04 mayo 2007

El triunfo de Violante


El doctor Martín Chevalier llegó antes a su casa aquella tarde. No es que hubiera adelantado la hora de salida, sino que sencillamente no tenía más que hacer: todo su trabajo había terminado; aunque todavía era demasiado pronto para darse cuenta. Como suele ocurrir con los proyectos de larga duración, el final aparece difuminado en el horizonte de la extensa llanura de las interminables jornadas, y no se tiene la percepción directa de que la meta se ha alcanzado.

Eso precisamente le pasaba a él. Se había dejado caer en el sillón con la mirada perdida en algún lugar impreciso del despacho. Encima de la mesa, cuidadosamente ordenada, solamente tenía dos paquetes de folios encuadernados, ambos regalo de su madre cuando cumplió la mayoría de edad: los últimos escritos de su padre, y la vieja copia donde se narraba la maldición del caballero amnésico.

No necesitaba abrirlos para conocer su contenido, pues se los sabía de memoria. El primero, porque había invertido mucho tiempo en averiguar lo que pensaba ese personaje misterioso y anhelado que había sido el padre, a quien nunca llegó a conocer; el segundo, porque era el origen del largo trabajo de investigación que le había mantenido ocupado durante los últimos diez años de su vida.

Leyó la maldición por primera vez, justo nada más recibirlo de manos de su madre, y le había parecido una especie de cuento de viejas. De mente racional, y con clara inclinación hacia las ciencias, no alcanzaba a descubrir la relación entre los oscuros hechos narrados y la enfermedad que había terminado con la vida de su padre. Simplemente, le parecía una leyenda nacida a la lumbre de un hogar durante una fría noche de invierno, y transmitida de generación en generación. Una bonita mentira.

Recién terminada la carrera de medicina, volvió a caer en sus manos el escrito, pero esta vez atendió más a las descripciones pormenorizadas de la enfermedad, que habían ido anotando los ayudantes de los médicos que la habían tratado. El escrito le pareció entonces un documento de gran valor científico. La dolencia, estudiada y descrita con precisión, una vez analizada con detalle, tenía muchas similitudes con algún tipo de alteración del código genético, materia cuyo estudio tenía todavía fresco.

Sin necesidades básicas que cubrir, gracias a su considerable fortuna, pudo dedicar tiempo y dinero a la investigación, creando un laboratorio específico para el tratamiento de enfermedades de transmisión hereditaria. Bajo ese paraguas, pudo estudiar a sus anchas la enfermedad de sus antepasados, mientras sus colegas y ayudantes experimentaban con una clase nueva de medicamentos, capaces de vencer enfermedades, que hasta ese día parecían incurables.

Para ello tuvo, primero, que crear la dolencia. Le llevó años manipular el código genético capaz de producir efectos similares a los que tenía perfectamente descritos en sus notas. Miles de cobayas fueron sacrificadas para conseguir el resultado deseado: poder reproducir la enfermedad las veces que fuera necesario en las mismas condiciones.

Terminada esa fase, fue necesario probar varios complejos, capaces de modificar solamente lo imprescindible de la cadena genética. Sufrió algún que otro fracaso, pero la recompensa no tardó en llegar. Al final, las cobayas tratadas con el nuevo compuesto, se mostraron incapaces de desarrollar la enfermedad.

Todavía necesitó pulir algunos detalles, encontrar las dosis adecuadas, completar el compuesto con sustancias que lo reforzaran, evitando rechazos y efectos secundarios. Después, probó con mamíferos de mayor tamaño, para obtener las dosis adecuadas. Los resultados eran concluyentes: 100% de resultados efectivos en una muestra de varios miles de individuos. Lo había conseguido.

Una mujer centraba ahora todo su pensamiento. Apenas la había llegado a conocer, pero sabía que buena parte de su triunfo final se lo debía a ella: su abuela. Su madre le había contado en muchas ocasiones su historia, destacando, sobre todo, su valentía al romper con la secular tradición de la familia para encontrar la solución del legendario problema que les aquejaba. Ella había muerto segura de haber cumplido sus objetivos, pero Martín sabía que, realmente, era ahora cuando los había conseguido.

En esa mujer y su postrero triunfo pensaba cuando la voz angustiada de otra le despertó de su ensisismamiento.

Martín, ¡despierta, corre, date prisa! acabo de romper aguas.


FIN

9 comentarios:

  1. Ya?.
    Fin?
    Bien... Y ahora? Otra vida blogger-literaria por nacer;
    -Ulrhà, corre, que Juanjo acaba de romper de nuevo aguas.
    (..) ese grito espero escuchar en unos días, paisano.

    ResponderEliminar
  2. Segunda parte, seguro, el no puede estarse quieto, su mente no para. Un saludo.

    ResponderEliminar
  3. Un final más o menos feliz...

    Seguirá? Sabremos si sus investigaciones eran correctas?



    Un besazo bien dulce

    ResponderEliminar
  4. Chico... cada día te superas. ¿Para cuando esa novela?. Un beso, solete.

    ResponderEliminar
  5. Estoy de acuerdo con Conchi, para cuándo esa novela o novelas porque con tu fertil mente te quedarías corto!
    Ánimo que seguro que te las publicarían.
    Besos para ti y la familia.

    Ciao ciao.

    ResponderEliminar
  6. Seguro que este final nos lleva a nueva historia... romper aguas significa nueva vida, no?
    Besos

    ResponderEliminar
  7. mmmmm el triunfo de la razón,lo siento pero no me convences, yo estoy con mi tocaya Violante... si lo piensas has creado una historia en que nunca se sabrá si realmente era una maldicion o una enfermedad genetica. El niño que nazca será tratado para evitarla, pero ¿Quien sabe? a lo mejor el no la reproduce...jiji
    Bueno, ya me conoces un poquito (lo digo porque a veces me lees...) y sabes que intento darle a todo un puntito de misterio, de magia inexplicable, que me sirve para evitar aburrirme ante todo lo predecible que suele ser nuestra existencia.
    Chapó por tu final, extraordinario... a pesar de que me revele un poco ante él.
    Mil besos Juanjo

    ResponderEliminar
  8. Bueno, gracias a todas(os) por vuestra paciencia, pero este relato se ha acabado. Dejo a la imaginación de cada uno su posible continuación.
    Puede que tengan razón Carmen y Ulhrà, y la rotura de aguas sea de este blog. Puede que aparezcan textos nuevos, con poco pelo, lagrimal fácil, sonrisa social, y ganas de biberón; pero pienso que, con el tiempo, volveré a caer en la tentación de liarme con relatos.

    Espero seguir viendoos por aquí, y en vuestros sitios.

    ResponderEliminar
  9. Anímate, lo de la novela no lo he dicho por decir, creo que en eso me conoces ya un poquito después de compartir tantos momentos en esta virtualidad que, con personas como tú, se convierte en algo agradable y cotidiano.
    Un beso, mi niño.

    ResponderEliminar