27 marzo 2007

Una brisa de aire fresco

Imagen tomada de Cuqui Man
Tardó en reaccionar, y debido a su reducida movilidad, y a la torpeza de sus movimientos, le costó mucho tiempo llegar a la puerta. Una parte de él se resistía a utilizar la silla de ruedas, el regalo de la noche anterior, claro ejemplo de la resistencia del hombre a asumir lo irreparable. Y a punto estuvo de costarle caro.

Cuando abrió la puerta se la encontró de espaldas, bajando ya los primeros peldaños de la escalera, así que no pudo reconocerla al instante. Pero al darse la vuelta, su mirada se quedó clavada en los redondos ojos castaños de la mujer, con los eternos rizos negros cayendo sobre sus mejillas, y la franca sonrisa que contraía su piel, mostrando algunas arrugas que antiguamente ni se adivinaban, pero que ahora daban un toque de madura belleza a su rostro infantil.

Era ella, sí, la misma chica que se fue hacía tantos años con lágrimas en los ojos, y ahora le miraba con la misma alegría que mostraría un niño que acaba de recobrar su viejo juguete perdido. Era ella, su vieja amiga, su amor secreto.

Dicen que a los buenos amigos hay que llamarlos para compartir los buenos momentos, pero para los malos acuden solos. María Rosa era el ejemplo que mejor podría ilustrar ese refrán: estaba allí, precisamente en el momento en que más la necesitaba.

Había algo de irracional, de mágico en la simple presencia de la mujer; pero la mente excesivamente racional de Gastón se negaba a aceptar cualquier tipo de respuesta sobrenatural al enigma de la inesperada visita. Debía tratarse de una casualidad, quien sabe si feliz o dramática, pero casualidad.

Sin embargo, la reacción de ella fue desconcertante. El esperaba encontrar alarma, preocupación en su cara, después de verle en aquel estado, pero ella no alteró su semblante de forma apreciable. Con la misma sonrisa con la que le había recibido, le ofreció su brazo para ayudarle a entrar en la casa, se sentó junto a él y tomó sus manos entre las de ella mirándole con una ternura infinita.

Era como si hubiera vivido su enfermedad desde el primer minuto, como si todo fuera normal, como si realmente esperara encontrárselo de ese modo. Faltaba en su rostro, en sus gestos, la sorpresa y la alarma que pretendía demostrar con palabras.

Tras los primeros instantes de conversación educada, de las inevitables preguntas por su visible mal estado, María Rosa llevó la conversación hacia los agradables derroteros de los recuerdos comunes de su etapa de estudiantes. Después fue a buscar algo de comida, que casi ni tocaron. Siguieron hablando, tratando de recuperar tanto tiempo sin confidencias hasta que se hizo casi de noche. Entonces ella le dijo que debía volver al hotel, pero que iba a estar una buena temporada en París y volvería a visitarlo.

Le dejó la dirección del Hotel, su número de teléfono móvil, y la sensación que deja una brisa de aire fresco en una tórrida tarde de Julio.

5 comentarios:

  1. Si tu/nuestra historia terminara aquí, en este recodo, podríamos aplicar el conciliador dicho de que dios aprieta pero no ahoga. Sin embargo y conociéndote, me temo que Gastón va a tener que recorrer aún algún kilómetro más de su singular viacrucis.
    Buenos días paisano.

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  2. Dicen que las casualidades no existen, nada es casual... será que en verdad si la historia fuera real, son cosas del destino, pero en este caso es obra de tu pluma!
    Un abrazo
    Milena

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  3. Lo que mas me ha gusto ha sido esta frase:

    Dicen que a los buenos amigos hay que llamarlos para compartir los buenos momentos, pero para los malos acuden solos.

    Es una verdad como un tempano. Amigos muy pocos, conocidos son muchos los que tenemos. Hoy escasea la amistad en estado puro, por eso pienso que debemos, cuidarla y mimarla al maximo cuando se tiene. Un saludo.

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  4. mmmm esto en fin... ahora si que estoy desconcertada.
    por cierto, una ascension y desarrollo perfectos en el relato!

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  5. No creo en las casualidades. Está claro que su destino era volver a encontrarse.


    Un beso dulce

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