20 septiembre 2006

El Monte del Olvido (V)


Acomodé como pude los papeles en la barca, procurando que se mojaran lo mínimo posible, labor que me parecía prácticamente imposible al principio; pero me desprendí de la ropa de abrigo y envolví mi preciado tesoro con ella, albergando la esperanza de ralentizar al máximo su destrucción.

Mientras tanto, el silencioso barquero se afanaba en cruzar el caudaloso y turbulento río, con unas fuerzas que parecían provenir de otro mundo; luchaba contra un río salvaje, furiosamente empeñado en que no cruzáramos sus aguas, en conducirnos hasta el fondo de su profundo cauce por la vía más rápida.

Caronte bogaba con fuerza contra la corriente, e intentaba vadear las olas como si de altas montañas se tratara, pero cuando parecía alcanzar la cumbre la cresta de la ola rompía, arrojándonos hacia el mismo hueco del que procedíamos.

Aún así la barca avanzaba lentamente, pero paralela a las orillas, en lugar de transversal a las mismas, como era el deseo de mi transportista. Tras horas de agotadora lucha, en las que cada instante parecía el último de nuestras existencias, la corriente pareció ceder, el río perdió brío y bravura, se amansó como si la desigual lucha hubiera hecho mella en él, como si se hubiera rendido, renunciando a su siniestro objetivo, y, en le fondo, quizá fuera así.

No obstante, el río seguía su curso rápido, pero sereno. Enfrente, una masa uniforme, de un azul intenso, se perdía en el horizonte: habíamos llegado al mar. Aunque no podía ver la cara de Caronte, creí adivinar algo parecido a una sonrisa, si cabía tal en el semblante de aquel espectro; aunque no habíamos podido cruzar el río, tampoco reposábamos en el fondo de sus aguas: la partida había terminado en tablas, era un empate que sabía a victoria.

Más relajado, me disponía a comprobar el estado de los papeles, cuando de repente un golpe seco me desequilibró y caí de la embarcación, con tan mala suerte que golpeé mi cabeza contra una roca, quedando inconsciente.

Cuando recuperé la conciencia, me encontraba tendido en la arena, y los cálidos rayos del sol calentaban mi aterido y agotado cuerpo. Estaba rodeado de gente, desconocida para mí, y que hablaban lenguas extrañas. Veía cómo se acercaban, curiosos al principio, me señalaban, y murmuraban con semblante serio.

Pronto la multitud empezó a restarme el calor del sol necesario, o era mi cuerpo el que iba perdiendo su calor natural; también las fuerzas me abandonaban, era incapaz de levantarme, casi no podía mover mis extremidades, y hasta los párpados empezaban a pesar demasiado, enturbiando las hasta entonces nítidas imágenes.

Los perfiles de las personas y las cosas empezaron a deformarse, a medida que la rendija de mis ojos se iba estrechando; y los contornos se fueron oscureciendo, llenándose de sombras. Los sonidos eran cada vez menos audibles; solamente quedaba el murmullo del mar golpeando suavemente mis oídos, atenuando su impacto progresivamente hasta la nada.

Se hizo la oscuridad y el silencio, y me encontré en paz. Por primera vez en mi vida, en paz. Ya no sentía nada, ni dolor, ni tristeza, ni siquiera cansancio; podía moverme sin esfuerzo, y veía todo con claridad, con una nitidez desconocida hasta entonces.

Bajé la vista y vi apartarse a todos los que se agolpaban alrededor de mi cuerpo, mientras uno de ellos recitaba de memoria una oración, al tiempo que marcaba con su dedo el símbolo de la cruz sobre mi frente.

7 comentarios:

  1. Precio, espero no sea el final, me gusta seguir leyendote

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  2. Anónimo9:19 a. m.

    JOOO PERDI EL COMENTARIO....Despu´ws mE paso a leerte...un beso con sABor a domingo de la MERÇE...ABRIL

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  3. La consciencia inconsciente, espero que se recupere, que no sea definitiva.
    Vuelves a enganchar mi atención, me encanta.
    Un beso, guapetón.

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  4. Holaaaa!

    Ya he vuelto :)

    Solo venía a saludar, mñn me paso de nuevo, que tengo q madrugar!!!!


    Un beso

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  5. Y después de la vida...¿habrá vida después de la muerte?

    Pd. Sí, sí que sabía de la otra versión de Pongamos que hablo de Madrid, pero como yo no he nacido en el sur y creo que aún queda sitio para mucha gente...me quedo con el otro final. Me pega más, jeje.

    Qué tal todo?

    Unos besis

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  6. ¿Ni siquiera en la muerte llega el olvido? Sólo queda para el lugar donde dejamos las llaves.
    Genial, para variar.

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  7. Gracias Juanjo.
    Tomé buena nota de lo de blogger beta pero como ves aún ando ''pérdida'' con esta versión, cuando tenga tiempo y ganas (jeje) lo destriparé del todo.
    Muchos besos a toda la familia.

    Este finde me paso a leer las dos últimas partes del monte.

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