14 noviembre 2005

Dentro de mí mismo (3ª parte)

La espera concluyó al poco tiempo. Como relojes perfectamente sincronizados aparecieron los tres en el comedor, y se volvieron a ir. Mi padre se sentó en el sofá a terminar de leer el periódico, mi madre se fue a la cocina, y mi hermana ... se dirigió al sofá.

Se iba acercando con cara de disgusto, porque que le fastidiaba tener que disputar un trocito de su sitio preferido. De hecho, me increpó de muy malos modos, y al ver que no me movía, me zarandeó. Ella esperaba cierta resistencia por mi parte a su empujón, pero no fue así. Mi posición me permitió ver primero su expresión de sorpresa, y después la de pánico, que acompañó con un grito agudísimo, al comprobar que mi cuerpo no reaccionaba.
Como resultado del grito, mi madre acudió corriendo, y mi padre pegó un brinco, tirando periódico y sillón. Intentaron reanimarme como sabían, pegandome palmadas, hablándome, gritándome... Me llegaron a verter un jarro entero de agua por la cabeza. Y yo, que sentía perfectamente todo lo que me estaban haciendo, no podía responderles de ninguna manera.
Me tomaron el pulso, y parecieron tranquilizarse un poco. Vivía, por lo menos se sentían unos latidos tímidos, lejanos, que indican que todavía existía la esperanza. Querían llevarme al hospital pero entre los tres no podían arrastrar mi peso muerto. Así que llamaron a una ambulancia.

Esta vez creo que se les hizo a ellos más larga la espera que a mi. Mi madre y mi hermana no paraban de llorar. Cuando parecía que iba a callar una, la otra volvía a la carga con más fuerza. Mi padre, mientras tanto intentaba en vano calmarlas a las dos.

Los enfermeros fueron bastante rápidos, la verdad. No intentaron grandes operaciones de reanimación. Después de reconocerme, me colocaron con mucho cuidado en la camilla, inmovilizándome la espalda. Antes de llegar al hospital, ya tenía puesto el gotero, operación que me dolió horrores pues la aguja resbalaba entre curvas y baches, clavándose repetidamente en diferentes partes de mi carne, antes de encontrar su vena.

Era domingo, y como ocurre en todo hospital que se precie, solamente había personal de guardia. El médico comprobó que mis constantes vitales estaban bien, me tomó sangre, me hizo una radiografía, un tac, y ordenó que me subieran a la habitación.

El panorama allí no podía ser más desolador. Tenía al lado un accidentado, con venas por todas partes, la cara totalmente magullada e hinchada, que le daba una expresión a medio camino entre la estupidez y la locura. Tenía los ojos como idos, inexpresivos, el tabique nasal desplazado, y un hilillo de saliva resalaba por la comisura de los labios deformes mientras balbucía algo, en pleno estado de delirio. Tenía al lado una mujer madura y una adolescente, totalmente hundidas, al borde de la cama.

Este ambiente, unido a la incertidumbre que tenía mi familia, pues nadie sabía decir qué me ocurría, hizo que me sumiera en una profunda tristeza. Por suerte, debieron administarme un calmante, porque la cabeza dejó de dolerme, y poco a poco el sueño me venció.

Cuando me desperté, vi a mi padre a mi lado. Había pasado la noche conmigo, y tenía el rostro ojeroso, cansado. Todavía no se había aseado. Me dijo algo. Parecía más animado, pero al ver que yo no contestaba, una mueca de desánimo cambió su expresión por un segundo. Después pareció tranquilizarse otra vez. Deduje que había dormido poco y pensado mucho. Estaba resignado y era consciente de su impotencia.

Todo su autocontrol se vino abajo cuando entró el equipo médico en pleno. El que llevaba la voz cantante de la comitiva no sabía como quitárselo de encima. Fueron al pasillo a hablar. El especialista le vino a decir que no sabían muy bien lo que tenía, pero que todavía faltaban algunos resultados de las pruebas. Había que esperar.

Al cabo de una hora, más o menos, entró una enfermera. Cambió el gotero, y mezcló en él una medicina, dándole unas instrucciones a mi padre que yo no pude oir. A medio día vino mi madre a relevar a mi padre. Comieron juntos, dejándome un rato a solas.

Poco después de comer, entró otra enfermera acompañando a un médico distinto del de la mañana. Venía sonriente, con unos papeles en la mano, como un niño pequeño que está deseando revelar un secreto. Se dirigió a mi madre con frases tranquilizadoras, y por primera vez la vi sonreir.

El nuevo médico dispuso que me cambiaran de habitación y de planta. Esta vez, en el cuarto no se respiraba un drama, sino más bien el aburrimiento, lo que era de agradecer. En la cama de al lado, mi compañero leía un libro, moviéndose constantemente a causa del malestar que le causaba estar tantas horas acostado.

Volvieron a cambiar el gotero con la misma medicina, y me dormí hasta el día siguiente. Al despertar ya no estaba mi madre, sino mi hermana. Me dio mucha alegria verla. Instintivamente intenté tocarla y... mi brazo se movió.

Lenta y torpemente al principio, mi mano llegó hasta el brazo de mi hermana que agarró bruscamente. Intenté hablar pero salió un sonido ininteligible. Parecía borracho, pero mi mente estaba despejada. Simplemente, se me había olvidado hablar y moverme, después de casi tres días de inactividad.

Estuve todavía un par de días más en el hospital, en observación y recuperándome. Me explicaron que había desarrollado una enfermedad vírica, una cepa de temporada, que atacaba al sistema nervioso. Era un mal relativamente raro pero no había sido el único caso.

No hace falta decir que la semana siguiente fue la más feliz de mi vida.

3 comentarios:

  1. Anónimo7:24 p. m.

    Maaaaaaamma mía che angoscia!!!!! o como diría mi abuelita asturiana... viiiiiiiiiiiirgen santisima... taba a puntu de dame un infartu...así que vírico.... muchacho! dime dónde te metes...para no ir...coño!
    gracias por tus palabras... Un beso
    Taormyna

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  2. joeeer, jejeje Supongo q este relato esta basado en un hecho real, no?
    Pues vaya mal trago que pasasteis, la próxima vez si acaso te vas también de paseo. Nada de quedarse solito en casa.
    Pero, bueno, a pesar de todo estas bien, y tú relato es digno de novela de suspense. ;-)
    Un abrazo y gracias por visitar mi espacio.
    Noelia.

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  3. Me encanta la imaginacion de tus historias y lo bien que compones las situaciones. Tambien me gusta mucho el ritmo tranquilo y fluido que tiene el texto. Creo permite una lectura comoda y sin desviar en exceso la atencion de la trama, lo que creo que es importante en un historia. En resumen un estilo sobrio y elegante al servicio de unas buenas historias. ¡Que envidia...!

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