11 marzo 2017

Los otros mundos

Dreamwalking erik johansson
Escrito para el Viernes creativo. La imagen es de Eric Johansson

No tengo costumbre de dejar un vaso lleno de agua encima de la mesita, a pesar de que me levanto siempre con sed a mitad noche. Si lo hiciera, podría interrumpir el sueño lo mínimo posible y no abandonar la calidez del cuarto.

Pero los sueños no siempre son plácidos y la sequedad de la boca sabe más a desasosiego que a calor de edredón. La habitación es, a menudo, el escenario de una posguerra nuclear, en la que las paredes callan crímenes terribles y el polvo del suelo es sospechoso de ser vida calcinada.

Necesito salir y demostrarme a mí mismo que hay alguien ahí fuera, que no todo se ha perdido, pero el pasillo es más de lo mismo: naturaleza muerta, edificios vacíos, sobre las paredes; la luz amarilla, que no deja de ser un sucedáneo amargo de un sol extinguido.

Por suerte, sobre el banco de la cocina siempre hay una jarra de agua y un vaso junto a ella, como preparado por alguien para mí; un reloj que muestra el avance de las horas, el resplandor del faro de un coche que recorre la avenida.

Apuro de un trago el vaso y me lleno otro para el viaje de vuelta. Lo dejo en la mesita, junto a la lámpara. Me fijo otra vez en el suelo y ha crecido la yerba. Ya dentro de las sábanas, apago la luz y desaparecen las paredes. En el cielo brillan un montón de estrellas con planetas como el nuestro. Otros mundos llenos de seres buenos dispuestos a salvarnos, que deben estar de camino ahora mismo. Alguien me susurra al oído unas palabras que no entiendo.

Pienso que debería tener siempre a mi lado un vaso lleno de agua, que no sé por qué me cuesta tanto cambiar de hábitos.

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18 diciembre 2016

Blanca Navidad


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Escrito para el Viernes creativo. La imagen es de Mario Sánchez Nevado.

Fue un año anormal el 2027.

En enero hizo un sol brillante que derritió los polos, por lo que en febrero resucitaron todos los dinosaurios congelados. Los atlantes salieron a la luz al romperse su sepulcro de hielo y nos declararon la guerra en marzo.

A principios de abril, estaban llegando a las puertas de Roma, cuando empezaron las lluvias que lo anegaron todo. Julio lo pasamos en el barro, entre centenares de mamuts atrapados, que no dejaban de barritar, furiosos, acusándonos de todas sus desgracias. Ese ruido enloqueció tanto a los guerreros, que arrasaron todos los campos y poblaciones, hasta convertir Europa en una única hoguera.

A mediados de agosto, dinosaurios, mamuts y atlantes cruzaron el estrecho de Gibraltar e invadieron Marruecos. Por el tratado de Rabat, firmado entre las tres partes, acordaron repartirse Asia, África y América.

Durante los meses de septiembre y octubre, las hordas de los tres ejércitos avanzaron imparables hasta Australia. Atrás habían dejado un mundo devastado, sin restos de vegetación ni fauna. Nosotros llegamos a Nueva Zelanda a finales de noviembre, con la idea de resistir y recuperar terreno en 2028. Hacía un tiempo estupendo y durante un mes casi olvidamos el año de penurias que había transcurrido.

Llegó la Navidad y decidimos adornar un pino solitario, que se encontraba en un prado. A falta de estrellas, bolas y espumillón, escogimos un grupo selecto de vecinos y los pusimos a orbitar alrededor del árbol. Cuando la mañana del veinticinco fuimos a abrir los regalos, nos encontramos con la agradable sorpresa de que empezaba a nevar con abundancia.

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11 diciembre 2016

La leyenda del beso


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Escrito para el Viernes creativo.


En el muro de la calle Ganges, donde nos cruzábamos todos los días, hubo durante mucho tiempo un anuncio de pegamento Fevicol, único para juntar todo tipo de superficies. El adhesivo definitivo entre tú y yo hubiera sido un único beso, pero no nos lo dimos nunca. Algunas veces fue porque tú no mirabas cuando yo lo hacía y otras ocurrió al revés. Si se hubieran cruzado nuestras miradas en un instante, en ese que cambia el destino de las personas, ni la fuerza de dos tercos elefantes habría podido separarnos. Sin embargo, el perro, que se detuvo un momento para observar a los paquidermos, creyó hasta su muerte que había contemplado el negativo de una apasionante escena de amor, y corrió a ladrarla por todos los rincones de Calcuta. Fue tan convincente contando esta historia, dejó una impresión tan honda entre los de su especie, que todos los canes, aquella noche, salieron a buscar miradas, a cobrar besos por las esquinas y formar uniones indisolubles, de las que nacieron miles de cachorros felices. La leyenda del hombre y la mujer que se habían besado, después de tan solo mirarse, pasó de padres a hijos y de hijos a nietos, durante muchas generaciones. El anuncio de la pared que acogió nuestras sombras terminó decoloriéndose y los elefantes escaparon por fin, libres de sus ataduras. Contaron una versión bien diferente de lo que había pasado aquel día, pero nadie les dio crédito. Las grandes leyendas tienen más fuerza que la cruda historia.

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28 noviembre 2016

Todos los inviernos



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El texto está inspirado en la imagen es de Weronika Gesicka. Escrito para el Viernes Creativo


Antes.
Todas las chicas eran la misma chica. Tenían idénticas sonrisas, tipos parecidos. Reían mis gracias al pie de la chimenea, comíamos juntos a la luz de las velas. Bebíamos vino hasta que sobraba toda la ropa. Cambiaban sus nombres, claro, y algunas hablaban con acento melancólico del norte. Otras, con la calidez de las lenguas del sur. Pero con el tiempo cualquier entonación acababa volviéndose monocorde, los botones de las blusas eran réplicas exactas de los anteriores y todas contestaban cuando les llamaba Eva. Cualquier historia terminaba por convertirse en la síntesis de las precedentes. Por eso ahora, solo puedo recordar de ellas un nombre, una sonrisa, una voz y una falda.

Ahora.
No siempre está la chimenea encendida y ya no hacen gracia los chistes viejos. La mujer que a veces enciende la lumbre, no siempre la apaga. Dice llamarse por un solo nombre, pero podría tener muchos. Uno para las sonrisas, otro para los enfados, un tercero para la tristeza. Hasta un cuarto para la indiferencia. Habla con todas las expresiones típicas de un pueblo cercano al mío, con sus giros y dejes característicos. Sin embargo, a ratos, su voz me suena a canción celta, a fado, o al maullido inquietante de una gata en celo. De un tiempo a esta parte, la misma historia la puedo contar de muchas maneras y no encuentro la forma de desabrochar las camisas.

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06 noviembre 2016

Lo que me rodea



Escrito para el Viernes Creativo de Escribe fino. La imagen es propia y está tomada en Matera (Italia)

Escribo para no enloquecer, para no caer en un abismo sin fondo, para rebajar el alcohol con el que froto mis heridas. Arrastro los dedos por el teclado mientras encuentro frases a las que agarrarme y cuando no, bebo hielo aguado con regusto a whisky.

Trato de arrancarme las telarañas que llevo dentro y depositarlas entre las líneas de algún texto, pero lo que ocultan aquellas es todavía demasiado oscuro. No consigo crear luz con palabras, extraer las tinieblas con párrafos o con versos y le grito al vaso semivacío, como si él fuera culpable de ser insípido, como si tuviera la capacidad de eliminar su mediocridad de alguna forma, pintando un cuadro abstracto o componiendo música que hablara de desamor, de odio, de desilusión, de pobreza, de desamparo o de amargura.

Intento buscar después otro culpable inanimado: mis calcetines fríos, un jarrón lleno de polvo, los platos por fregar en la cocina, la bombilla fundida del pasillo. Cuando ya no queda nada con lo que cebarme, acude a mí tu recuerdo, como una diana fácil a la que pudiera arrojar todos mis dardos; pero conservo una imagen tan distorsionada de ti, que se me antoja un sueño o una historia contada por alguien que le ha pasado a otros, ajena a mí como ya lo son el licor y los muebles.

A punto estoy de cerrar la tapa del portátil y dejarme engullir por el vacío circundante. Sin embargo, sigo sentado y escribo.


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24 agosto 2016

El imprevisto aguacero




La imagen es de Kenji Kawamoto. Escrito para Viernes creativo.

Otra vez me ha vuelto a pasar lo mismo. He olvidado mi paraguas afuera y llueve. He entrado confiado en el buen tiempo que reinaba en la calle y me ha sorprendido el temporal. Por suerte, el agua se escapa por las rendijas abiertas en el suelo de la cabina. Si no, hace tiempo que me habría ahogado.
Ahora tengo los pies mojados y la humedad sube por mis piernas poco a poco, sin pausa, adormeciendo mis sentidos, doblando las rodillas hasta convertirlas en articulaciones inservibles. Si sigue subiendo, alcanzará los brazos y me será imposible alargarlos para pedir ayuda.
Pasan las horas y no mejora el tiempo afuera, por lo que puedo adivinar a través de los cristales empañados. Solo veo sombras huyendo de sí mismas, tratando de no quedarse ateridas, con sus músculos bloqueados, como los míos.
Quizá no sea tan malo permanecer encerrado entre estas cuatro paredes. Tal vez no sea tan importante caminar con alguien de la mano. Puede que, a causa del frío, haya olvidado todos los números de teléfono.


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04 julio 2016

Banda sonora para una tarde de domingo





Algunas tardes de domingo, bailo. Cierro los ojos y mis pies se mueven, ligeros y rápidos, dando vueltas alrededor de una pista imaginaria, al compás de un vals de mil tiempos. Dos o tres minutos después, recuerdo con nostalgia aquel verano con  Fannette y unas pocas lágrimas resbalan por mis mejillas, al recordar su traición. Dura poco, porque enseguida me imagino paseando por el puerto de Amsterdam. Viajo a la amargura de un desamor y le grito a la causante que no me abandone, durante algo más de cuatro minutos. Mi imaginación volaría hacia más lugares, viviría muchas otras historias si entendiera el francés. Como no es así, me limito a que la música me envuelva y sirva de inspiración a unas pobres letras.
Mientras tanto, mi madre, la culpable de que suene esta extraña banda sonora para una tarde de domingo, permanece tranquila en su sillón hasta que suena su canción preferida. Entonces canta con su voz quebrada en un idioma que una vez dominó casi como el suyo, las famosas estrofas que saben a desamor y a abandono: “Ne me quitte pas, il faut oublier. Tout peut s´oublier.”, hasta donde le alcanza su maltratada memoria.

Para Nuria Marcet de Trinchería (Terrassa 29-12-1934 , Castellón 30-06-2016). Mi madre.


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