20 abril 2007

La última noche


Cara a cara frente a sí mismo, a Gastón le bullía la cabeza, los pensamientos se amontonaban con prisa, temiendo no tener tiempo para ocupar sitio dentro de aquel cuerpo tan gastado; entre la falta de orden necesario para plasmar las ideas, y la dificultad de sus músculos y huesos para ejecutar cualquier orden de su cerebro, las hojas apenas se veían manchadas por unas pocas líneas de tinta negra.

Podía decirse que solamente su cerebro permanecía intacto: el resto de músculos y órganos tenía algún grado de incapacidad. El estómago, los riñones y el hígado apenas le funcionaban, los pulmones, oprimidos, todavía le permitían respirar, pero con mucha dificultad, y su corazón latía lentamente, pues prácticamente no tenía sangre que bombear.

Gastón, sin embargo estaba resignado: sabía que era el final, pero lo tenía asumido. Se había liberado, por fin, de la angustia inherente al destino que le aguardaba. En sus últimas horas se permitía una reflexión intensa, pero serena, sobre la vida y sobre la muerte.

¿Para qué había servido su vida? ¿A quién le importaría su muerte? La respuesta a esas cuestiones tantas veces planteadas se le antojaba ahora demasiado clara, desprovista ya de mentiras y autoengaños: para nada.

Era realmente un tipo prescindible, como millones y millones de personas, un minúsculo punto en el universo sin el cual éste girará de la misma forma que si no hubiera existido, una pequeña hebra de una gigantesca telaraña, una cuerda de una red de miles de nudos cuya resistencia apenas cambiará cuando desaparezca.

El, como todos, se había sentido único, diferente, especial, durante toda su vida. Desde su más tierna infancia hasta sus últimos días, había escuchado siempre más alabanzas que reproches, primero de parte de sus padres, después de sus compañeros y amigos, sintiéndose elevado un peldaño por encima del resto de los mortales, circunstancia que se preocupaba bien de ocultar a los ojos de la envidia de sus congéneres.

Bajado del escalón por la ingrata enfermedad que padecía, había recibido al final el impagable regalo de María Rosa, la cálida embriaguez del amor tardío, de la que ya no tenía tiempo ni ganas de despertar. Ella se le había entregado en cuerpo y almal, cuidando su cuerpo, pero aún más su espíritu, y Gastón se había desvivido también por hacerla feliz, a su manera, dentro de sus posibilidades.

Le había pedido la última noche a solas porque no deseaba que le viera terminar su vida; prefería dejarle el recuerdo de la última sonrisa, de la última mirada cariñosa, el dulce tacto de su cara, todavía intacta, rodeada por sus manos. Ella se resistió cuanto pudo; quería asistirle hasta el final, acompañarle en su último viaje, pero Gastón se mostró inflexible. Ahora se disponía a escribir esos versos que habían ido apareciendo y desapareciendo por su mente los últimos meses, esas rimas imposibles que nunca encajaban, y que ahora veía perfectamente enlazadas y en orden.

Días antes había escrito su testamento, dejando todos sus bienes a María Rosa. No se podía decir que poseyera una fortuna, pero el piso era de su propiedad, y los ahorros que había ido acumulando en su cuenta corriente, libre siempre de hipotecas y demás obligaciones, le permitirían una vida más relajada.

La luz del flexo resultaba asfixiante en aquella bochornosa noche de Agosto, en que ni una sola brisa de aire fresco quería entrar por la ventana. Estaba sudando; las gotas caían desde su frente en un goteo intermitente, que Gastón no podía parar. Finalmente consiguió apartar la luz de la vertical de su cabeza, y los rayos se detuvieron en un paquete de papeles en el que no había reparado hasta entonces. En el estricto orden interior que manejaba su mente, aquel haz estaba fuera de sitio. Estaba claro que él no lo había dejado allí: tenía que haber sido María Rosa.

Los papeles eran nuevos, pero parecían sucios, manchados. Al observar con más detenimiento pudo comprobar que eran documentos viejos, escritos a mano, que habían sido posteriormente escaneados, conservando el aspecto apergaminado del original.

En la portada, en letra cursiva finamente caligrafiada, aparecía el título de la obra, al parecer anónima, pues nadie había dejado firma, ni razón de sus posibles autores. El encabezamiento rezaba así:


La maldición del caballero amnésico

8 comentarios:

  1. Vaya.... pero ¿sigue o no sigue?. Cachusssss....
    Niño, aclarame el tema que no me enterooooo....
    Un beso, guapetón.

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  2. Menuda agonia, pobre Gastón, final tragico. No hay nada peor que esperar que la muerte te visite. Un saludo.

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  3. Pues yo no sabría qué hacer en el caso de saber que es el último día de mi vida. Me aterra sólamente el pensarlo...aiss qué escalofrío!

    Un beso

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  4. Si supieramos cuando hemos de morir!
    Un abrazo Juan José y por la luz encendida.
    Milena

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  5. quiero escribir por fin estos versos que sé, serán los últimos... que agonía, que desesperación!!

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  6. Me huelo que al final habrá el giro dramático que te pedí la semana pasada. ¡Mas te vale, paisano!.
    Un abrazo.

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  7. Madre mía Juanjo, cómo lo haces? tu mente es un pozo sin fondo!! te envidio, lo bien que me vendría a mi poder escribir histórias así para las redacciones que me piden en clase de italiano (te confieso algo que nadie sabe, la parte escrita es la que peor llevo en mis clases... hablar sin problema, acento español poco, gramática soy buenísima pero el escrito, ay el escrito... en fin).
    Gracias por tus palabras rey, la verdad es que un viajecito a mi tierra no me vendría nada mal pero ahora mismo imposible, tendré que esperar a agosto :(
    Un beso muy fuerte.

    Pd., efectivamente, cola-cao aquí no hay jajaja, hay nesquik pero todos sabemos que no es lo mismo!

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  8. Buenas Juanjo.
    Tu blog me odia :)
    Cada vez que he entrado aquí esta semana, se me ha petado el ordenador… así no hay manera.
    En fin, a ver si hoy aguanta.
    Muy interesante continuación por fin empiezan a desvelarse razones e incógnitas, y estas creando una historia magnificamente intrigante con algo de magia melancólica.
    Bueno, sigo paseando.
    Mil besos.

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