Desde la calle no se puede ver la jaula. Se encuentra en la parte trasera, dentro de un local destartalado que en otros tiempos hizo de cobertizo.
Allí, en una esquina, semioculta en la penumbra, su estructura metálica de hierro oxidado encierra una superficie de poco más de cuatro metros cuadrados, por dos de alto. En su interior, una joven de pelo lacio se recoge, temblando de frío, en su posición fetal. A su lado, una bandeja, repleta de comida, todavía humea.
Ella se muere de hambre pero no quiere probar bocado. Sabe que esos alimentos, que la llaman con su sugerente olor, son lo más parecido a una condena de muerte. Como en el cuento de Hansel y Gretel, su carcelero espera que aumente de peso para sacrificarla.
Se tienta las carnes y observa que, pese a todo, está engordando. Todos los días trata de resistir la tentación, pero le puede la gula, el pecado capital que, al fin y a la postre, le ha llevado a aquel cuartucho, al que llegó siguiendo los pasos de su carnicero, con la promesa de mostrarle desconocidos manjares. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, consiguió distinguir dos cecinas y varias ristras de diversos embutidos. También restos de piel y cabellos. El carnicero elaboraba sus manjares con carne humana.
Llega la noche, se recrudece el frío, y el hambre le impide dormir. Su voluntad flaquea, minuto a minuto. Al final, ella lo sabe, caerá sobre la bandeja y devorará los alimentos grasientos. Entonces se sentirá culpable y llorará hasta que el cansancio le venza.
Así es todos los días.
(continuará)
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