
Hoy es uno de esos días que invita a hablar de temas tan gastados como la globalización, el auge de las costumbres importadas, la comida basura, y, en general, la crítica a todo lo que huele a anglosajón, o a estadounidense.
Yo tampoco estoy, en estos momentos, ansioso por vestirme de bruja, vaciar una calabaza, llenarla con velas, y pasear disfrazado por la ciudad, algo que me encanta hacer, por cierto.
No soy detractor de las costumbres importadas, y me importa poco de donde vengan, siempre que no reemplacen a las nuestras. El problema es que eso es precisamente lo que ocurre. La única costumbre que no nos apetece cambiar es la de sustituir lo viejo por lo nuevo sin preguntarnos si valía lo anterior.
Mañana es el día de Todos los Santos. Los cementerios se llenarán de gente, que acudirá a recordar a los familiares que les faltan. Es nuestra costumbre. Una costumbre que mañana tampoco seguiré.
Os preguntaréis por qué. ¿Es una tradición absurda?. Yo creo que no, pero no dejo de preguntarme las razones de la gente para seguirla.
Imagino que algunos irán para sentirse mejor, para acallar su conciencia, que les grita ese día que se han olvidado de todos los que tanto hicieron por ellos.
Otros acudirán a la hora principal, con un gran ramo, para que les vea todo el mundo. Por dentro sabrán si sienten la pena que demuestran hacia afuera. No dudo de que muchos lo hacen, pero se han acostumbrado a actuar, y exageran lo que tal vez sea un sentimiento sincero, pero más sereno.
También irá mucha gente, que añora a los suyos el resto del año, y va ese día a cumplir con la tradición.
No creo que yo sea un caso aislado. Conozco a mucha gente que no irá mañana al cementer¡o, pero no deja de recordar a sus seres queridos durante todo el año, y lo que es peor, les echa mucho de menos.
Podría ir, es cierto. No costaría demasiado sacrificio. Pero, ¿para qué?. Los que ya no están no me lo van a agradecer, y los que están no me van a decir lo que yo debería sentir. Eso ya lo se yo. No me apetece demostrarlo. Nunca me ha gustado exteriorizar mis sentimientos.
Así pues, mañana no seguiré esta tradición tan rancia, pero acabo de importar otra y me siento más rico.
Hace un par de horas, terminé de leer "El monte de las ánimas", una leyenda de Becquer. Estupenda lectura para esta noche.