03 junio 2010

La jaula (I)


Desde la calle no se puede ver la jaula. Se encuentra en la parte trasera, dentro de un local destartalado que en otros tiempos hizo de cobertizo.

Allí, en una esquina, semioculta en la penumbra, su estructura metálica de hierro oxidado encierra una superficie de poco más de cuatro metros cuadrados, por dos de alto. En su interior, una joven de pelo lacio se recoge, temblando de frío, en su posición fetal. A su lado, una bandeja, repleta de comida, todavía humea.
 

Ella se muere de hambre pero no quiere probar bocado. Sabe que esos alimentos, que la llaman con su sugerente olor, son lo más parecido a una condena de muerte. Como en el cuento de Hansel y Gretel, su carcelero espera que aumente de peso para sacrificarla.
 

Se tienta las carnes y observa que, pese a todo, está engordando. Todos los días trata de resistir la tentación, pero le puede la gula, el pecado capital que, al fin y a la postre, le ha llevado a aquel cuartucho, al que llegó siguiendo los pasos de su carnicero, con la promesa de mostrarle desconocidos manjares. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, consiguió distinguir dos cecinas y varias ristras de diversos embutidos. También restos de piel y cabellos. El carnicero elaboraba sus manjares con carne humana.
 

Llega la noche, se recrudece el frío, y el hambre le impide dormir. Su voluntad flaquea, minuto a minuto. Al final, ella lo sabe, caerá sobre la bandeja y devorará los alimentos grasientos. Entonces se sentirá culpable y llorará hasta que el cansancio le venza. 

Así es todos los días.

(continuará)

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28 mayo 2010

Ángel de la guarda

Ilustración del gran artista Rafa Castelló

La conciencia es un ángel empuñando un revólver. 

Me he visto repetidas veces ascendiendo lentamente por una empinada cuesta, para caer de golpe rodando, y cada vez que intenté salir del camino tenía al lado el rostro bondadoso del querubín, exhibiendo la boca negra del cañón de su arma. 

No hay peor amenaza que la proferida con amables palabras, la que no deja el recurso a la rebelión, el sagrado derecho a la pataleta.

El ángel no tiene balas, me cuentan unos. Simplemente, no existe, afirman otros. Eres tú el que lo crea, aseguran todos. Pero yo lo veo siempre al borde del camino, cada vez que del mismo se desvía mi mirada.

En mi rutinario divagar, decidí un día arrojarle una piedra. El disparo fue certero y le acertó en toda la frente. No hizo ningún movimiento para apartarse. Después de mi osadía, pasé varias jornadas con la vista puesta en el suelo, sin atreverme a elevarla. Mi frente pesaba enormemente y me dolía, como si el pedrusco me hubiera impactado a mí, en lugar de a él.

En un cruce de caminos, alguien me dijo que se le podía burlar, pero que, de hacerlo, ni se me ocurriera volver la vista atrás. Seguí ese consejo y me vi envuelto en una espiral de acontecimientos imposibles de manejar. La vida me arrastraba a bandazos, alternando exquisitos placeres con dolores insufribles. Una madrugada de esas, epílogo de unos y preludio de los otros, vi mi imagen reflejada en un espejo y no me reconocí. Eché la vista atrás para descubrir al hombre que proyectaba su ser sobre la pulida superficie. En su lugar, bello y sonriente, se encontraba el ángel, apuntando con la pistola

No me preguntéis por qué, pero supe que estaba cargada.

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17 mayo 2010

Dientes


La mujer de la foto sonreía, mostrando una fila de dientes blanquísimos. 

Ese retrato presidía, hasta ayer, la mesa del director general, un tipo orondo que, dicen, fue campeón de España de culturismo. La semana pasada le sobrevino un infarto mientras analizaba las cuentas de la compañía. 

En el funeral, reconocí a aquella misma mujer, que presidía la ceremonia. Entre sus labios, apenas se adivinaba una gran mancha difusa de nicotina y café. 

Esta mañana hay un nuevo retrato en la mesa, un bebé de pocos meses que sonríe exhibiendo sus sonrosadas encías. 

Desde hoy, tenemos nueva directora general.

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10 mayo 2010

Medio novio


Maribel tenía medio novio en el pueblo de al lado. El chico le gustaba, pero sólo para determinadas cosas. Le salvaba del tedio del domingo con alguna excursión por la montaña o una sesión de cine. Y después, el paseo por la calle mayor, bien sonrientes, cogidos de la mano. 

El sábado era para ella, en cambio, noche de cuarto de novio, con horario reducido. Cada semana, un cuarto distinto. 


Aquel domingo, su media pareja investigó bajo de la falda, mientras se daban el último morreo.
 

Y Maribel volvió a casa con un problema matemático.

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03 mayo 2010

Seguro a terceros


La escena del crimen es la clásica, una calle oscura, una farola que filtra su luz amarillenta a través de la niebla, pasos apresurados, una navaja lanzando destellos plateados, forcejeos, un grito ahogado. Y después el ruido de sirenas, las luces giratorias azules sobre los rostros afilados, el finado bajo la sábana blanca, el asesino con las manos atrás, esposado.

La hija de la víctima no tarda en llegar, desecha en sollozos se arroja a los pies de su padre.

- Papá, ¿qué te han hecho? ¿Por qué?, ¿por qué?

Y después se encara a su ejecutor, el rostro desencajado por la ira:

- Asesino, hijo de puta. ¿Qué le has hecho?

- Oiga, señora, sin insultar. Ante todo, educación - exclama el asesino.

- ¿Tendrá seguro, al menos?

- Claro, claro. Por supuesto. Comprendo su enfado, pero comportémonos como seres civilizados y rellenemos el parte amistoso de asesinato. No tiene sentido enojarse.

- Es que yo nunca he rellenado un papel de éstos - comenta la mujer. Écheme una mano usted, que tendrá más práctica.

- Las dos, si hace falta, pero para eso necesito que me las liberen. Hable con el agente, a ver si le convence, para que me quite las esposas.

El policía, muy amable, le retira las manillas de las muñecas y se ofrece a rellenar el parte.

- Aquí, en cada columna, colocan sus datos personales: nombre, apellidos, dirección completa, de correo electrónico, teléfono, última declaración de la renta... Este cuadrado es para dibujar el asesinato. Aquí tienen que describir los daños. Y, por último, lo más difícil: las causas.

- Eso, eso - salta la mujer. ¿Por qué lo has matado, hijo de ...?

- No empecemos... Me miró mal. Exactamente como lo hacía mi padrastro. Es que mi padre me abandonó con dos años y mi madre se juntó con un hombre muy malo.

- Anote, agente, muy importante, causas familiares...

- Y encima me pegaba cada vez que su equipo perdía y se burlaba las pocas veces que el mío lo hacía.

- Maltrato psicológico.

- Además parecía que el reloj era bueno, y después resultó ser de imitación. Hubiera sacado por él no menos de 200€, que me hacían falta para pasar la pensión a mi ex y para un bocata de pimientos con sardina de bota.

- Dificultad para conciliar vida laboral y familiar. Problemas económicos. Hipertensión.

- Ya está bien - protesta el agente. No queda sitio en la hoja. No se preocupe, señora, que con lo anotado, el seguro pagará sin discutir. Y usted -refiriéndose al criminal- ¿tiene algún daño que declarar ?

- Da lo mismo - dice, encogiéndose de hombros. Tengo el seguro a terceros. La tintorería del traje y el desgarrón de la camisa me los tendré que pagar de mi bolsillo. A ver si mi próxima víctima no es tan violento y tiene algo de pasta...

- Suerte - desea el agente. Y si quiere un seguro mejor, por muy poco precio conozco uno que le cubren a todo riesgo.

Y, solícito, le alarga una tarjeta.

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13 abril 2010

La lógica del psiquiátrico


"Entonces es martes, seguro, por lógica".

Esta frase tan contundente la comentó mi tío Esteban un sábado por la tarde, con la mitad de los enfermos de permiso. Su desconcertante razonamiento nos situaba en el verano de 1.960, mientras afuera, en el jardín del psiquiátrico, caían los primeros copos de nieve.

Estaba así desde que una mañana se levantó llamándome por el nombre de su hermano. A partir de ahí, pruebas y más pruebas, meses de hospital, ningún diagnóstico claro.

Pareció despertar un día de primavera, a finales de Mayo, con un discurso fluido y coherente, que se vino abajo con estrépito cuando formuló la pregunta: "Y el Madrid, ¿otra vez campeón de Europa?"

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04 abril 2010

De males anejos



A Edwin Quiñones le detectaron elefantiasis hace un tiempo. Desde entonces, la enfermedad ha deformado tanto sus pantorrillas, que reproducen fielmente la acartonada piel del famoso paquidermo.

Edwin cubre sus piernas con cómodos pantalones, más bien anchos, para disimular sus repugnantes deformidades, pero la enfermedad sigue ahí, paciente, apoderándose poco a poco de su ánimo. Le han dicho que el mal no se detiene; irá avanzando cada día un poco más hasta que el dolor se vuelva insoportable; y el chico parece no resignarse, pero su voz está lejos de infundir confianza, muestra a las claras que ya ha dejado de creer.

Se podría decir que Edwin Quiñones vive atrapado en un mundo que rechaza y del que no puede escapar.

Raúl Ariza es un escritor benicense que busca. Durante un tiempo se ha dedicado, sigilosamente, a observar, anotar y recopilar casos de enfermedades vergonzantes. La mayoría de ellas no son visibles a la luz del día; están  cubiertas por los gigantescos pantalones con los que la sociedad esconde lo imperfecto. Raúl se introduce, a escondidas, debajo de esas telas y descubre unas miserias humanas, tan frecuentes como sangrantes. Nos enseña terribles deformaciones: amputaciones de rasgos enteros de la personalidad, complejos que engordan los apéndices del alma, vicios que erosionan la epidermis hasta dejarla insensible.

Es importante, quizá lo más, cómo nos enseña cada una de las anomalías; ese ambiente apergaminado, paquidérmico, con el que nos pone en antecedentes sobre lo que va a suceder; el aire compasivo con el que trata a sus personajes, como de anciano sabio que escucha y comprende, pero renuncia a aliviarles con lavativas de mal curandero; y el final que se disuelve en las últimas letras, sin atreverse a matar al condenado y sin dejarlo del todo dentro del bucle cerrado de su existencia.

Elefantiasis, es el libro de Raúl Ariza donde nos cuenta parte de lo que ha encontrado en su búsqueda. No lo muestra todo, y se lo agradecemos. Resulta más pudoroso levantar un poco los pantalones de Edwin y volver a bajarlos; dejar una impresión fotográfica, como una secuencia de película de cine apenas entrevista, que nos impacta, pero no se queda el tiempo suficiente para provocarnos la arcada de lo mórbido.

Si lo que os interesa es, precisamente, tener una idea cinematográfica del libro, aquí tenéis el estupendo vídeo promocional, creado por nuestra genial Alma en la que juega un papel imprescindible la voz profunda de Juanma Titos. No debéis prescindir tampoco del impresionante prólogo del libro, a cargo de Francisco Machuca, en el que se da toda una lección de cómo debe ser un cuento.

Me queda felicitar a la ilustradora, Carmen Puchol, que introduce un poco más de desazón y dramatismo a los textos de Raúl; y a Editores Policarbonados, por el importante esfuerzo que está realizando con escritores noveles. Un esfuerzo que, con productos de esta calidad, pronto tendrá su recompensa.
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