04 octubre 2005

La leyenda de la chica del Ragudo

"La chica del Ragudo estaba muchas veces allí, de pie haciendo dedo en una de las escasas rectas que tenía ese famoso puerto de montaña que comunica las tierras altas de Aragón con las suaves colinas del Alto Palancia.

Tenía un perfil inconfundible, la silueta delgada y alargada, como una sombra más de una noche de luna llena. Vestía de forma sencilla, pero atractiva. O quizá era su personalidad lo que convertía en atractivo todo lo que estaba a su alrededor. Llevaba siempre, fuera verano o invierno, un vestido largo hasta los tobillos que resaltaba su esbelta figura, acompañado de una chaquetilla o un abrigo, según la temporada.

Su pelo, muy largo y negro le caía sobre la espalda ordenadamente a pesar de que no lo recogía con nada. Por delante se pegaba a sus mejillas, apenas tapándole las orejas, algo grandes, lo que contribuía a alargar un tanto su cara ovalada.

Tenía los ojos negros, enmarcados en la fina y alargada curva de sus cejas, algo hundidos en sus cuencos. Los que la vieron, me contaron que su mirada era triste y profunda, como la que tiene un desterrado que ve partir los barcos hacia su país de origen.

Del cutis blanquecino, pálido, de apariencia frágil, apenas sobresalían de su cara unos labios finos y alargados, tiernos, que escondían más que prometían los besos que ya había dado.

Se situaba al final de la recta, y la luna arrancaba destellos plateados de su negra cabellera, observables desde lejos. Su visión era impactante para todo conductor, pero siempre paraban los mismos. Gentes impacientes, con prisa en terminar el pesado trayecto entre Barracas y Viver, hipnotizados al ver la impresionante silueta de la mujer, inmóvil en el arcén de la carretera.

Le abrían la puerta, balbuceando unas tímidas palabras de presentación. Ella entraba en silencio, se ataba el cinturón de seguridad, y se quedaba muy seria. El conductor, repuesto de la primera impresión, empezaba una conversación normal e iba cogiendo confianza en el manejo del volante, aumentando poco a poco la velocidad, pues el trayecto en bajada se prestaba a ello.

Llegando al tramo final de la carretera existía una curva pronunciada a la izquierda, muy peligrosa. Poco antes de llegar, ella abandonaba su postura estática, apretaba fuertemente el pequeño bolso que llevaba contra su seno y gritaba: ¡Cuidado, no corras!. En esa curva perdí la vida yo.

El conductor, concentrado como estaba en no salirse de la carretera, tardaba un poco en asimilar la frase. Cuando se giraba a pedir que se la repitiera, comprobaba que ya no había nadie en el asiento de al lado."

Así me contaron la leyenda de la chica del Ragudo, hace muchos años, y siguió viva hasta que un nuevo trazado de la carretera general eliminó el paso por las Masías del Ragudo, que daban nombre al puerto.

Recientemente, los trabajos de voladura que se están realizando en la carretera para convertirla en autovía, han obligado a reabrir el viejo puerto durante algunos días.

¿Estará todavía allí la chica del Ragudo dispuesta a salvar la vida de temerarios conductores?.

¿Era eso lo que hacía?.

A veces pienso que todavía está allí, esperando, pero no a un loco del volante, no.

Espera encontrar a alguien que se detenga con ella antes de la curva, que bese sus tiernos labios sin prisa, que le ame con pasión, pero con calma, deteniendo el reloj hasta que los dos, exhaustos y felices, decidan bajar lentamente a Valencia.

Quiere recuperar lo que perdió, el amor de su vida, por culpa de la espiral de velocidad e impaciencia que llenó su existencia. La maldición de los tiempos modernos.

Mujer, creo que sin conocerte te amo. Lloro tu tragedia como si fuera la mía, porque es la de muchos como nosotros, que vivimos deprisa, sin vivir.

Quisiera conocerte y que me enseñaras a amar sin horarios, sin tiempo, sin condiciones. Engancharme a tu mirada y no ver el frío de la muerte, sino el brillo de la pasión. Sentir la caricia de tu ternura, el calor de tus manos, la suavidad de tu piel, el roce de tu cabello..

Saldría a buscarte, pero no, es mejor que no.

¡Ojalá ya no estés en esa recta!

4 comentarios:

  1. Carlos_enfermería12:25 a. m.

    San Roque (Viver)

    Al morir, que esperzan las cenizas en nuestra montaña.
    Al morir.
    Al morir, no digáis de mí que fui un buen hombre.
    Al morir.
    Al morir, seguid bajando al río y merendando en el monte.
    Al morir.
    Al morir, dejará de existir el escondite en la acequia.
    Al morir.
    Sólo al morir.
    Sólo muriendo.


    Cuando se es niño, cualquier lugar puede ser el origen de un recuerdo inolvidable, tal vez de varios.
    Mi tía tuvo un chalet en Viver, por eso te suelto todo este rollo y tal y cual, porque me he acordado al leer tu entrada.
    Por cierto, la única chica que vi subirse en un coche por aquella zona y junto a la carretera, fue a una que salía con un tío al aparcamiento de Las Paquis...jajaja

    Carlos

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  2. Si has estado en Viver no me extraña que guardes recuerdos inolvidables. Es una zona muy divertida.
    Yo nunca vi salir ni entrar a nadie en Las Paquis, jaja, y eso que he trabajado dos años en Segorbe. En cambio, chicas haciendo auto-stop la tira. Para volver a casa después de la fiesta del pueblo correspondiente, totalmente bolingas.
    En una ocasión dos amigas mías estuvieron a punto de irse a coger setas toda la mañana porque los que las pararon les dijeron algo del "rebollón" y pensaban que era una fiesta, jajajaja.

    Juanjo

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  3. Anónimo6:11 p. m.

    http://spaces.msn.com/simultanea/
    ,
    ,
    ,
    ,
    sin condiciones

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  4. Anónimo3:03 p. m.

    menuda mentira

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