09 noviembre 2015

Afirmaciones, negaciones, dudas


La ilustración es de Jaya Nicely. Este relato lo escribí para los Viernes creativos.

Tienes mil formas de besar. Una de ellas consiste en dejar los labios semiabiertos y esperar que acuda al reclamo de tu boca deprisa, que la invada con mi lengua y la recorra ansioso, como si quisiera contarte en unos segundos todo lo que me ha pasado en varios meses. En ocasiones eres tú quien me busca, acercándote con la fuerza de un electroimán y me absorbes sin remedio, como una corriente de agua en un sumidero. Soy entonces un muñeco manejado por tus músculos faciales.

Algunas veces tus labios juegan, se abren, se cierran y tus dientes me mordisquean muy suave todas las comisuras, provocando una serie de temblores en mis dedos, hasta que consiguen abrir el cierre de tu sujetador. Otras, permanecen cerrados, formando un estrecho guión o un paréntesis invertido, la mitad de una señal de prohibición. Aun así, deseo rozarlos con los míos y convertir esas líneas en complejos dibujos que borren la negación que significan. Solo lo impide la certeza de que nada conseguirá cambiar esa expresión y el terror de sentir frío en el encuentro de nuestras carnes.

Sabes decir sí, por tanto, de infinitos modos y no, solamente de uno. Mientras tanto, yo, apenas dispongo de un par de gestos para transmitir demasiadas dudas.

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30 octubre 2015

Antes del otoño




La imagen es de Rodney Smith y el texto lo escribí para los Viernes Creativos.


Aquel verano no hubo golondrinas. Ni oscuras ni de las otras. Tampoco cometas, castillos de arena y helados de chocolate. Dimos largos paseos, si se le puede llamar así. Búsquedas desesperadas de un hombre con sombrero, que no recordaba dónde estaba y empezaba a olvidar quién era. Alguien con mis mismos apellidos, mirada perdida y sonrisa bondadosa. Aparte de eso, recuerdo que leí un libro, solo uno, y que dejé dentro los restos de la última mariposa que cogimos juntos, en los últimos días de primavera, cuando el estío todavía era posible.

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25 octubre 2015

Complicidad con poco queso

Hace mucho tiempo, en un lugar de la galaxia...

De vez en cuando, me tropiezo con Nuria. Parecen encuentros casuales, aunque es posible que obedezcan a alguna desconocida ley de la estadística, encargada de reunir a los solitarios crónicos cada vez que la vida nos altera los largos periodos de estabilidad anodina. Es decir, por algún misterioso motivo aparece Nuria algo después de que a mí me haya pasado algo o de que a ella se le haya torcido algún paso.

A menudo, antes de vernos, los dos ya sabemos las novedades del otro. Así que la conversación gira alrededor de temas intrascendentes, hasta que se produce el silencio incómodo en el que ambos nos planteamos si deberíamos contarnos lo que ya sabemos por otros.

Es un pequeño instante que suele terminar con una carcajada común. A veces, es ella la que empieza. Otras, soy yo. Antes de dar el paso incómodo de comunicar las malas noticias, los dos preferimos refugiarnos en un tiempo pasado, en el interior de una pequeña tienda de comestibles del Pirineo francés. 

Viajar hacia las estanterías repletas de productos de nombres extraños, rememorar las ganas de probarlo todo, de aceptar de buen grado sabores nuevos. Volver a situarnos frente a ese pequeño plato, junto a la puerta, con unos extraños cachitos de color marrón en forma de luna menguante. Nuestras miradas que se cruzan fugazmente y los dedos de uno -no recuerdo quién- que se lanzan hacia uno de esos manjares. Los del otro, que siguen sin pensar ese primer impulso.

En ocasiones, mientras recuerdo la escena, me ha dado por contar el tiempo que transcurrió entre la primera mirada curiosa, nada más observar el plato, y las de asco y vergüenza, tras comprobar que lo que nos acabábamos de llevar a la boca eran los restos de algún queso exquisito degustado por otros comensales, a juzgar de los pocos restos que habían quedado en las cortezas. Uno, dos, tres, cuatro segundos. Más o menos lo mismo que duran los silencios cómplices.

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19 septiembre 2015

El décimo


La imagen es de Sydney Sie. El texto lo escribí un sábado para los viernes creativos de Escribe fino.

Sé que me llaman estrecha. Nunca a la cara, por supuesto, pero noto la distancia, la indiferencia, desde el saludo inicial de cada hombre que me presentan. Es como si llevara un letrero impreso en la frente que avise a todos los navegantes de que no debe perder el tiempo conmigo, de que es imposible separar esas piernas tan bien alineadas y avivar algún fuego, por mucho fuelle que se emplee. Nueve de cada diez que superan el primer hola, se excusan con cualquier pretexto para evitar mi compañía.

Lo peor sucede, sin embargo, cuando llega el décimo, el conquistador, el que nunca se rinde. El que desplega todas sus armas y las utiliza, una a una, mientras yo sonrío y ladeo la cabeza. Mientras siento como una especie de cremallera, formada por dedos humanos, trata de separar lo que debe permanecer unido.

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12 septiembre 2015

El barquero enamorado



Hacía mucho que no participaba en los Viernes creativos de Fernando Vicente, quien esta semana homenajea al recién fallecido Alberto Schommer.


Caronte se quedó pensando un rato. La mujer que solicitaba sus servicios portaba un bellísimo ojo de color verde entre sus labios, en lugar de la habitual moneda. No se podía considerar que tal objeto fuera instrumento de cambio reconocido y, en consecuencia, no debía de aceptar que aquella beldad subiera a su barca. De hacerlo, se enfrentaría a las iras de Hades, y ya conocía de sobra cómo se las gastaba el dios del inframundo. 

Aunque, en el fondo, sabía cuales eran sus obligaciones, el anciano barquero ya había cometido el error de detenerse a mirar aquel iris magnético. A medida que lo examinaba, encontraba nuevas imágenes, cada vez más sugerentes. Al principio, encontró en su interior una amalgama de algas que reflejaban los rayos del sol. Después, la enmarañada cabellera de Medusa, formada por miles de serpientes reptantes. Para entonces, ya era demasiado tarde. La muchacha se había sentado en la parte de atrás de la embarcación, cruzado las piernas y sonreía.

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10 agosto 2015

La velocidad del sonido


Relato escrito para Sanscliché. Basado en esta noticia.

A mi niño le gusta tener las cosas ordenadas. Todo tiene su lugar y si algo lo cambia, por el motivo que sea, debe volver enseguida al sitio que le corresponde. Los libros deben estar colocados, por su orden de lectura, en la estantería. Los cuadros no pueden estar torcidos. La colcha no debe colgar más de un lado que del otro.

Antes de irse al frente, lo ha dejado todo como quiere que se conserve hasta su regreso. No era necesario comentarlo, pues tanto su padre como yo sabemos que le horrorizaría volver y encontrarse algo anormal: la cama deshecha, por ejemplo, o un sable torcido o los libros desparramados por el suelo. Aun así, nos ha explicado que quiere encontrarlo todo igual cuando retorne victorioso de la guerra, aunque tarde quinientos años en hacerlo. Ha dicho esa cifra redonda y nos hemos reído con esa risa nerviosa que puede ocultar, a duras penas, las ganas de llorar. Después, ha mirado por última vez la habitación. Ha dedicado unos segundos a retener cada detalle, a comprobar que está como le gusta, y ha sonreído con la suficiencia del trabajo bien hecho. Nos ha dado dos besos afectuosos, se ha deshecho de mi abrazo con el cariño equidistante entre la brusquedad y el amor. Al salir, se ha colocado la gorra y se ha alejado, marcando los pasos con la marcialidad que se le supone a un militar francés. Nosotros nos hemos quedado en el zaguán, abrazados, hasta que lo ha recogido el furgón. Justo antes de subir, nos ha dedicado una mirada segura, cariñosa, muy parecida a la que me daba antes de ir a la escuela. Yo le he seguido un rato con la mirada. Estaba de espaldas, muy recto, pero movía la cabeza con energía mientras hablaba con su compañero.

Hemos entrado en casa cuando ya hacía un rato que el polvo de la carretera había vuelto a su sitio. Al cerrar, el sonido del portazo ha tardado mucho en desaparecer, como si ahora tuviera mucho más espacio para recorrer, y se entretuviera en chocar contra las paredes, en ocupar los huecos que deja la ausencia. Puede que sea ese el motivo por el que yo he sentido un vacío diferente al de otras ocasiones, por el que he necesitado acercarme a la habitación para mirarla de nuevo, con otros ojos, imitando como mi niño la observaba. He sentido entonces que sus objetos hablaban por él, me miraban orgullosos, tranquilos, seguros del próximo reencuentro. Esta vez he procurado cerrar la puerta despacio, sin hacer ruido, pues me causa desazón desconocer cuál es la velocidad del sonido, cuánto tiempo tarda en recorrer este espacio cerrado, cuántas habitaciones como esta puede recorrer en quinientos años.

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20 julio 2015

Incontinencia urinaria


Escrito para Sanscliché - abril 2015

Él esperaba sentado, haciendo honor al viejo refrán que recomienda esta posición como la más adecuada para presenciar la muerte de tu enemigo. Hacía, incluso, ostentación de ello, sacando la silla a la calle y observando desde allí, sin ningún disimulo y con media sonrisa, a su adversario recorrer la acera arriba y abajo, con la esperanza de que cayera fulminado en cualquier momento. El objeto de sus iras demostraba más satisfacción todavía que su oponente, llevando consigo cualquier motivo que sirviera de escarnio a su sedente rival, desde un valioso anillo que le había ganado al póquer hasta su último ligue, una rubia espectacular, por la que aquel suspiraba hacía tiempo, y que también le había arrebatado, como en una partida de cartas, utilizando el invencible comodín de su fortuna.

Nuestro protagonista, de nombre Luis, aguardaba que la justicia divina hiciera cumplir el proverbio lo antes posible, y no estaba dispuesto a perderse el momento justo en que los dioses dieran curso a la sentencia. Mientras, se entretenía en imaginar las formas que el Olimpo escogería para acabar con la vida de Eusebio, su enemigo. La preferida era la descarga eléctrica, en forma de rayo poderoso, que debería atravesar el corazón de delante a atrás, como por una espada de fuego manejada por un Zeus colérico. Otras alternativas que también gozaban de su simpatía eran la desintegración a manos de un alienígena, el atentado de corte yihadista y el ataque de algún león hambriento recién escapado del circo.

Debido al mucho tiempo empleado en la vigilancia, Luis había mejorado las condiciones de su puesto de observación. La incómoda silla de mimbre había sido sustituida por un sillón con respaldo abatible, reposapiés y bandeja desplegable donde apoyar el vaso de cerveza. A su lado, una nevera portátil le procuraba el rubio elemento en condiciones idóneas, para hacer mucho más llevadera la espera.

De esta forma, a medida que avanzaba la tarde y quedaba menos para la aparición de su enemigo, nuestro hombre experimentaba un estado de euforia proporcional a la mengua del contenido de líquido almacenado en la nevera, que duraba hasta que la presión sobre su vejiga urinaria le hacía retorcerse, inquieto, en el sillón.

Eusebio, que acudía a su cita como cántaro a su fuente, procuraba buscar esas últimas horas de luz para regocijarse más en la contemplación del gesto contraído por el dolor de su antagonista. Este, que era paciente pero no tonto, pronto reparó en la argucia y decidió concederse una pausa, a media tarde, para visitar a Roca y aliviarse.

La tarde en que se produjo el desenlace final amenazaba tormenta. Se había visto a varios personajes de rostro cetrino por el barrio. Anunciaban la próxima llegada del Circo Price. Un vidente, en tertulia televisiva, insistía en que estaba próxima una invasión extraterrestre. A pesar de todas las señales, Luis no redujo el ritmo de ingesta de botellines y, a eso de las seis, abandonó su puesto, dando pasos apresurados, muy cortos. Justo cuando terminaba de bajarse los pantalones, vio un fuerte resplandor, seguido de un fuerte estallido.

Cuando volvió a su sitio, una muchedumbre rodeaba el cuerpo carbonizado, sin vida, de Eusebio. Sin detenerse a verlo, nuestro hombre recogió sus cosas y volvió a casa, como un autómata, quedándose con la duda de si el rayo había atravesado el cuerpo de su rival de delante hacia atrás, o por el contrario lo había hecho de atrás hacia delante.

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