
Me prometiste una noche mágica: espíritus que despiertan de largos sueños, pasiones desatadas, ritos iniciáticos, aventura, riesgo. Una fiesta.
Asistí, como mudo espectador, al desfile de cuerpos prestados, almas errantes, bailes frenéticos, miradas de noche, movimientos descompasados.
Y la fuerza de los cuatro elementos más viva, más intensa que nunca:
El fuego. Urgente. Destructor. Purificador.
El agua. Seductora. Renovadora. Balsámica.
La tierra. Desalmada. Inalterable. Alienante.
Y el aire. Voluble. Perturbador. Loco.
Hallé al final la recompensa de tu cuerpo, esencia de cuatro estaciones, resumen de cuatro elementos, albergue de noches sin luna.
Al alba, devueltos ya los fantasmas a sus cuarteles de invierno, desperté impregnado del olor acre a humo y sudor, con el eco de tu nombre pronunciado desde el desierto de mi garganta, atormentado por la resaca que me produjo el licor de tu presencia.
Tomé conciencia entonces de que, tras la plenitud de los días, mis pasos se dirigían, lenta, inexorablemente, hacia la más larga de las noches.
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