. Otras, soy yo. Antes de dar el paso incómodo de comunicar las malas noticias, los dos preferimos refugiarnos en un tiempo pasado, en el interior de una pequeña tienda de comestibles del Pirineo francés. 

Viajar hacia las estanterías repletas de productos de nombres extraños, rememorar las ganas de probarlo todo, de aceptar de buen grado sabores nuevos. Volver a situarnos frente a ese pequeño plato, junto a la puerta, con unos extraños cachitos de color marrón en forma de luna menguante. Nuestras miradas que se cruzan fugazmente y los dedos de uno -no recuerdo quién- que se lanzan hacia uno de esos manjares. Los del otro, que siguen sin pensar ese primer impulso.

En ocasiones, mientras recuerdo la escena, me ha dado por contar el tiempo que transcurrió entre la primera mirada curiosa, nada más observar el plato, y las de asco y vergüenza, tras comprobar que lo que nos acabábamos de llevar a la boca eran los restos de algún queso exquisito degustado por otros comensales, a juzgar de los pocos restos que habían quedado en las cortezas. Uno, dos, tres, cuatro segundos. Más o menos lo mismo que duran los silencios cómplices.

-.-


19 septiembre 2015

El décimo


La imagen es de Sydney Sie. El texto lo escribí un sábado para los viernes creativos de Escribe fino.

Sé que me llaman estrecha. Nunca a la cara, por supuesto, pero noto la distancia, la indiferencia, desde el saludo inicial de cada hombre que me presentan. Es como si llevara un letrero impreso en la frente que avise a todos los navegantes de que no debe perder el tiempo conmigo, de que es imposible separar esas piernas tan bien alineadas y avivar algún fuego, por mucho fuelle que se emplee. Nueve de cada diez que superan el primer hola, se excusan con cualquier pretexto para evitar mi compañía.

Lo peor sucede, sin embargo, cuando llega el décimo, el conquistador, el que nunca se rinde. El que desplega todas sus armas y las utiliza, una a una, mientras yo sonrío y ladeo la cabeza. Mientras siento como una especie de cremallera, formada por dedos humanos, trata de separar lo que debe permanecer unido.

-.-

12 septiembre 2015

El barquero enamorado



Hacía mucho que no participaba en los Viernes creativos de Fernando Vicente, quien esta semana homenajea al recién fallecido Alberto Schommer.


Caronte se quedó pensando un rato. La mujer que solicitaba sus servicios portaba un bellísimo ojo de color verde entre sus labios, en lugar de la habitual moneda. No se podía considerar que tal objeto fuera instrumento de cambio reconocido y, en consecuencia, no debía de aceptar que aquella beldad subiera a su barca. De hacerlo, se enfrentaría a las iras de Hades, y ya conocía de sobra cómo se las gastaba el dios del inframundo. 

Aunque, en el fondo, sabía cuales eran sus obligaciones, el anciano barquero ya había cometido el error de detenerse a mirar aquel iris magnético. A medida que lo examinaba, encontraba nuevas imágenes, cada vez más sugerentes. Al principio, encontró en su interior una amalgama de algas que reflejaban los rayos del sol. Después, la enmarañada cabellera de Medusa, formada por miles de serpientes reptantes. Para entonces, ya era demasiado tarde. La muchacha se había sentado en la parte de atrás de la embarcación, cruzado las piernas y sonreía.

-.-