12 octubre 2008

La rata


Serían poco más de las siete, pero ya era noche cerrada, una noche eterna y tenebrosa de invierno, salpicada de humedad fría y salada traída a ráfagas por el viento de Levante.

El Javier Marquina quedaba a pocos pasos de casa, pero el asfalto terminaba justo en el límite de la parcela, y había que cruzar un estrecho camino de tierra, casi escondido entre la maleza, para llegar a mi destino.

Tenía por aquel entonces poco más de 12 años, y más kilos de ilusión que peso en el cuerpo y juego en unas botas que a duras penas podía levantar del suelo. Sin embargo, acudía al entrenamiento como quien prepara la final de un mundial, aunque el único premio a mi alcance fuera entrar en la convocatoria del siguiente partido.

Con ese único objetivo en la mente caminaba cabizbajo, algo vencidos los hombros por el peso de la bolsa, sin fijarme apenas en el recorrido, pues conocía hasta el tamaño y la posición de los charcos que tenía que cruzar, cuando, de repente, vi crecer una sombra gris a mi derecha, cruzando a gran velocidad el camino, a pocos metros de donde estaba. Su tamaño me desconcertó al principio, pensé que se trataba de un gato o un conejo, pero el animal detuvo su carrera y así me permitió observarlo bien: era una rata de alcantarilla enorme.

Por suerte para mí, en aquella época todavía no se encontraba Gerona entre mis lecturas; pues de haber leído antes la novela de Galdós, la impresión hubiera sido mucho más inquietante para mí. Algo de miedo debió apreciar en mi cara el bicho, pues de otra forma no se comprende que detuviera sus pasos, apretara el hocico, tensara los bigotes y me dirigiera una de las miradas más desafiantes que nunca he recibido. Esos pequeños ojos negros concentraban un odio intenso hacia mi persona, eran el grito sordo de la miseria contra la opulencia, el oportuno desafío del que, sintiéndose normalmente inferior, encuentra la ocasión de medirse en igualdad de oportunidades, y decide echar el resto.

Paralizado por el terror, temiendo el salto hacia mí en cualquier momento, no me quedó otra opción que aguantar el pulso de su insolencia, pues perder su cara de vista podría resultar fatal. Un olvidado instinto de supervivencia y mis torpes pies me prestaron esta vez un servicio estimable, acertando a golpear una piedra próxima, mientras aguantaba a duras penas la mirada del animal. Aunque el improvisado balón botó lejos de su objetivo, el ruido distrajo al roedor, bajó la vista, perdiendo así la fortaleza de su posición, y consciente del peligro de un lanzamiento más afortunado, desapareció veloz entre la maleza.

20 comentarios:

  1. ¿Esto es el comienzo de una nueva historia?.
    Espero que sí, me apetece leer otro de tus relatos, siempre tan interesantes, estimulantes y bien escritos.

    Un besazo

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  2. Suelen defenderse si se ven acorraladas

    ...se comen a los niños en los callejones oscuros
    :)

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  3. Inquietante y angustioso relato, Juanjo. Voy a releerlo, porque creo que se merece una segunda lectura.

    Besos orgiásticos

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  4. magníficamente descrito el relato Juanjo!!! la verdad es que es mejor no plantarles cara a estos bichejos!!!! en alguna ocasión lo habíamos hecho cuando jugábamos en el parque y la verdad es que la insolencia y la chulería de estos animalitos da mucho pero que mucho respeto!!! un saludo

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Continúa?

    Es que me ha gustado mucho mucho :)

    Besicos, animal ;)

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  7. El relato, escrito con tanta elegancia y armonía,se lee cómodamente.
    Esa mirada desafiante del roedor(no diga su nombre porque es el animal que más detesto )cuando se le mira a los ojos,llama la atención,porque sí es cierto que la autodefensa lo muestra.
    El niño llegará a pertenecer al club de futbol y al de los sentimientos expresados con precisión.
    Prefecto ,Juanjo¡¡
    Besucos

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  8. Uff! ¡Qué bueno Juanjo!, de verdad te lo digo; es angustioso, me imagino al niño y los ojos de la rata...

    Es lo que más me gusta de tu forma de escribir: transmites muchísimo con muy pocas palabras, las justas y necesarias.

    Enhorabuena

    ¿Ves como iba muy retrasada?

    Un beso

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  9. Desconozco Gerona de Galdós pero imagino por la referencia que haces la marginación y el suburbio..¿muy confundida y lejos del tema?¡posible!
    El símil de la rata de alcantarilla ( como si no fuese ya repulsivo de por sí el nombre de rata) y esa mirada desafiante y rencorosa la puedo sentir, a veces, en cualquier barrio marginal en donde el grito sordo de la miseria contra la opulencia se deja sentir.

    Un beso

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  10. Bonito relato. Describes bien la angustia del niño,casi se puede palpar. Debe ser impresionante encontrarse un bichejo de esos. Espero la continuación...

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  11. ¿Era la personificación de todos tus miedos futuros y le venciste?

    Yo creo que sí :)

    Abrazos

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  12. Me has trasladado a mi infancia Juanjo. Cuando vivía a las afueras de mi pueblo, cuando no estaba urbanizado el kilómetro que nos separaba del centro de la localidad, cuando entre zarzales nos salían unas ratas enormes al camino, cuando, ahora entre escalofríos, recuerdo el tamaño de esos animales repugnantes, cómo echábamos a correr cuando ellas eran las más asustadizas. Siempre me han dado mucho asco.
    He sido el Juanjito de doce años, me he metido en tu piel y he sentido ese miedo liado con muchos más sentimientos.

    Besos por regalarnos estas historias,

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  13. muy bien pero que muy bien contado, si señor, aunque claro a estas horas de la noche voy a tener pesadillas... yo no tengo 12 años pero soy tan miedosa como si los tuviera...

    ¡¡como sueñe cosas malas y que me den miedo esta noche te vas a enterar!!...

    voy a entrar en tu blog mañana y decirle a todo el mundo que me asustaste... malo... je je je

    un relato muy fotográfico.

    bicos,

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  14. La inquietud del relato me hizo recordar la novela "la paloma" del autor de " El perfume" Patrick... (el apellido lo escribiría mal)
    ¿Conoces?
    Te encantaría.
    Un abrazo.

    ¡ Salud !

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  15. Yo tuve una experiencia parecida, algo más pequeña, sobre los 8 ó 9 años, me asombró el instinto de ese animal, como se encaraba!!! produce una sensación que se resume en miedo!!!, me encantan los animales, pero este concretamente....

    Precioso relato amigo, muchos besos.

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  16. Iba a traerte una fe de rata, pero te traigo un poema de M Angeles Maeso, hay poetas para todo:

    Es seguro que ese ruido es de una rata.
    De las que comen carne. O recuerdos.
    El otro también.
    Puede que se lleve un trozo de ti.
    De tus pies dormidos sobre una orza de aguamiel.
    A cambio puede que te dé su rabia.
    Un poco no, toda su rabia contra tanta oscuridad.
    Yo le busco las cosquillas y le llamo hermana rata, hermana rata muérdeme.
    Un poco no, toda tu boca en mi boca, tu lengua toda en mi oreja, vamos, hermana rata, vacía todo tu grito en mí.
    Apenas mido un metro y medio más que tú, pero alcanzo los cien metros hacia arriba y hacia abajo si tu grito me traspasa.
    Dame tu soplo, hermana rata, tus cien metros de bronquial silbido, tus cien metros de esófago, tus cien metros de jadeo estomacal.

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  17. Tus palabras atraviesan la piel de pollo que se nos pone después de leer, sentir y ver lo que cuentas. No quiero ni preguntarme cuantas de ellas nos esperan al caer la noche...
    Bbbrbrbrbrbrbbrrr....

    Un beso


    P

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  18. Me has llevado a ese momento y lugar con tus palabras. Me ha gustado tu relato.

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  19. Con tantas referencias espaciales conocidas, mira que me cuesta abstraerme y teorizar literariamente sobre tu entrada. Así que lo reduciré a aquello de; que buen relato, juanjo. Y punto.

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  20. Anónimo2:21 a. m.

    Magistral, sencillamente muy bueno.

    Un fuerte abrazo!
    Gcc

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