Al ministro sin cartera se le veía feliz, lucía siempre la mejor sonrisa del Gabinete. Una sonrisa que no perdía ni siquiera después de las deliberaciones del Consejo de Ministros de los viernes. Tras ellas, algún periodista le formulaba cualquier interrogante malintencionado, al que siempre respondía con un "Me alegra que me haga esta pregunta...", seguido de una respuesta calculadamente ambigua, expresada con su inmutable semblante.
No consiguió cambiarle el risueño rostro ni siquiera cuando el reportero de turno le preguntó sobre el rumor, cada vez más insistente, que corría por los pasillos del Congreso: encabezaba la lista negra de la siguiente crisis de gobierno.
Cuentan que cuando abrió el sobre lacrado con su cese, su sonrisa ensanchó todavía más su cara. A su lado, resplandecía un elegante objeto de cuero negro, carísimo. Ya no era ministro, pero tenía cartera.
El Presidente siempre tuvo esos detalles.
El Presidente siempre tuvo esos detalles.
-.-






