06 octubre 2006

La dama de hierro (II)



Flanqueadas por dos guardias, armados con puntiagudas lanzas, puedo adivinar a las dos brujas; sus figuras encorvadas y grotescas contrastan con las erguidas y altivas siluetas de los soldados. La señora no está, pero no sé si eso mejorará mi situación.

Toma la iniciativa la mayor, la veterana, la más vieja de las dos; por todo saludo me dirige un insulto, y una bofetada que me gira la cara del revés. Su mirada es una mezcla de sadismo y lujuria: sus pequeños ojos negros de rata brillan con malignidad, y sus arrugados labios se pliegan aún más en una mueca repugnante, en una sonrisa obscena, de humillación y de desprecio.

El recibimiento me indigna, me subleva, y reúno mis escasas fuerzas para escupirle en la cara, pero al instante siento el dolor intenso en el estómago, producido por un rodillazo, y el del acero abriendo mis mejillas: la sangre empieza a brotar abundantemente, y se mezcla con las lágrimas que manan de mis ojos en silencio. En silencio, sí, porque no pienso gritar ni gemir; no les voy a dar el placer de verme suplicar.
La bruja increpa al soldado: "Todavía no, imbécil, necesitamos su sangre, toda su sangre. No podemos desperdiciar una sangre tan noble: la señora la necesita"

Comprendo que voy a morir, que estoy viviendo mis últimos momentos, y postrada de rodillas con la cabeza envuelta por mis brazos, espero el siguiente golpe, que no tarda en llegar. Pero yo insisto en mi posición fetal, resistiendo los bastonazos que me propinan sin levantarme, sin apenas moverme, hasta que unas manos enérgicas tiran de mi pelo, arrastrándome por el asqueroso suelo durante un interminable recorrido.

El trayecto termina en una sala desconocida para mí hasta ahora: la planta circular, sin esquinas, el techo bajo y oscuro, agobiante; las paredes desnudas, sin ventanas ni claraboyas y tan sólo algunas argollas clavadas a media altura; el mobiliario escaso, apenas un sillón, una mesa y un banco para los espectadores; pero abundan los artilugios de tortura: un potro, látigos con las puntas de hueso, mazas, alicates, lanzas, torniquetes ... y al fondo una hermosa estátua, una réplica de la señora, con la mano derecha tendida, luciendo un anillo de oro rematado con un diamante, cuyo brillo atrae la atención de cualquier mirada.

El aire hiede, el suelo está impregnado de una negra y espesa capa mugrienta, y las paredes, apenas iluminadas por dos gastadas antorchas, se ven salpicadas por sospechosas manchas, que la oscurecen aún más.

La señora sonríe con su hierática sonrisa, y el brillo del diamante se mete en mis pupilas, dañando mi retina. Intento bajar los ojos, pero la punta de una daga me obliga a levantar la cara, a no perder de vista el resplandor. Los dos soldados me sujetan ahora, y me alzan, llevándome a rastras hasta la estatua.

Intento resistirme, echarme hacia atrás, pero una lanza me recuerda que no puedo retroceder, que seguiré avanzando hasta completar el mortal abrazo con la oscura dama. Puedo sentir el tacto frío del metal sobre mi desnuda piel, la lanza me empuja más y más hasta que mi cuerpo ya no se puede separar ni un milímetro de la piel de acero.
Mi cuerpo tiembla de frío y de miedo, y la voz de la bruja retumba en la sala:

- ¡Humíllate ante la señora, ingrata. Besa su anillo, estúpida!

Intento resistirme, pero la lanza me aprieta, desgarra mi piel, araña mi carne. Lentamente, temblando, me arrodillo, la luz brillante se incrusta en mi ojo, me aturde, y las lágrimas distorsionan aún más su reflejo.

Mi corazón se acelera, como si quisiera apurar sus últimos latidos, su sonido retumba en mis oídos, atormentándome aún más. Esta ahí, a tan sólo unos pocos centímetros, el final, mi final, pero mi cuerpo no quiere dar ese paso.

De repente, la mano huesuda de la bruja aprieta mi cráneo y lo empuja hacia la mano de hierro, obligándome a tocarla, desplazándola hacia atrás como movida por un resorte. Entonces escucho el golpe seco de un mecanismo al liberarse:

¡Click!

6 comentarios:

  1. La palabra "intriga" la investaste tú, no? porque vaya tela...

    Besines;)

    Pd. Si me embobas a mí, no me quiero imaginar cómo embobarás a tus hijas contándolas cuentos. Bonitos, claro.

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  2. Niño, que no se te puede dejar solo, nada que una se descuida y menuda la que estás montando.
    Me encanta, vaya descripciones y que suspense.
    Impresionante, en serio.
    Un beso, guapetón.

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  3. YYYyyy... sigo leyendo, en la primera me decía, será ella la Dama de Hierro que soporte todo o?... espero la III.
    Un saludo

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  4. Anónimo4:31 p. m.

    Ufff sigo sigo...

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  5. Anónimo4:33 p. m.

    estamos uno en casa del otro jeje... sigo con la tercera parte.

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  6. unmmmm que suspense....claustrofobia tengo yo,la dama no se...por cierto como te cebas con ella describiendo las torturas a las que esta siendo sometida...malo!!!!!...ABRIL

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