11 abril 2007

De nuevo, París


- Y ahora, vamos a ducharnos, y a vestirnos, ¡rápido! ¡Vamos a dar una vuelta! ¡Enséñame París! Como si fuera la primera vez, interrumpió ella, intentando que no fijara su pensamiento en la historia que acababa de contarle.

Sabía que era imposible lograrlo, pero no le dejó ninguna posibilidad de réplica, ni de protesta; con gran dificultad se metieron en la bañera, y se ducharon. Sus manos le enjabonaron de arriba a abajo, exhaustivamente, buscando todos los rincones, acompañando con un leve masaje sus movimientos. Después ella se dejó hacer lo mismo, pero cuando las manos de Gastón buscaban los lugares más ardientes, ella le apartaba la mano con cariño.

- ¿Todavía no has tenido bastante sinvergüenza?, le dijo riendo. ¡Vamos, vamos! Que nos van a dar la hora de comer aquí dentro.

Después le ayudó a colocarse los pantalones, pues a él le costaba mucho trabajo embocar el pantalón dentro de sus rígidas extremidades. Tras la farragosa operación procedieron, ya cada uno por su lado, a terminar de vestirse, y salieron a la calle. La mañana estaba ya muy avanzada. Decidieron esta vez desplazarse en metro, con mayor frecuencia de trenes y facilidad de acceso que la red de cercanías.

La estación de Clichy tiene las paredes revestidas de trencadís cuidadosamente colocado, lo que le da un toque modernista muy acorde con el entorno bohemio de la zona. No estaba excesivamente concurrida a esas horas, pero tenía la presencia suficiente para apreciar el colorido de la gente que transitaba por ella. Se podrían contar más de media docena de nacionalidades entre las escasas personas que esperaban el tren; y otras tantas lenguas se confundían en una amalgama de comentarios insulsos, propios de los que no tienen tiempo ni ganas de empezar una conversación larga.

María Rosa quería sopa de ruta turística, y Gastón le dio dos tazas, con sus tropezones y todo: Torre Eiffel, campos de Marte, Trocadero, Arco del Triunfo, Campos Elíseos, Plaza de la Concordia, Tullerías, Louvre. Al llegar al célebre museo, ella estaba a punto de desmayarse de cansancio, y él se retorcía en la silla incómodo, pero feliz.

Su ciudad le llenaba, la estaba descubriendo de nuevo, como si fuera otro amor que también volvía después de mucho tiempo; observaba cada detalle arquitectónico, cada brizna de hierba, el eterno horizonte plagado de hermosos edificios surcados, como si de un caprichoso camino se tratara, por el omnipresente Sena.

Intentaba apurar cada instante como si fuera el último, y tal vez así era, pero estaba convencido de que, puestos a morir, era mejor morir viviendo, y aquello, para él era vida, la mejor que en esos momentos podía vivir.

Frente a la celebérrima pirámide de cristal, ambos sabían que tenían que volver a casa, y no se hicieron demasiado de rogar. La vuelta fue silenciosa; se dieron un tiempo para saborear el último regusto de sus recuerdos, el amargo café de la realidad sangrante, del futuro negro.

Al despedirse, Gastón le cogió de las manos, le miró a los ojos y sonriendo, le dijo:

- Gracias, muchas gracias. No sabes cuanto necesitaba hacer esto...
- Oye, oye, no te me pongas dramático ahora, que mañana volvemos, ¡eh!, pero con alguna paradita más, niño, que estoy reventada.

Ella se fue al hotel, y él, casi sin comer, se dirigió a su escritorio y se puso a escribir. Quiso continuar con su estrenado diario, pero pronto su mente se dirigió por el camino que lleva dentro de uno mismo, escarbó más hondo, y se sorprendió escribiendo sobre sus sentimientos. Las palabras salían de forma fluida, y se plasmaban de forma armoniosa, melódica, sobre el papel. Dicen que es más fácil escribir sobre la tristeza, pero él descubrió esa noche que, encontrando ese ritmo diferente, más suave, con menos sobresaltos, que tiene la alegría, la poesía brotaba de su mano con la misma facilidad que se tararea una canción pegadiza.

Los días se sucedieron así, con visitas diarias a los diferentes rincones de París, con sexo ocasional no planeado, con ternura, complicidad, y largas noches de vigilia frente a páginas en blanco que se iban llenando de textos hermosos, a veces, y otras, de terribles párrafos repletos de amargura y negros presagios.

Porque la enfermedad avanzaba, iba anulando miembros, pudriendo la carne, y, a duras penas respetaba los órganos vitales. ¿Por cuanto tiempo? Los dos sabían que ya no quedaba demasiado.

6 comentarios:

  1. ¿Pero ella no había ido a curarle?

    Pues que le cure ya!!!!!


    Un beso dulce para el tímido experimentado :P


    PD: Gracias por tus palabras

    ResponderEliminar
  2. Querido Juanjo;
    Eres el rey de lo cotidiano, ¡joder!.
    Es decir, te leo y tu concepción naturalista del narrar, me hace ver de forma totalmente cotidiana y doméstica, casi gráfica, cada escena que describes o cuentas.
    Fijémonos en la escena de la ducha. Yo, o tú, o quizás Gastón, podemos haber vivido perfectamente esa escena, pues si te detienes en ella, uno se da cuenta de que no es sólo literaria, sino que es casi física.
    Saludos paisano.

    ResponderEliminar
  3. yo si que me voy a morir, pero la cura o no, creo que esto acabará en tragedia. Un saludo.

    ResponderEliminar
  4. Me gustó eso de morir viviendo, sí, señor, como debe ser.
    A ver como continuas que esto se esta poniendo cada vez mas intrigante...
    Un beso, meu rei.

    ResponderEliminar
  5. sigo diciéndolo, sorprende la fuerza que tiene Gastón.
    Quedo absolutamente espectante a los siguientes capítulos de la historia, que parece encontrarse en su punto álgido. :)
    Un beso enorme.
    Pd. me encantaria leer ese diario...

    ResponderEliminar
  6. Me has dejado aroma a tristeza... y como Raúl dice, haces que uno viva cada línea que plasmas.
    Un abrazo
    Milena

    ResponderEliminar