20 marzo 2007

Cena improvisada


La amable señora acompañó a Gastón hasta su misma casa. Empezaba a oscurecer, el cielo se llenaba de reflejos anaranjados, y las sombras se alargaban hasta perderse en la penumbra. Todavía quedaba algo de tiempo para cenar, pero hacía ya mucho que su estómago no recibía ningún tipo de alimento, por lo que, de vez en cuando se le escapaba algún rugido.

El último, ya en su mismo portal, le sirvió de escusa para invitar a su acompañante a tomar algo en casa. Es lo menos que podía hacer para agradecerle todas las atenciones, y ella se resistió al principio, más por educación que por otra cosa, pero terminó aceptando.

Hacía mucho que ninguna mujer entraba en esa casa; sin embargo Gastón lo tenía todo bien ordenado y limpio. Además, la decoración se notaba cuidada hasta el último detalle, e incluso los escasos objetos que no terminaban de encajar con el mobiliario eran lo suficientemente singulares para tener un protagonismo propio en su rincón.

La mujer no perdía detalle de todo, y se deshacía en alabanzas. Una cálida sonrisa alumbraba su redondo rostro mientras observaba a su alrededor, intentando descubrir algún detalle que indicara la presencia femenina. Y no es que estuviera especialmente interesada en la vida privada de Gastón, sino que más bien sentía una mezcla de curiosidad natural y asombro al comprobar que todo lo que veía a su alrededor era obra de una única mano, una mano masculina. Creía que los hombres así no existían.

Si la casa tenía poco que mejorar, la cena no se quedó nada atrás: sencilla pero suculenta. Empezó con una ensalada sencilla, con lechuga, nueces, pasas, queso de cabra, todo macerado con una mezcla de aceite de soja y la inevitable mostaza de Dijon. Seguía un buen pedazo de foie a la plancha acompañado de mermelada de frambuesa, y como plato principal, Gastón había preparado una hojuela rellena de trocitos de solomillo de ternera y setas bañadas en una salsa suave de queso y nata. El postre era un sencillo mil hojas con crema pastelera.

Ella no quería comer demasiado, y ejecutaba al principio de cada plato un ligero movimiento de contención con sus manos, como indicando a su anfitrión que se estaba pasando con las cantidades, y repitiendo sin cesar que estaba arruinando su dieta; pero Gastón disfrutaba viendo que no quedaba apenas nada en el plato de su invitada, y que su rostro empezaba a adquirir tonos de rojo cada vez más intensos, como el de la botella de Borgoña que estaban terminando, y que había influido mucho en el estado de bienestar momentáneo que ambos disfrutaban.

No tomaron café, pues el tiempo había pasado demasiado deprisa y ella tenía que volver pronto a casa. Le dejó la silla de ruedas por si la necesitaba de vez en cuando, y se fue, pronunciando mil gracias entre sonrisas.

Gastón estaba muy cansado. Al intenso día se le sumaba ahora el efecto relajante de la comida y el alcohol. Se puso el pijama, se acomodó en la cama, y abrió el libro. Al poco, éste se le caía de las manos, mientras su cuerpo buscaba, espontáneamente, una posición más cómoda.

5 comentarios:

  1. Buen anfitrión este Gastón, eso dice mucho de él.
    A ver como se desarrolla el tema...
    Un beso, mi rey.

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  2. Te pudo el naturalismo en esta entrega... perfecto el ritmo y la descripción, querido Juanjo.
    Abrazos resacosos, paisano.

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  3. Hmm hombre ordenado, de detalles y con gusto exquisito en la cocina. Que bueno conocer otro lado de Gastón. Un abrazo.
    Milena

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  4. Vaya! Ha vuelvo Gastón... Menos mal, porque le echaba de menos.

    Sí que se curró la cena el hombre! Mira que acabo de cenar y me está entrando otra vez hambre al leer lo que preparó ;)



    Un beso dulce

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  5. jo! que bien que continúas con Gaston! y por cierto, son las nueve de la mañana y me ha entrado hambre!!
    maravillosa descripción culinaria!
    voy a por el siguiente :-*

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