03 febrero 2006

Cuentas pendientes

Físicamente algo recuperado del día anterior, Ramón se levantó con el ánimo lesionado por el remordimiento y la duda. De haberlo tenido a mano hubiera terminado con un jardín de margaritas, y bombardeado a preguntas al Oráculo de Delfos, pero para aclararse solamente tenía una botella de Johny Walker encima de la mesa que no se atrevía a probar.
Su mirada alternaba la nota escrita y el móvil, el móvil y la nota escrita, como un indeciso comprador incapaz de escoger entre dos productos muy parecidos que no tiene ganas de adquirir, cuando el timbre del teléfono fijo le hizo saltar de la silla. Era su amigo Vicente.
Tomar la iniciativa, atacar, y aguantar después con temple la esperable respuesta es una táctica que suele dar excelentes resultados. Siempre es necesario contar con algo de suerte, y en ese momento Ramón la tenía de su lado.
Comenzó recriminado a su amigo haberlo abandonado a la suerte de su compañera de trabajo. ¿Cómo se llamaba?. ¡Ah sí!. María Luisa. Pues eso. Lo había dejado colgado, una vez más por culpa de algún escote más o menos pronunciado. No, no hacía falta que le diera detalles. Le aseguró que lo había buscado durante toda la noche y, cansado, se había tenido que volver a casa aburrido y agotado.
Dramatizó tanto que a su amigo le entraron remordimientos de conciencia, y le contó su noche con pelos y señales.
Había arriesgado mucho, es cierto, pero ahora tenía una información valiosa, obtenida sin facilitar ningún detalle de su vergonzoso final de fiesta. Sabía el nombre de la chica y que su amigo no era consciente de su lamentable actuación final, lo que eliminaba toda posibilidad del tan temido chorreo por su parte.
Crecido ante estos hechos se permitió el lujo de recordarle que le debía una salida nocturna por zonas menos elegantes y recomendables de Madrid como pago del inmenso sacrificio de acompañarle a la desdichada fiesta.
A Vicente, que le molestaba horrores transitar por esos andurriales, no se le ocurrió salida más digna que aplazar la cita hasta después de fiestas. Y así quedaron.
Ramón, salvado el pequeño escollo de desconocer el nombre de su interlocutora, se decidió a saldar su cuenta pendiente, y de paso saciar su curiosidad. ¿Qué había querido decir María Luisa con su famosa frase?. ¿Sabía algo importante que él debía conocer?.
Abrumado por su anterior éxito e impaciente por solucionar el asunto pendiente de un plumazo, nuestro personaje olvidó la prudencia, a pesar de que era consciente de que la mujer tenía todas las de ganar.
Confiado en exceso, soportó estoicamente como la chica utilizaba todas sus artes de mujer para hacerle pasar un mal rato.
Es indudable que el teléfono no es la herramienta que mejor manejan los hombres, que lo emplean únicamente para la simple y mera transmisión de cifras y datos de forma rápida, lo que reduce mucho su capacidad como medio de comunicación.
Para las mujeres, mucho más acostumbradas a su uso, es un instrumento realmente útil. Saben controlar los tiempos, sugerir las respuestas, utilizar los silencios, provocar equívocos, apaciguar las iras, y conseguir las informaciones realmente valiosas.
Y Marisa hizo una verdadera demostración de todas esas cualidades en menos de cinco minutos de conversación.
Primero, fingió sentirse ofendida cuando Ramón le llamó por su nombre completo. María Luisa, no, nunca. Ni Luisa tampoco. Podía llamarle María, pero le gustaba más Marisa.
Después se hizo la interesante, consiguiendo averiguar que él, realmente no recordaba nada importante de aquella noche, y arrancándole una cita para el día siguiente, que ella, pese habérselo negado más veces que San Pedro a Cristo, deseaba más que él.
Supo dulcificar el final para que Ramón no fuera resentido al encuentro. Y todo ello sin proporcionar ninguna información, con lo que aseguraba el interés del hombre.
El lugar de la reunión, en cambio, dejó que lo escogiera él, para dar algo de satisfacción a su ego masculino. Un pequeño bar de la plaza de Santa Ana, donde preparaban una excelente cerveza casera.
Por lo menos, tenía buen gusto el chaval.

5 comentarios:

  1. Jajaja, muy bueno lo de los hombres y las mujeres al teléfono. Para esos casos mejor tener la conversación vía messenger, donde se tienen unos segundos más para reaccionar en la defensa.
    Respecto a la caricatura, a veces es difícil distinguir entre libertad de expresión y ofensa. Aún así me fastidia bastante la corrección política y los iconos intocables. Sobre todo en este caso donde parece claro que no es más que una excusa.
    En fin, sigo dando gracias a dios por ser ateo.
    Saludotes.

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  2. Lo reconozco. Me encanta el teléfono y yo le encanto a él. Tenemos una química muy especial que nos hace muchas veces inseparables. ¡jajajaja!

    ¡Ayy! qué intriga...

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  3. Tambien a mí me llamó la atencion tu observacion sobre el telefono, o mas bien su uso por parte de hombre y mujeres... creo que yo tambien en alguna entrada hacia mencion de ese hecho... solo que yo creia que me ocurria solamente a mi... ¡y encima no era ficcion....! jajajajaja. No cabe duda que en el lenguaje brilla el talento de las mujeres, y como el telefono te despoja de la mayoria de los elementos de apoyo... el resultado de enfrentarse a una mujer por ese medio está cantado...

    ¡Ay, ay, ay..!. Pero en que lio se nos está metiendo este Ramoncin... y lo malo es que el pobre, de momento, solo cree que tendra que decidir ente dos mujeres... jejeje, no sabe lo que le espera...!.

    Esteeee... joder!.. ahora que caigo, yo tampoco sé lo que le espera... en fin... que esto de las novelas por entregas tiene su miga.... Esperaremos impacientes.

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  4. el teléfono y yo... somos amantes...
    besazos..

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  5. Anónimo6:36 a. m.

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