17 noviembre 2005

El final del psicópata

Fue tan sólo un instante fugaz, el tiempo que se tarda en girar discretamente la cabeza para curiosear, para comprobar quién ha ido y quién no, sopesando los sentimientos de cada cual mediante la observación de las caras y las manos.

Estaba allí, erguido, serio, las manos cruzadas en actitud de respeto. Llevaba un vestido gris, muy elegante aunque de corte algo anticuado. En su cara, ligeramente bronceada, destacaban unos ojos negros, grandes, enmarcados por unas cejas finas y unas pestañas más largas de lo normal.

Con esos ojos le atizó una mirada dulce, muy tierna, que la dejó paralizada unos segundos, hasta que el calor creciente de sus mejillas le hizo reaccionar, girando bruscamente su rostro hacia el lugar en el que los albañiles terminaban de sellar el nicho donde a partir de entonces reposaría su madre.

A pesar del escaso tiempo que lo había observado, sabía que era el hombre de su vida, aunque hubiera jurado que no lo había visto nunca pese a su aspecto ligeramente familiar.

Hizo un gran esfuerzo de voluntad para no volver a girarse, esperando impaciente el fin del acto para encontrar cualquier excusa y tropezarse con él.

Pero por mucho que buscó no consiguió localizarlo. Preguntó a todo el mundo y nadie le supo dar razón.

Con el paso de los días la obsesión por encontrarle se fue haciendo cada vez mayor.

Sentía cierto remordimiento de conciencia por lo reciente de la muerte de su madre pero pronto se le pasaba al recordar sus últimos meses.

Había sido una pesadilla. La mujer prácticamente inmóvil, sin apenas muestras de lucidez, insultando a cuantos le rodeaban, haciéndose encima y con ataques periódicos de ira, que entre ella y su hermana apenas podían contener.

Las dos habían envejecido en dos meses lo que en diez años, pero a su hermana se le notaba más, pues era dos años mayor, y las escasas canas que apenas destacaban en su bonita cabellera rubia habían poblado todo el cuero cabelludo, proporcionándole un aspecto similar al de su difunta madre.

Trascurrida una semana, decidió salir a buscarlo. Comenzó por los lugares habituales: oficinas, bares, supermercados, polideportivos, gimnasios; y continuó por los menos frecuentados, los marginales, los nada recomendables. Tuvo que soportar más de una proposición poco honesta.

Comenzó a desquiciarse. Comía cada vez menos, bebía cada vez más. Ya casi no sabía ni el día en el que estaba.

Una noche volvió destrozada por el cansancio y por el alcohol. Abrió la puerta y se encontró la luz encendida. Sentada en la mesa camilla vió una imagen que la terminó de trastornar. Era su madre, con el mismo semblante serio y duro con el que la miraba en los últimos tiempos, el mismo que tenía hasta poco antes de morir.

No pudo soportar esa mirada otra vez. Esquivándola, se abalanzó como un rayo, dirigiendo sus manos hacia el cuello con rabia, pero la silla no pudo soportar el empuje de su desesperación, tirando a su ocupante por tierra.

Cuando volvió a ser dueña de sus actos, comprobó con horror que la persona inmóvil que yacía en el suelo, con un hilillo de sangre saliendo de la comisura de los labios no era su madre, sino su hermana.

Tras comprobar que su corazón ya no latía, se dejó caer desesperada en la silla que quedaba libre, y entonces ... LO VOLVIÓ A VER.

En una de las viejas fotografías que había estado ojeando su hermana estaba allí, sonriendo feliz junto a su madre. Llevaba exactamente el mismo vestido gris, y pese a la poca claridad de la foto, se adivinaba en su rostro la misma mirada dulce de aquel día en el cementerio. Sí, no cabía duda. Era su padre.

Su padre había fallecido al poco de nacer ella, y su madre, desde entonces nunca quiso contarles lo más mínimo sobre él. Era un tema tabú. Les dijo que había quemado todas las fotos, todos los recuerdos, para que nada le recordara lo felices que habían sido, pero olvidó unas pocas en una vieja caja de madera.

Reunió lo poco que le quedaba de serenidad para llamar a la ambulancia y la policía. Se la llevaron esposada al cuartelillo, dejándola salir tan sólo para el nuevo entierro. Pero esta vez no acudió él. Un buen abogado y un psiquiatra la salvaron de la cárcel, pero no del declive final.

La soledad multiplicó sus obsesiones y su complejo de culpa. Esperaba de nuevo otro encuentro con él. Enloqueció definitivamente, pasando los últimos días de su vida en un centro psiquiatríco.

Poco antes de morir, en el instante ése que revivimos los acontecimientos pasados, por un sólo instante, y por última vez lo volvió a ver.

2 comentarios:

  1. Ahora sé que te llamas Juanjo, sé cómo eres físicamente. Ya tienes ojos, boca ... y una nariz no tan roja como esperaba, jeje En fin, no lo necesito pero si que existe curiosidad con la gente q te escribes o chateas, pasado un tiempo tienes curiosidad por saber algún dato de más. Aunque a veces es bonito no saber nada sobre el físico, edad o sexo del interlocutor, eso te obliga a centrarte en la conversación o tema sin q se vea afectado por los inútiles prejuicios.
    Otra cosilla... gracias por poner mi espacio entre los que visitas. Me gustó el título q le diste. Pinceladas. Está muy bien.
    Un abrazo, Noelia.

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  2. Anónimo3:14 a. m.

    ......Son las tres de la mañana... me he despertado con frío y decidí calentar un poco de leche y tomarme un " colacao" antes de continuar con mis sueños......Ahora no estoy segura de poder volver a hacerlo......
    me gusta cómo escribes... desde el primer momento creas la necesidad de continuar con la lectura...pero ...¡¡¡ay!!!... esta noche no voy a poder dormir más ...............................
    [sigo amando , gracias ;-) ]

    Mille baci , Grazie - Lau-

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